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La mujer del carnicero

Nov 02

El clima está pesado en la carnicería. Hace calor y huele mucho a vaca muerta: sangre fresca, grasa fría. El carnicero despresa un pollo, le saca la piel y lo va poniendo a un lado en montoncitos. El hombre que pidió el pollo lo necesita para hacer una sopa oriunda de Bolivia –dice. La sopa, además de pollo, lleva catorce tipos de papas y ningún hueso: no puede caerle un hueso ni por accidente. Yo espero mi turno y tarareo “Juanito Alimaña”, que suena en el televisor colgado en una esquina de la carnicería. Es un video de Lavoe con imágenes de una morena en bikini que menea las caderas como si se hubiera tragado un ula ula. La mujer de la caja se abanica con una revista y bambolea su propio culo sutilmente. Descubre que la miro y sonríe, tímida: que les llegó un sobrino de Venezuela, me explica, y se trajo todos esos devedés de música “sabrosa”. La mujer hace temblar sus hombros de una manera que podría decirse tierna si no existiera la palabra torpe, y se para en seco cuando sus ojos se cruzan con los del carnicero. Agarra la revista, se abanica. El aire caliente está como encapsulado acá dentro. “Listo”, dice el carnicero y envuelve el pollo despresado. Se lo da al hombre, el hombre paga. El carnicero, antes de atenderme, se disculpa y dice que ya viene. Va hasta donde la mujer de la caja, la agarra por el brazo y le pide que lo acompañe. En la tele, la morena en bikini se revuelca sobre la arena de una playa como una lombriz. Me abanico con las manos: ya no recuerdo si las canciones tropicales acompañaban estos climas o los producían. En este lugar no hay ventilador ni ventana; hay solamente una puerta muy chica que da a la calle y otra más chiquita que da a la bodega, desde donde se oyen las voces del carnicero y la mujer. Discuten, pero no entiendo lo que dicen. La mujer sale con la cabeza gacha, el carnicero sale más atrás: “Sí, decime qué te doy”. Yo empiezo a enumerar mis pedidos y el televisor se apaga. La mujer tiene el control en la mano y la cara desencajada, gotas de sudor poblándole los pómulos. “¿Qué más?”, pregunta el carnicero, impaciente. Se seca la frente con la manga de la camisa, me mira cejijunto, su cuchillo en mano. “Es todo”, digo. Él envuelve la carne, le lanza una mirada dura a la mujer, que recibe la bolsa y me cobra, diligente. Al final, ella me mira y muestra una sonrisa forzada: sus ojos son dos charcos que tiemblan, en ese instante previo al lagrimón. Y tiene la expresión desolada pero severa de quien está por decir algo muy grave. “Hace calor, ¿no?”, me dice. Y yo le digo que sí, mucho.

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