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Belleza

oct 22

La primera lección que aprendí sobre la belleza fue a los siete años. Yo estaba obsesionada con un libro enorme que tenía todos los cuentos de Hans Christian Andersen. Allí estaba la versión original y trágica de La Sirenita, que incluía una escena en que la madre de Sirenita, mientras la arreglaba para ir a una fiesta, le enterraba unas caracuchas en el cráneo: chorros de sangre mediante. Cuando Sirenita se quejaba del dolor, la madre le largaba la lección: “Sirenita, para ser bella hay que sufrir”. Los efectos de esa máxima en una niñita fea, como era yo, se padecen durante una buena parte de la vida. Pero una lo supera y cree olvidarse hasta que un día como hoy la amable peluquera insiste en hacer rulos en mi pelo escurrido. Y entonces: jala mechones, los enrolla, los ajusta con barritas contra en cráneo y las sienes me palpitan de dolor. “Vas a quedar besha”, dice ella, y me sonríe por el espejo.

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