Siempre seré extranjera (El Tiempo, 2009)
jun 13
A veces me gustaría que nos odiaran. Para odiar hay que darle entidad al otro. Los porteños odian a los bolivianos, peruanos, paraguayos, brasileños, chilenos. Los odian tanto que les ofrendan barras en la cancha, cumbias villeras, esputos, puñaladas, incluso a Carlos Menem. Los porteños, diríase, tienen un tórax espacioso donde acumulan el odio regional. Pero a los colombianos no nos odian, ni siquiera eso. Tampoco nos quieren, o sí: nos quieren como se puede querer a un hámster que hace el flip-flap en una pecera. Casi no nos reconocen, pero, cuando lo hacen, abren sus brazos amplios como una cruz y su corazón generoso derrama condescendencia: “Ah, sos colombiaaana”. Hace cinco años que vivo en Buenos Aires y no me quiero ir. Adoro esta ciudad, a mis amigos, a mi novio. Pero odio ser tratada como una atracción de circo importada de una república bananera: “Dale, repetí la palabra alcachofa”. Y la gente me rodea, me mira expectante y me parece que en cualquier momento se va a poner a saltar y a aplaudir mientras grita: “¡Que hable, que hable!”. Después están esos que fijan sus ojos lascivos en mí, como si con sólo desearlo intensamente y chasquer los dedos pudieran hacerme mutar en la Angie Cepeda de Pantaleón y las visitadoras, ninguna otra. Y están los taxistas que me hablan del Chicho Serna, Córdoba, Falcao. Al principio, colombiana al fin y al cabo, hacía de amable: “Sí, Radamel tiene una excelente definición en el campo, pero le vendría bien jugar en Europa” -comentario plagiado de cualquier programa deportivo medio pelo-, y era un desastre. ¡Oh, una colombiana que sabe de fútbol! El hámster tenía un atributo más, aparte del acento y la vocación de prostituirse en los puestos selváticos del Ejército de Perú. Hace un tiempo que decidí no hablarles a los taxistas, hace un tiempo que, dentro de esos vehículos, me asumo parcialmente porteña y renuncio a ejercer la amabilidad de forma indiscriminada. Pero no puedo ni quiero renunciar a mi acento y cada tanto me veo, otra vez, escaneada por ojos enmarañados de prejuicios. Entonces, me aparto, busco un sillón cómodo, me aferro a un buen vino y enumero en mi cabeza las cosas buenas que me hacen quedarme. Trato de ignorar los vapuleos, las imitaciones confusas de mi “tonada” que, de tan entusiastas, pegan saltos larguísimos en el mapa y aterrizan en Cuba. Trato de convencerme de que estas personas no son capaces de odiarme ni de adorarme, porque tampoco son capaces de conocerme, y de que, finalmente, nada de esto debe ser tan grave si todavía puede resumirse en un bolero de Celia: “Hasta el día que yo vuelva, siempre seré extranjera, siempre seré extranjera”, me canto y brindo sola.
nov 27 | 13:36
..ahora somos tantos colombianos en Argentina que la situación empieza a cambiar. Reconocen nuestro acento y empieza a brotar la xenofobia :(
dic 29 | 21:04
Es verdad jape, cambió todo muy rápidamente, qué cosa. En la nota que pego abajo, escrita no mucho tiempo después, casi que digo lo contrario que en esta:
http://www.margaritagarciarobayo.com/blog/archivos/541
Un beso, gracias por opinar.