Éste salió en Las promesas conservadas
Carlitos se llamaba el señor que arreglaba las cosas en mi casa. Era grandote, andaba en camisilla y tenía brazos de marinero: musculosos y marrones. Pasaba una vez al mes con un cuaderno de Tribilín y tomaba notas: falta una bombilla en la terraza, hay humedad en el cielo raso de la cocina, hay que sacarle las hojas al desagüe del techo porque se va a taponar. Todo eso escribía, mientras masticaba un mondadientes. Tenía una letra imprenta redondita y pequeña, pero bien clara, no como la de mi mamá que escribía garabatos. Y cuando Carlitos se iba a tomar el aguapanela que Luz le había servido, yo me sentaba a leer sus apuntes. Una vez vi que en una hoja del cuaderno había un corazón flechado con la letra R dentro. Carlitos llegó justo cuando yo estaba mirando su dibujo y me sacó el cuaderno: “no sea chismosa, niña”. “¿Quién es R?”, le pregunté, y él se fue refunfuñando. Al mes siguiente Carlitos volvió con su cuaderno de Tribilín y un tatuaje en el brazo: un corazón flechado con la letra R dentro. Yo lo señalé y me reí: “R es tu novia, Carlitos” Y él se alejó cejijunto, murmurando cosas. Esa tarde Carlitos se quedó más tiempo, se sentó en el muro del lavadero, mientras Luz le pegaba a la ropa con un palo. Hablaban pasito y en la radio de Luz sonaba una balada: …pregúntale a qué dedica el tiempo libre. Yo los estaba espiando por la ventana y cuando Carlitos me descubrió se puso serio. Había dejado el cuaderno en la mesa de la cocina, pero no decía nada distinto a lo de siempre: hay que vaciar la alberca y sacarle el verdín, hay que ajustar el portón del garaje, hay que limpiar el aire acondicionado… Cuando Carlitos se fue le pregunté a Luz quién era R y ella negó varias veces con la cabeza: “pobre muchacho”, dijo, y a mí me llamó la atención porque yo nunca había visto a Carlitos como un muchacho sino como un señor. “¿Por qué pobre?”, le pregunté y ella dijo que R era Rosalía, su mujer, y que hacía unos meses se había ido y Carlitos había quedado muy triste y solo. Y que Rosalía se fue porque se consiguió un novio camionero que la podía pasear más que Carlitos, que sólo tenía una moto Nissan, casi siempre sin nafta. Y que a los tres meses de que Rosalía se fuera, Rosalía volvió, pero muy enferma; se había agarrado alguna peste muy mala paseando con el camionero y Carlitos tuvo que cuidarla: Rosalía se fue encogiendo, se fue secando, quedó chiquita y verde como una arveja… Y se murió. No hacía ni dos meses de eso. “¿Qué peste era?”, le pregunté a Luz. No sabía. Pero después supimos todos, porque a Carlitos se le pegó: era una peste que lo obligaba a estar en cuarentena, a inyectarse unas medicinas y a tomar mucho líquido. Eso le dijo Luz a mi mamá, que todo lo que hizo fue taparse la boca con las manos y sacudir la cabeza. Y pasaron los meses y la alberca se pudrió, el desagüe del techo se taponó, el aire acondicionado se dañó de la pura mugre: fueron los días más calurosos de los que tengo recuerdo. Un día se metió una zorra en el cielo raso y empezó a romper todo allá arriba. Entonces apareció Jenaro, que era grandote y andaba en camisilla, pero no tenía brazos de marinero, sino un pellejo pecoso que le colgaba. Desde ese día Jenaro iba a la casa una vez al mes, pero no tomaba apuntes. A Jenaro le gustaba Luz: “qué aguapanela tan sabrosa”, le decía. Luz estiraba el hocico: “Ajá”. Y nunca más vimos a Carlitos.