(Cuento publicado en el número de Mayo de la Revista Big Sur)
Ahora.
Juan salía de la clínica. Adentro, las luces blancas lo habían encandilado y ahora veía parches rojos en la oscuridad de la noche. Se quedó parado en la puerta, mirando la calle, pensando en lo que acababa de pasar.
–Gorda oportunista –murmuró.
El tipo, en cambio, le había dado lástima, parecía una ballena muerta, así acostado como estaba: boca abajo, la espalda bañada en sangre y los dreads todos pegoteados. Mientras se tragaba los insultos de la gorda, Juan imaginó que le enterraba mil agujas en el cráneo, una a una, hasta convertirla en un puercoespín. Y se ve que algo en su cara lo delató –una sonrisa involuntaria, el brillo de los ojos–, porque ahí fue cuando ella le soltó lo de la demanda.
Tomó aire, estaba helado: se subió el cierre de la chompa hasta el cuello y se frotó las manos. Cruzó la calle. En la cuadra siguiente entró a un bar, se sentó en la barra, pidió una cerveza. En la televisión pasaban El Planeta de los simios.
–Qué película desagradable –dijo.
En la barra atendía una china, le pasó un plato de aceitunas. Él se comió un par y escupió las pepas al suelo. La china lo miró mal, pero no dijo nada. En la televisión un simio hombre y una simia mujer rozaban sus narices.
–…qué asqueroso –insistió Juan y miró para otro lado. Al fondo del bar había un par de tipos con peinados floggers.
–Patéticos –lo dijo en un tono lo suficientemente alto como para que ellos lo oyeran. Lo miraron, él alzó el mentón:
–¿Nunca se sacan el puto disfraz?
No contestaron.
Juan había estado toda la tarde haciendo cuentas y esta vez era seguro: iba a perder la tienda de tatuajes. Lo poco que había ganado ese año se le había ido en compensaciones a los clientes; últimamente no le salían bien los dibujos y recibía muchas quejas. De la inversión original sólo quedaba el fondo que compartía con Espósito, una especie de seguro para cualquier emergencia… pero ni con eso llegaban a lo que pedía la gorda.
–Malparida –murmuró. Terminó su cerveza. La china de la barra le dijo: ¿otra? Él asintió. Ella rellenó el vaso y volvió a mirar el televisor. Juan quiso decirle que tenía la cara más chata y fea que había visto en su vida. Le sonó el celular, era Mary.
–Hola, mi amor –contestó. Ella le dijo que lo estaba esperando, que cuándo pensaba llegar. Juan dijo que ya estaba yendo, que había tenido que atender un asunto en la tienda…
–¿Qué pasó ahora? –preguntó Mary.
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