Para la revista La mujer de mi vida, sección “Margaritas”, diciembre de 2010.
“Me gustan muchísimo”
Las narraciones puntuales que sirven de excusa a las narraciones universales: grandes relatos breves, grandes personajes chiquititos, grandes dilemas triviales. A lo Salinger. A lo Sambra. A lo Hebe Uhart. La trascendencia de lo pequeño, cuando consigo percibirla, es mi perla en la ostra, el tesoro escondido.
“Me gusta mucho”
La tercera persona que entra y sale de la cabeza de los personajes, pero no es infalible. Que anticipa: y ahora María Luisa tomará un taxi; y después María Luisa no toma ningún taxi, se decide por el colectivo. El narrador que da la sensación de saber todo sobre todos, pero no sabe nada. O muy poquito. Que cuenta como si se planteara los interrogantes de final de capítulo de una radionovela de aventuras: ¿Se lanzará Jorge Camilo a las vías del tren? ¿Confesará su crimen al Sargento Pierluigi?, porque ninguno de los actos sucesivos dependen de él. La técnica imperfecta de las narraciones omniscientes, que da cuenta de la vida de los personajes más allá de quién cuenta, más allá de lo que elige contar, eso me gusta mucho. Me recuerda las narraciones de la infancia, cuando el único control sobre lo que iba a pasar estaba en mi cabeza adormitada, que agregaba o suprimía partes de la historia y armaba una nueva todos los días.
“Me gusta poquito”
El entramado de frases yuxtapuestas, subyugadas, interminables, a lo Proust, pero sin Proust. La entrega absoluta de una historia a la estética narrativa de ese tipo me resulta vanidosa, pretenciosa, frívola. Y todo eso estaría muy bien si la historia no se perdiera en la melaza del lenguaje; pero suele pasar que las historias expresadas en ese formato enmarañado se evaporan, dejando sólo la intención estética, la cáscara finísima que la envuelve. El placer estético en la literatura –y en casi todo lo demás– me dura poco cuando no está lleno de otra cosa.
“No me gusta nada”
Los diálogos o descripciones que meten información de contrabando en una historia, intentando ser sutiles, consiguiendo ser torpes. Las narraciones que consisten en decir más que en mostrar se me parecen a los –horripilantes– recursos de contexto en la pantalla: un anillo chato enfocado en un primerísimo plano para dar a entender que el personaje está casado. El tic de un personaje que desde la primera vez que aparece se sabe que va a ser resolutivo. Los efectos acumulativos, los motivos recurrentes demasiado obvios tienen la culpa de que, también, cada vez me gusten menos las películas: condenadas por el artificio a ser un relatito bien armado con trucos narrativos, una máquina eficaz y olvidable.