Susy (Revista Zut. Ed. 9, 2009)
oct 20

Del libro Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza, Ed. Planeta, 2009.
Susy oyó el despertador de la radio, el hombre ruidoso de todas las mañanas cantaba su estribillo: “¡Un maravilloso día se asoma en tu ventana! ¡Hola día, hola ventana, hola pajaritooos!” Se levantó sobresaltada, pero no por los gritos del hombre a los que ya estaba acostumbrada, sino porque otra vez había soñado con su padre. Susy tenía los ojos húmedos y la garganta seca, y lo extrañaba como nunca. Desde aquella última vez que lo vio, no hacía más que extrañarlo. Salió de la cama, puso a llenar la bañera y después se sentó en el inodoro a repasar las conjunciones.
La noche anterior había hablado con el médico del geriátrico. Le rogó que por favor dejara ir a su padre y a sus compañeros a verla en vivo a la final del programa concurso. El médico se había puesto difícil en el último momento porque insistía en que su padre se estresaba demasiado cuando la veía, que si acaso ya no se acordaba de la última vez, y que ella sabía muy bien que no convenía someterlo al pasado.
—Y a usted tampoco le conviene, señorita. Perdone que se lo diga, pero me parece que eso del programa concurso es un gran retroceso para su salud psíquica.
Susy se echó a llorar. Le explicó que ella había esperado ese día desde la primera vez que ganó en el programa, varios meses atrás. El productor le había dicho que si llegaba a la final podía escoger a su público, y ella enseguida le dijo que quería que llevaran a su padre y a sus compañeros del geriátrico. Porque Susy sabía que lo que más le gustaba a su padre era presumirla. Y le dijo al médico que le había costado mucho convencer a la producción, porque le habían puesto algunas trabas: que eran ancianos y habría que traer enfermeros, que las luces y el humo del set podían ponerlos nerviosos, que si alguno se meaba ellos qué hacían.
—Pero yo les dije que eso no era problema porque todos los pacientes usaban pañales, ¿no, doctor?
—Por supuesto —le contestó en tono seco.
Y Susy dijo que por eso mismo, y que al final insistió tanto que el productor aceptó. Entonces el médico, tras un resoplido, le dijo que lo pensaría.
Susy salió de la bañera, se vistió con una falda de paño gris y una blusa blanca de mangas plisadas. Después se hizo un moño en el pelo y se sentó en el sofá de la sala con su libro de gramática. El auto del programa pasaría por ella recién a las seis, así que tendría todo el día para prepararse mejor.
Mientras repetía la lección de los verbos auxiliares, levantó la cara y vio su reflejo en la pantalla apagada del televisor. Su moño recién hecho ya tenía hebras hirsutas sobre las orejas. Trató de acomodarse los pelos parados: los aplastó con saña una y otra vez, y cuando ya parecía que se quedaban en su lugar volvían a erizarse. Suspiró resignada. Desde chica siempre tuvo un pelo difícil y lo mejor que su padre podía hacer con él eran moños. Cada vez que la peinaba o la vestía o le ataba las zapatillas, su padre solía repetirle que las personas podían tener sólo dos cualidades en la vida: ser lindas o ser listas. Y le decía que como ella no había sido afortunada con la belleza, su única opción era cultivar la inteligencia. Susy le replicaba: “Pero la belleza también se cultiva, papá”. Ahora, pensándolo en retrospectiva, a Susy le parecía que ésa era una observación muy lista para una nena de ocho años. Pero su padre se reía y le decía: “No mi amor, lo que hay que cultivar es tu cabecita”. Y le daba toquecitos en el moño que otra vez se desacomodaba.
Susy cerró el libro, después cerró los ojos y se agarró las manos nerviosa: por favor, por favor, que papá vaya esta noche. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Una pareja se besaba en un banco del parque de enfrente.
—Ósculo: beso; diáfano: claro; gélido: frío… —murmuraba Susy.
De repente se detuvo: la mente se le puso en blanco y se quedó congelada mirando el parque. Eso de paralizarse le pasaba antes, cuando era chica y se aproximaba la final de un programa concurso. Hoy Susy se sentía como si fuera la primera vez que iba a una final, y no tenía por qué ser así: ella tenía una larguísima trayectoria en finales de programas concurso. Ella había sido Niña Genio ocho veces seguidas, y después no fue más porque los del programa la obligaron a retirarse para darles chance a otros niños.
Pero, en el fondo, Susy sabía que esta vez sus nervios eran distintos. Eran nervios de emoción: si su padre iba esa noche, el programa sería como los de antes. Se lo imaginaba en el auditorio buscando la cámara para alzar su dedo gordo, y a todos sus compañeros palmeándole la espalda. Ojalá esa noche volviera a hacer esas cosas, pensaba Susy, porque últimamente su padre siempre estaba molesto, irascible.
El mal humor le había empezado hacía más o menos un año, ese día que lo visitó en el geriátrico. Él estaba dichoso de vivir en ese lugar, en el recorrido por el jardín se le acercó al oído y se lo dijo: que ésa sí era una casa linda y sofisticada, no como ese cuchitril en el que ella vivía. Y a Susy le pareció muy lógico, porque su casa no era nada del otro mundo. Pero cuando llegaron al salón donde los ancianos jugaban cartas, su padre tenía cara de molesto y ella no entendía por qué.
—¿Qué te pasa, papá? —le preguntó.
Su padre no dijo nada, sino que la tomó muy fuerte del brazo y la llevó hasta el centro del salón.
—Atención, compañeros, ésta es mi hija Susy: la Niña Genio —dijo, y todos se burlaron de él. Susy le dijo: “Papá, no, por favor”, pero él se aferró a su brazo más fuerte e insistió en que sí, que era ella: —¡Ocho veces Niña Genio! —gritó. Y que habría sido más si esos envidiosos de la televisión no le hubieran truncado su carrera. Ahora ya no había verdaderos Niños Genios, decía su padre, que ahora todos los niños eran tarados: se la pasaban viendo porquerías en las computadoras y por eso cuando crecían eran unos perfectos fracasados.
—¡Drogadictos y putas!
Y que después terminaban siendo unos ancianos hediondos como todos los que estaban allí.
—¡Porque ustedes huelen a mierda! —les gritó y el salón entero se quedó mudo. Los enfermeros trataban de calmarlo, lo agarraban por los hombros y le decían que soltara a la señorita, que le estaba haciendo daño. Susy le decía: “Suéltame papá, por favor, papá”. Entonces él la soltó y dio unos pasos hacia atrás, mirándola aterrado. Ella, llorosa, trató de acercársele, pero él se abrazó a uno de los enfermeros y se largó con unos alaridos espeluznantes:
—¡Que me alejen de ese demonio!
Después de ese día sólo pudo hablarle una vez por teléfono, fue cuando se inscribió en el programa concurso y quiso avisarle para que la viera por televisión. Le juró que iba a ganar y que otra vez sería la Niña Genio, aunque no exactamente porque éste era un programa para adultos. Su padre le dijo que bueno, y que no se olvidara del gorrito marinero. Y colgó.
La primera vez que su padre la llevó a un programa concurso la vistió con un conjunto marinero y le tapó el moño con un gorrito. Esa vez, cuando Susy se vio en el espejo pensó que parecía un niño. Pero su padre le dijo que no, que hasta se la veía “casi bonita”, y a ella le gustó que le dijera eso. Su rival aquella vez era una nena de pelo suelto, rubia, con cara de ángel, que hacía comerciales y decían que era muy lista. En el camarín, antes de salir al set, Susy le dijo a su padre: “Ella es linda y lista, papá”. Y su padre se rió, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Pero tú eres más lista, mi amor”. Susy ganó. Con la plata del premio su padre terminó de pagar el auto y la llevó a cenar a un lindo lugar de pollo frito.
Muchos años después a Susy le contaron que esa nena rubia que había sido su rival se había hecho actriz de telenovelas y que era famosa. Cuando le dijeron eso, Susy pensó que ella también habría podido ser actriz. Y recordó esa vez que un hombre entró en el set del concurso y se le sentó al lado, le dijo que él era director de televisión y que la quería para una miniserie: ella sería una chica superdotada a la que todos rechazaban por envidia. Susy le dijo al hombre que ella no era superdotada y se rió por un rato sin saber por qué se reía, y eso que en ese entonces tenía frenillos y no le gustaba reírse. El hombre insistía en que ella era perfecta para el papel y le palmeaba la pierna, divertido. Entonces Susy le dijo que bueno, pero que tendría que preguntarle a su papá.
—¡Puta, puta, puta! Tres veces puta —fue lo que le dijo su padre y le dio tres cachetadas. Y habría seguido, pero a Susy se le incrustó el labio en los frenillos y empezó a escupir sangre. Ese día lloró como nunca.
Ahora Susy también lloraba. Lloraba y se reía, lloraba y se volvía a reír. Se alejó de la ventana, se secó los ojos, dio una vuelta alrededor de la sala y cambió un elefantito de cerámica de lugar. Pensó que pensar la ponía muy nerviosa: no tenía que pensar nada, tenía que estudiar. Entonces se agachó frente a la pantalla del televisor, se compuso el moño y agarró el libro de gramática. Salió de la casa.
—Disculpe, ¿es usted Susy?
En el bar no había nadie, salvo esa mujer gorda parada al lado de su mesa, con una servilleta y una lapicera en la mano. Le pidió un autógrafo. Le dijo que ella veía el programa y que esa noche seguro que iba a ganar porque…
—Yo no soy Susy —dijo Susy. La mujer la miró confundida, pero casi enseguida se sonrió, entrecerró los ojos, alzó el dedo índice y lo movió en sentido negativo.
—No, no, no. A mí no me engañas, querida —le dijo. Pero Susy no sonrió ni hizo nada, Susy volvió a su libro de gramática. La mujer dijo que bueno y murmuró algo de lo que Susy sólo entendió la palabra pelo.
A Susy ya no le gustaban esas cosas de los fans. Antes sí, antes ni siquiera entendía que algunos famosos dijeran que no les gustaba ser famosos. A Susy le encantaba ser famosa. Hasta muy entrada en la adolescencia le estuvieron preguntando en la calle si ella era la Niña Genio, y ella decía que sí y se le calentaba la cara de emoción. La última vez que había ganado el título tenía once, y después, aunque tuvo más propuestas, su padre sólo la dejó hacer un par de comerciales de libros de texto. Entonces la gente la reconocía, los niños le pedían autógrafos y se tomaban fotos con ella. Pero después vino ese día fatal en la fila del supermercado. El chico de la gorra la pasó como si nada, la empujó, incluso, y no le pidió perdón. Entonces ella le tocó el hombro.
—Ése no es tu lugar. El chico se dio vuelta y se la quedó mirando. —¿Y quién eres tú para decirme cuál es mi lugar, esperpento?
Y Susy, como estaba acostumbrada a decir eso, le dijo eso:
—Yo soy Susy, la Niña Genio.
El chico la miró con cierta perplejidad y luego lanzó una carcajada salvaje con la bocaza muy abierta, y su aliento a pescado le pegó a Susy directo en la cara.
El chico se rió tanto que se le salieron las lágrimas y se le cayó la canastita con sus compras. La gente de la fila preguntaba que qué ocurría, y el chico señalaba a Susy sin poder hablar. Susy alzó los hombros y dijo:
—Le dije que soy la Niña Genio.
Y ya no hubo sola una persona en ese lugar que no se riera, o eso le pareció a ella, que tiró al suelo su propia canastita y salió corriendo. Después se sentó en un parque hasta que se hizo de noche.
Susy apoyaba su cabeza en una silla reclinable, mientras una mujer le ponía rubor en las mejillas y otra le quitaba el empince que le habían hecho en el pelo. No entendía por qué la estaban maquillando porque ella nunca se maquillaba. La mujer le explicó que el público comentaba que ella se veía un poco insípida en la televisión, y en la televisión nadie podía verse insípido. A Susy le pareció una explicación razonable.
—Ya estás —le dijo la mujer. Ella se miró en el espejo.
—Parezco un payaso. La mujer giró media vuelta la silla de Susy y, de pie frente a ella, la miró con la cara muy ladeada.
—Es verdad —dijo. Se lamió la yema de dos dedos y se los restregó en las mejillas. Era para difuminar un poco la pintura, le explicó. Su saliva olía a cigarrillo. La puerta del camerín se abrió.
—¡Acá está! Era su padre que venía con una mujer rubia del brazo.
Susy soltó un gritito de contenta, se levantó de un salto y se dio vuelta aplaudiendo. Su padre tenía un traje marrón y el pelo engominado. Ella se le lanzó encima para abrazarlo, pero él la detuvo y le dijo:
—Espera, ¿no vas a saludarla? ¡Fue tu primera rival!
Y miró alelado a la rubia, que sonreía tan preciosa y saludaba tan amable a las señoras maquilladoras, que no paraban de decir que qué linda, que qué hermosa, que qué bella es Muchacha soltera. Susy quiso decirles que todas esas palabras eran sinónimos y que repetirlas no le agregaba sentido a la oración, pero la rubia habló primero:
—¡Oh, Susy, cuánto tiempo!
Le dio dos besos rápidos en las mejillas, le agarró las manos y le deseó “¡la mejor de las suertes, querida mía!”. Y que su padre era un encanto. Luego tiró más besos al aire y dijo que “adiós, adiós, tengo tanta prisa”, abrió la puerta y se fue por el pasillo sacudiendo su pelo largo y brillante. Su padre iba a saliendo detrás, pero Susy lo detuvo.
—Papá, qué bueno que viniste, ¡estoy tan feliz! —le dijo y le dio un abrazo. Su padre le dijo que sí, sí, claro, pero la miró con una expresión extraña, como si no la reconociera.
—¿Qué? —le preguntó Susy y enseguida se acordó del gorrito marinero. Se tocó el pelo, trató de pensar una disculpa.
—Que pareces un payaso —le dijo su papá, después se asomó a la puerta y se lamentó porque la rubia se había ido. Susy miró a su alrededor y se dio cuenta de que las maquilladoras también se habían ido, entonces se lamió las yemas de los dedos y se restregó las mejillas. Luego se acercó a su padre que seguía en el umbral de la puerta y le dijo:
—Ella es linda y lista, papá.
Su padre le dijo que sí. Después, sin volver a mirarla, se alejó por el pasillo.