Escena de bar
Oct 26
Entra al bar una chica que discute con un chico: le dice que quizá tendría que agarrar su mala vibra, meterla en una bolsa biodegradable y lanzarla al río, y que alguna vez tendría que hacer una lista honesta de cosas que –tomando cierta distancia ideológica de sí mismo– considerara indigna de sus actos y palabras, conforme a la calidad de su persona presuntamente noble de sentimientos y… y se atraganta con el llanto, y golpea el pecho del chico con los dos dedos que mejor sirven a esos propósitos, el índice y el corazón: “Me das pena”. La furia le sale por los ojos. El chico le saca los dedos de un manotazo y se aparta brusco; le dice que alguna vez ella tendría que ver más allá de sus prejuicios y entender que el mundo no es un huevo podrido y que ella no es impoluta y virginal –esas dos palabras las dice con expresión de asco profundo–, que ella bien puede ser una porquería de persona cuando le da la gana, y que mejor no lo haga hablar, y que pare de llorar porque todo el mundo los está mirando. La chica se da vuelta, nos mira a los presentes con nuestras tazas en la mano, perplejos. “¿Qué miran?”, dice. Un gran murmullo llena el saloncito: es la suma de las conversaciones que la gente simula retomar en las mesas. “¡Qué miran!”, grita la chica y el chico la toma por los hombros, trata de llevarla a un rincón del bar: “Shhh”, le dice. Pero la chica se zafa y, en ese movimiento, golpea la cara del chico con el brazo; el chico se cubre la cara y repite: “Perra, perra, perra”, el volumen de su voz en ascenso. La chica se cruza de brazos y dice: “Ja”. Y el chico se descubre la cara, la empuja fuerte, ella se pega de espaldas contra la barra y lanza un gemido de dolor. Algunos se paran de sus mesas, no se mueven, dicen cosas como: “qué animal”, “qué bruto”, “que alguien haga algo”. Un mesero los aborda rápidamente, les pide que se sienten o que se retiren, que tienen a todo el mundo nervioso. “Sos pelotudo”, dice la chica mirando al mesero, que contesta con un balbuceo: “¿Qué?”, y se acomoda el lazo del cuello. El chico se para delante de la chica y encara al mesero: “Que sos pelotudo”. El mesero respira hondo y les señala la puerta: “Fuera”, la mandíbula le tiembla. El chico toma la mano de la chica, pasea la mirada por el saloncito, suda. Caminan rumbo a la puerta. “¿Amor?”, dice chica, en un tono suplicante. El chico le pasa el brazo por los hombros: “¿Qué, linda?” –siguen avanzando. Ella lo abraza por la cintura, ladea la cabeza, la apoya en su pecho: “No sé, nada”. Salen. En el saloncito, todos callados, esperamos a que vuelvan a entrar, hagan la reverencia, reciban los aplausos. Pero no, no sucede nada de eso.