La farmaceuta
Oct 28
En la farmacia del barrio una farmaceuta le explica a un hombre cuál es el analgésico que le va a curar el dolor de espaldas. Le muestra una cajita de pastillas que tiene dibujada la silueta de una persona calva atravesada por rayos rojos, en las partes del cuerpo donde se sitúa el dolor. Alguien que no tiene nada que ver en esa conversación se acerca y dice que esos analgésicos son una porquería. La farmaceuta mira al intruso por encima de los lentes: “¿Por qué decís eso?”. El intruso se encoje de hombros: “Los tomé y no me sirvieron de nada”. La farmaceuta acerca la cajita del analgésico a la cara del intruso, le muestra la silueta atravesada por los rayos: “No todos los dolores de espalda son iguales: este diagrama te indica”. Su voz es conciliadora. El intruso resopla. Ahora el hombre del dolor de espaldas no está seguro de si quiere llevar el analgésico, la farmaceuta le dice que es muy bueno, pero que es su decisión. El intruso vuelve a resoplar, niega con la cabeza. “¿Se siente bien, señor? –le dice la farmaceuta–. ¿Le falta el aire?”. El intruso se da media vuelta refunfuñando y se aleja, rumbo a la caja, con un montoncito de ibuprofenos en oferta. Ahora sí, sin la presión del otro, el hombre del dolor de espaldas decide comprar los analgésicos, pero antes toma la cajita entre sus manos y se toca en la base de la espalda, uno de los puntos atravesados por el rayo rojo en el diagrama. Piensa, probablemente, que en esos momentos un relámpago invisible lo penetra por ahí. “¿Está segura de que éste actúa localizadamente?”, le pregunta a la farmaceuta, que asiente despacio. El hombre amaga con llevarlo pero entonces descubre otra cajita parecida a la que tiene en la mano, sólo que con la leyenda: efecto inmediato. Frunce el entrecejo y mira a la farmaceuta que ya está llamando al número siguiente. “Espere –dice el hombre–, éste dice que lo calma enseguida”. “Y sí”, dice la farmaceuta. “¿El otro demora?”, pregunta el hombre. “Pero dura más”. “¿Y si tomo los dos?” La farmaceuta agacha la cara y la vuelve a alzar, pareciera que estuviera comunicándole algo a alguien, a través de un micrófono que esconde en su corpiño: “Ayuda, ayuda, otro hipocondríaco”. Pero no, sólo toma impulso para seguir con la conversación: “Depende…”. “¿Depende de qué? –el hombre se altera–: ¿De cuándo quiero sentirme bien? ¡¿Si ahora o después?!”. La farmaceuta se encoje de hombros: “Yo le recomiendo el de acción más lenta pero duradera”. “Y yo le recomiendo un dolor de espaldas como el mío”. El hombre sale sin comprar nada, camina arrengado. La farmaceuta atiende al siguiente: “¿En qué te puedo ayudar?”, dice con voz dulce, mientras su mano derecha se estruja el cuello, se masajea, intenta apagar los rayos del dolor.