Carlitos

jun
2011
26

posted by Margarita on apuntes

No comments

Éste salió en Las promesas conservadas

Carlitos se llamaba el señor que arreglaba las cosas en mi casa. Era grandote, andaba en camisilla y tenía brazos de marinero: musculosos y marrones. Pasaba una vez al mes con un cuaderno de Tribilín y tomaba notas: falta una bombilla en la terraza, hay humedad en el cielo raso de la cocina, hay que sacarle las hojas al desagüe del techo porque se va a taponar. Todo eso escribía, mientras masticaba un mondadientes. Tenía una letra imprenta redondita y pequeña, pero bien clara, no como la de mi mamá que escribía garabatos. Y cuando Carlitos se iba a tomar el aguapanela que Luz le había servido, yo me sentaba a leer sus apuntes. Una vez vi que en una hoja del cuaderno había un corazón flechado con la letra R dentro. Carlitos llegó justo cuando yo estaba mirando su dibujo y me sacó el cuaderno: “no sea chismosa, niña”. “¿Quién es R?”, le pregunté, y él se fue refunfuñando. Al mes siguiente Carlitos volvió con su cuaderno de Tribilín y un tatuaje en el brazo: un corazón flechado con la letra R dentro. Yo lo señalé y me reí: “R es tu novia, Carlitos” Y él se alejó cejijunto, murmurando cosas. Esa tarde Carlitos se quedó más tiempo, se sentó en el muro del lavadero, mientras Luz le pegaba a la ropa con un palo. Hablaban pasito y en la radio de Luz sonaba una balada: …pregúntale a qué dedica el tiempo libre. Yo los estaba espiando por la ventana y cuando Carlitos me descubrió se puso serio. Había dejado el cuaderno en la mesa de la cocina, pero no decía nada distinto a lo de siempre: hay que vaciar la alberca y sacarle el verdín, hay que ajustar el portón del garaje, hay que limpiar el aire acondicionado… Cuando Carlitos se fue le pregunté a Luz quién era R y ella negó varias veces con la cabeza: “pobre muchacho”, dijo, y a mí me llamó la atención porque yo nunca había visto a Carlitos como un muchacho sino como un señor. “¿Por qué pobre?”, le pregunté y ella dijo que R era Rosalía, su mujer, y que hacía unos meses se había ido y Carlitos había quedado muy triste y solo. Y que Rosalía se fue porque se consiguió un novio camionero que la podía pasear más que Carlitos, que sólo tenía una moto Nissan, casi siempre sin nafta. Y que a los tres meses de que Rosalía se fuera, Rosalía volvió, pero muy enferma; se había agarrado alguna peste muy mala paseando con el camionero y Carlitos tuvo que cuidarla: Rosalía se fue encogiendo, se fue secando, quedó chiquita y verde como una arveja… Y se murió. No hacía ni dos meses de eso. “¿Qué peste era?”, le pregunté a Luz. No sabía. Pero después supimos todos, porque a Carlitos se le pegó: era una peste que lo obligaba a estar en cuarentena, a inyectarse unas medicinas y a tomar mucho líquido. Eso le dijo Luz a mi mamá, que todo lo que hizo fue taparse la boca con las manos y sacudir la cabeza. Y pasaron los meses y la alberca se pudrió, el desagüe del techo se taponó, el aire acondicionado se dañó de la pura mugre: fueron los días más calurosos de los que tengo recuerdo. Un día se metió una zorra en el cielo raso y empezó a romper todo allá arriba. Entonces apareció Jenaro, que era grandote y andaba en camisilla, pero no tenía brazos de marinero, sino un pellejo pecoso que le colgaba. Desde ese día Jenaro iba a la casa una vez al mes, pero no tomaba apuntes. A Jenaro le gustaba Luz: “qué aguapanela tan sabrosa”, le decía. Luz estiraba el hocico: “Ajá”. Y nunca más vimos a Carlitos.

Leave a Reply

Spam Protection by WP-SpamFree