John y July (Gatopardo. Ed. 57, 2004)
oct 17

Todos cantaban el happy b-day: el domingo seis de marzo, en la iglesia cristiana “El Monte Sinaí” del barrio La Gloria (al sur de Bogotá, la zona más pobre de la ciudad), se celebraban los cumpleaños del mes, y había torta. Hace un año que July Andrea (21) y John Brandon (20) asisten a la iglesia los domingos, pero ese día era especial: tenían “grupo de jóvenes”. El pastor se reunió con ellos para darles consejos, hablarles de Cristo y “tocarles el corazón”. Ellos escuchaban atentos, dicen ser muy buenos alumnos, y dicen disfrutar del grupo de jóvenes más que de cualquier otra cosa en el planeta. John alcanzaba a distraerse de vez en cuando, no porque se aburriera, aclara, sino porque tenía prisa por salir: necesitaba hablar con alguno de sus amigos “dueños de tienda” para que les regalaran comida. Ya no les quedaba nada, ni un pan ni una moneda.
Desde que se hicieron cristianos, John y July tienen la idea de casarse y luego bautizarse, piensan que con eso –quizá–, la vida les cambie. Para casarse les hace falta ahorrar un poco de dinero: deben sacar el documento de identidad, que ninguno de los dos tiene, y eso cuesta plata. July se lamenta, por culpa de par de papeles siguen “en pecado”.
Según John, su mujer es de una “familia noble”, a diferencia de él, que viene de un hogar conflictivo. Tiene cuatro hermanos de padre y madre, y tres han estado en la cárcel. Él se fue de su casa a los seis años y llegó a un internado en el que estudió hasta octavo. Después volvió a escaparse.
Para esa época July vivía con su familia en el barrio Canadá, también en el sur. Y John, que recién cumplía doce y se estrenaba en la calle, la vio un día y quedó prendado. Al poco tiempo ella también dejó el colegio y se hicieron novios. Llevan nueve años juntos en los que se han separado muchas veces. La última fue hace unos meses, pero les duró poco: son de los que creen que el amor siempre gana. Románticos, pese a todo.
El día que los conocí él llevaba puesto un buzo azul eléctrico con un pantalón blanco, y un gorrito de lana –también azul– que le cubría las orejas; ella: un pantalón ancho, una camiseta blanca por fuera, y el pelo recogido en una cola pegada al cuello. La diferencia entre ellos se nota: July se porta seria, esquiva, él sobreactúa y le gusta intimidar. Él es coqueto, ella pudorosa. Él es impulsivo, ella sumisa. Ella es una mujer sufrida y él, a los 20, sigue siendo un adolescente descarriado.
En La Gloria
Desde el cerro, Bogotá parece un pesebre navideño. Es domingo y estoy en La Gloria, uno de los barrios de San Cristóbal, un sector de clase baja en el que hay unas ochocientas mil personas y tiene fama de “caliente”. 218 policías se ocupan de todo el territorio. Hace frío, apenas se asoma el sol; hace un rato me dijeron que no me confiara: por aquí nunca se sabe cómo va a terminar el día y puede que en cualquier momento empiece a llover.
Las calles son empinadas, los buses pasan muy rápido y sus bocinas estallan en cada esquina y las aceras son tan angostas que producen vértigo. No hay muchas cosas distintivas en La Gloria,no se entiende muy bien dónde termina este barrio y dónde comienza el siguiente. El sur de Bogotá podría resumirse en muchas lomas, poco aire y nomenclatura confusa. Para encontrar una dirección toca hacer sumas y restas, a partir del momento en que empiezas a sospechar que ese número no es el de la carrera sino el de la calle, sólo que alguien se equivocó y lo puso al revés.
Hoy hay mucha gente afuera, algunos tomando cerveza, otros haciendo mercado, demasiados haciendo nada. Por mi lado pasa un señor con una niña de colitas que se queja de tanto caminar. El señor le dice que si sube una cuadra más le compra un refresco. Ella sonríe y ahora le pasa un bus tan cerca que las colitas le vuelan. Va del lado de la carretera.
La gente es amable. Cuando me ven con cara de no poder dar un paso más se acercan y me preguntan que si estoy perdida, entonces yo tomo el aire que ya no me queda y digo que no. Alguien de más abajo me dijo que me apartara de todo el que se me “arrimara” a proponerme una conversación, lo extraño fue que esa persona se “arrimó” para decírmelo. A veces, cuando contesto, no me escuchan: en La Gloria hay mucho ruído, mucho caos, entonces se me pegan un poco más y puedo olerles el tufo a ron amanecido. Casi todos tienen tufo.
Llego al parque de La Gloria a eso de las 10 de la mañana. Aquí el paisaje cambia, a primera vista es un típico lugar familiar: hay niños jugando al balón, parejas paseando a sus bebés en coche, señoras conversando, adolescentes echando piropos. Es un lugar bastante parecido a una feria, sólo falta el señor de los globos. La policía, sin embargo, asegura que es el sitio de reunión de las pandillas y que hay peleas casi a diario.
La Guerra
El tiempo que John lleva con July le ha rendido para tener 4 hijos, hacerse hincha del América de Cali y “seguir enamorado”. Pero han pasado más cosas que ella prefiere olvidar, y que él narra con excitación: “hace cinco años casi me muero”, me dice, y le brillan esos ojos negros y chiquitos. Cada vez que habla es como si hiciera una gran revelación, entonces se queda callado por un instante en el que nunca deja de examinar la cara de su interlocutor y, cuando uno siente que ya no puede sostenerle más la mirada, prosigue:
–Yo le llamo la guerra a la vida que me ha tocado llevar desde niño.
Cuando John vivía en la calle, solía vender droga y artículos robados. Ahora a veces se pierde y July no lo ve en meses. Pero vuelve, siempre vuelve. Cuando él se va, ella se muda a la casa de sus padres y se gana la vida haciendo manicures y pedicures, aunque lo que más le gusta es dibujar. Tiene un pequeño negocio de muñecos de icopor que vende para decoración de fiestas.
El día que John casi muere era un día de fútbol, él estaba con sus amigos viendo un partido en una tienda de esquina, en La Gloria. July lo esperaba en la casa con su primera hija, Juranis, que en aquel entonces tenía un año. En la tienda había gritos, trago y gente amontonada frente al televisor. No había goles todavía.
En algún momento de la tarde llegó un hombre con pasamontañas y preguntó por John, pero antes de que él pudiera reaccionar sacó un arma y le dio cinco tiros en la espalda. Luego huyó, y alguien en una casa vecina grito gol.
July le entregó la niña a sus papás, que se ocuparon de ella por un tiempo. No tenían donde vivir, no tenían dinero y John estaba convaleciente. Cuando pudo ponerse en pie se fue lejos, y nunca se descubrió la razón del atentado. Meses más tarde regresó renovado, buscó a su mujer y se preparó para seguir en la guerra. Se había convertido en un personaje popular en el barrio, la gente lo respetaba. Cuando le pregunto la razón de su cambio de “status” me dice, tajante:
–Eso se gana.
“Eso” le duró cinco años. Por aquella época vivieron casi tranquilos, y tuvieron tres hijos más: Harold, Michael y Brandon. Cuando los visité, en casa de un hermano de John, sólo tenían a Michael con ellos: es un chiquito de dos años y pelo indio, que se pasó el día comiendo bananas y pateando balón; se pegaba a la puerta de la nevera donde guardaban las frutas y la golpeaba como si alguien le fuera a abrir. Hubo un momento en que se me acercó y me ofreció un pedazo de banana, yo la acepté y le dije gracias, entonces me sonrío coqueto y balbuceó algo que no entendí. Allí fue cuando más se me pareció a su papá.
El domingo seis de marzo Michael estaba con ellos en la Iglesia, y también su hermanito de ocho meses, Brandon Santiago. Los cuatro salieron de misa a las seis de la tarde y se fueron a la tienda “La Espiga”, cerca del parque de La Gloria. Entonces, mientras compraban plátanos, debieron entender esa famosa frase bíblica que tanto les gusta mencionar a los curas y pastores, porque justifica lo injustificable; esa frase que habla de lo misterioso e indescifrable que es el camino que conduce hacia Dios.
El Parque
Estoy sentada en una banca del parque y a lo lejos se escucha un vallenato, a mi lado dos mujeres lo cantan a todo pulmón. Una nena deja caer el helado y llora, la mamá la levanta y le pega en la mano. Todo luce tan inofensivo que me cuesta reconstruir la escena que hace ocho días convirtió este lugar en el set de una película de Tarantino:
–Quiubo, ¿qué paso con la bicicleta?
John Brandon está agachado escogiendo unas bananas para su hijo. Se levanta desprevenido y siente que le chuzan, le perforan el brazo. Tiene dos hombres en frente que lo amenazan con navajas y le piden que responda por la bicicleta que les vendió hace varios días a veinte mil pesos y que todavía no han recibido; JB conoce a uno de ellos, le dicen “Bitoco” y es su amigo, su socio en muchos negocios. Al otro le dicen “el llanero” y lo ha visto pocas veces, es simplemente el comprador de la bicicleta: su cliente. El llanero tiene 28 años, a John le parece que ya está un poco viejo para esas cosas. El tipo es medio raro: se la pasa borracho o drogado en las esquinas del barrio, y no hace nada.
–Usted es un falseta, déme la bicicleta o los veinte mil pesos– insiste Bitoco que hace de intermediario. John Brandon escucha y se mira la herida que le sangra. Se siente extraño y sorprendido de estar frente a Bitoco en esa situación: ese hombre ha dormido en su cama y se ha vestido con su ropa: es casi su hermano.
En un momento de descuido John sale corriendo hacia el parque y sus dos atacantes lo persiguen pero no logran alcanzarlo, entonces se devuelven a la tienda en donde lo encontraron.
Desde el parque alcanzo a ver La Espiga. Hoy está llena, igual que hace una semana. Un tipo bien vestido se me sienta al lado y me pregunta que qué estoy haciendo. Le digo que estoy descansando y, luego de los correspondientes apuntes sobre el clima y el tráfico, le pregunto si sabe algo de lo que pasó hace ocho días.
El hombre, que se llama Edinson, me mira con ironía y me dice que hace ocho días pasaron muchas cosas, por ejemplo que Maradona salió de su operación de estómago y pidió a sus médicos ver fútbol.
–Sí, sólo que eso pasó en Cartagena, señor, yo me refiero a aquí, en el barrio– le digo.
Entonces me responde que es imposible estar enterado de cada cosa que pasa en ese sector, que todos los días hay muertes y atracos, y son pocos los que registra el noticiero:
–Esta mañana nomás degollaron a un tipo con una navaja. Claro que el hombre tenía sus rollos con chinitos. Era marica y uno de sus amantes lo mató… Eso pasó a media cuadra de mi casa.
A la gente le gusta ponerse cerca de este tipo de situaciones, siempre encuentra un vínculo con el crimen que los privilegia como narradores: soy vecino, amigo, conocido, cliente, y por lo tanto te puedo contar más. Seguramente hace una semana alguno de los que estuviera en el parque me habría dicho algo parecido sobre su relación con las víctimas. Hoy, en cambio, ya nadie las recuerda.
Edinson me sigue contando la historia del degollado, pero yo estoy en otra cosa. Trato de imaginarme a Bitoco hablándole a July Andrea que, minutos después de la pelea, seguía en la tienda con los niños:
–Si ve cómo es su marido, así no se pueden hacer negocios…– Bitoco se acerca cada vez más a July y ella le siente el tufo. Él le dice muchas cosas sobre la lealtad y sobre ser serio en los negocios, pero ella está nerviosa y ya no escucha. El llanero mira a Bitoco mientras habla y asiente a todo lo que dice. Tiene los ojos rojos y parece borracho. July no reconoce al llanero, se pregunta quién será ese tipo y de qué negocio le habla. Le da rabia estar metida en esas cosas: ella nunca se ha involucrado en los asuntos de John. ¿Por qué ella?, se pregunta.
Bitoco prosigue su discurso. Ahora se dirige al llanero:
–… por eso, hermano, en estos casos hay que darle al man en donde más le duela. Aquí tiene a su mujer y a sus hijos, así que ¡déle!, ¡déle donde más le duela!”.
El llanero contempla el cuadro de July y sus bebés y no le cuesta mucho descifrar el mensaje de Bitoco. July siente escalofríos, presiente lo peor.
–¿Qué le dolerá más, la mujer o el hijo…? –se pregunta el llanero.
A medida que avanza el día el parque va cambiando de cara. Ahora hay unos muchachos en una de las esquinas fumando marihuana. Pasa una patrulla y se detiene. Todos botan los tabacos y se dispersan. Un patrullero corre detrás de uno y lo agarra por el cuello de la camisa.
–Venga chino, que esta vez sí me lo llevo –le dice el de verde al muchacho, que no debe pasar de los 13 años.
–Pero si no estaba haciendo nada –protesta. En el forcejeo pierde un zapato y queda al descubierto una media con huecos y muñequitos azules.
Los demás se pierden del mapa. La escena me recuerda el reporte de la estación central de policía de San Cristóbal de ese mismo 6 de marzo, en el que dice que la noche anterior habían incautado en total 317 gramos de marihuana y 20 papeletas de bazuco, mercancía toda en manos de menores que “al advertir la presencia de la policía emprendieron la huída”.
Ocho días atrás, John también huía:
Al otro lado del parque se siente a salvo: se da cuenta que perdió a los atacantes y decide regresar a la tienda por su familia. En el camino piensa que fue muy ingenuo al pensar que Bitoco era su amigo. “Nadie es amigo de nadie”, se dice. Mientras se acerca alcanza a ver a July acorralada por los dos hombres y se apresura.
July agarra el coche con tanta fuerza que las manos le empiezan a sudar. Los niños están callados, Michael se come una banana, Brandon mira sin entender. Cuando John llega a la tienda lanza una puteada y contraataca. En ese momento es imposible entender algo: hay gritos, sangre, llantos. También hay gente alrededor pero nadie hace nada: es una pelea más entre bandidos, el pan de cada día.
Los custodios de San Cristóbal
A las doce y media me levanto de la banca del parque de la Gloria y decido irme en busca de los policías del Centro de Atención Inmediata (CAI) de Altamira –otro barrio de San Cristóbal– que fueron quienes se encargaron del caso. Un niño como de once años se me atraviesa y me dice, en tono más o menos amenazante, que tenga cuidado: que ese no es un lugar para pasear. El niño tiene puesta una camiseta desteñida de Iron Maiden, y una gorrita negra hacia atrás. Del bolsillo del jean se le sale un paquete de papitas fritas y alrededor de la boca le quedan algunas migajas.
Cuando llego al CAI me encuentro con un agente de ojos verdes que se porta muy amable cuando me recibe. Me dice que su nombre es Heriberto Gómez, que lleva dieciocho años en la policía y tres meses en ese CAI. Antes de ser trasladado estaba en Arauca –un departamento al oriente de Colombia en zona de conflicto–: “en donde sí pasaban cosas graves”. Su ciudad (Saravena) era conocida como “Sarabomba”, porque estallaban bombas todo el tiempo y sólo iban a recoger a los muertos.
El CAI de Altamira queda justo al lado de un parque infantil: en la casita se escuchan todo el tiempo las risas de los niños. Eso puede explicar el optimismo de Gómez frente al sector que custodia. En una esquina del parque hay una señora de ruana y trenzas que se ríe sola y saluda a los transeúntes. En la otra hay un par de muchachos que se burlan de ella.
Cruzando la calle hay una tienda a la que voy a comprar cigarrillos por sugerencia del señor agente. El quiere Belmont o Marlboro, pero allí sólo venden Mustang:
–Uy, no, de esos no, yo pensaba que usted fumaba otra cosa –me dice un poco ofendido.
Yo saco del bolso los dos marlboro lights que me quedan y se los doy.
–Ah, gracias señorita, es que esos mustang son muy malos: me queman lagarganta.
Ahora sí, con cigarrillo en mano, le pregunto por lo que pasó hace una semana en el parque. El hombre se viste de histrionismo y prácticamente me dramatiza toda la historia. En medio del relato aparece una niña de no más de seis años y mejillas muy rosadas, que le dice con una vocecita casi imperceptible:
–Señor agente, señor agente.
Pero Gómez está entretenido y no la escucha. La segunda vez la niña lo tira de la manga del uniforme y le dice:
–Señor agente, señor agente, que si puede venir a mi casa, que un señor le está pegando a mi mamá.
El agente mira a la niña y le dice que vuelva después, que no tiene patrulleros:
–Ahora vamos mamita, más tarde, cuando hayan cascado duro a su mamá – y se ría. La niñita le dice que bueno y se marcha. Gómez me mira y cae en cuenta de su indelicadeza, entonces se pone serio y me explica:
–Es que esto pasa todos los días acá, señorita. A uno le toca entenderse de casos de violencia intrafamiliar, sobretodo, y mucho atraco también. Los casos como el del parque son fortuitos.
Días después, en la estación de policía de San Cristóbal, el coronel Pinedo Granados me diría que hace seis meses el caso más escandaloso se trató de un hombre que encerró a sus suegros y a su cuñada en una casa y les prendió fuego:
–El móvil del crimen fue el despecho –me dijo Pinedo, todo un lord de la fuerza civil– el tipo no soportó que la mujer lo dejara.
El coronel me confiesa no hace muchos esfuerzos por defender causas perdidas. Sabe que cuentan con muy pocos hombres para cuidar la zona, sabe que en muchos casos la labor de los patrulleros es poco eficiente, sabe que todos los días ocurren cosas muy graves de las que ellos no se enteran, sabe que no puede hacer mucho al respecto. Lo encontré un martes en su oficina, rodeado de banderitas y escudos, peinado y de buen humor.
Pero antes, el agente Gómez insistía en su papel de vocero del orden público:
–…entonces, ahí es cuando la gente dice que dónde estaba la policía, pero calcule: somos poquitos y ¿sabe qué más?, que no somos adivinos. No podemos estar en el justo momento que ocurren las cosas.
Así es: no estuvieron hace seis meses para detener al pirómano, ni hoy para atender a la mamá golpeada. Tampoco estuvieron hace ocho días, ni estuvieron los colegas del CAI La Victoria, a quienes les correspondía por jurisdicción atender el caso del parque. Gómez fue quien recibió la llamada, entonces contactó a los patrulleros de Altamira, sus compañeros, que llegaron a la Gloria cuando ya no había mucho que hacer.
John corre nuevamente loma arriba. Le había gritado a July Andrea que se escondiera en a tienda y lanzó cuchillazos a Bitoco y el llanero para que se apartaran y lo siguieran a él. John tiene frío, se siente agitado, la herida le arde. De pronto se da vuelta y ve que nadie lo sigue y, en cambio, oye que gritan su nombre. Al principio no reconoce la voz: es un grito fuerte y ronco, el gemido de un animal alorido. En la tienda ya no están el llanero ni Bitoco, sólo a July Andrea con el coche caído, alzando a su bebé, enchastrado en sangre. Michael está en el piso llorando. Alrededor hay un gente que los mira, callados e inmóviles.
John se regresa y le arrebata el niño a July de los brazos. Detiene una buseta y le pide que lo lleve al centro de salud más cercano. July se queda y se lleva a Michael a la casa. Luego sube a pie la loma por donde se fue la buseta; llora, da alaridos, ya no le queda aire, ya no le queda nada, piensa. Cuando llega al hospital–a pesar de sus incontables oraciones y promesas– se entera de lo que ya sabía.
Un domingo “lluvioso”
El seis de marzo de 2005 Brandon Santiago recibió dos puñaladas en el pecho y murió a las ocho de la noche en el centro de salud de Altamira. Bitoco fue capturado por complicidad en el homicidio y el llanero sigue fugitivo.
La versión de Gómez, sin embargo, le añade información adicional a la detención de Bitoco. Me asegura que, a escasos ocho días del hecho, ya se le dictó sentencia y que fue condenado a 40 años:
–El juez le dijo que ésta sería su condena: donde-más-le-duela– el agente cuenta cada palabra con los dedos y prosigue –cuatro palabras, cuarenta años. Eso le dieron.
Pero lo de Gómez no es más que un mito tranquilizador. Un mito de barrio de esos que le ponen color a las tragedias. En la Fiscalía la versión es otra: Víctor González, alias Bitoco no aceptó los cargos en la primera audiencia, pero como fue señalado por testigos se le dictó medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación. Ahora está en la cárcel, mientras se continúa con la investigación, que busca dar con “las otras personas implicadas”.
Después de cuarenta minutos y seis cigarrillos a Gómez se le acaba la gasolina y me dice que mejor me vaya:
–Mire, señorita, mejor vaya saliendo de por acá, parece que va a llover.
Pero justo ahora llegan los dos patrulleros que detuvieron a Bitoco y no quiero irme sin hablar con ellos. Los dos hombres se bajan de la moto y Gómez les explica quién soy. Uno de ellos entra al CAI sin determinarme y el otro me dice que él ya dijo a la prensa todo lo que tenía que decir:
–… además, no sé por qué han hecho tanto alboroto con eso. Mire, niña, váyase de aquí que este barrio es peligroso. Además, parece que va a llover.
Luego entra también al CAI y yo miro a Gómez que está parado en la puerta. Él alza los hombros en señal de impotencia.
En el cielo hay un sol radiante. Pero aquí nunca se sabe.
Saliendo de Altamira me encuentro nuevamente con el chico de once años que me advirtió en el parque del peligro de la zona. Lo saludo y él me responde guiñando un ojo. Lleva una navaja en la mano. Una cuadra más allá veo a la niñita que fue a buscar al agente Gómez: está sentada en una acera lamiendo una chupeta.
Mientras camino trato de imaginarme cómo fue ese domingo seis de marzo para San Cristóbal. Pero luego me doy cuenta de que probablemente fue muy parecido a cualquier otro domingo. Hace ocho días, cuando el llanero asesinaba a Brandon Santiago, en algún barrio vecino ocurrían otras cosas que podrían estar ocurriendo también hoy, en este preciso momento. Luego lo confaría en el reporte del CAI:
A esta misma hora, el domingo pasado, dos personas eran capturadas por violencia intrafamiliar, y a lo largo del día se produjeron doce detenciones más. Un poco más tarde, tres adolescentes eran sorprendidos robando un Carrefour y otro era capturado mientras huía tras haber roto el vidrio de un vehículo y haberle arrebatado el bolso a una señora. Algunas cuadras más arriba, una pareja de novios le robaba a una mujer 400 mil pesos (unos 170 dólares) y tres muchachas de ventipico escondían en una cartera un pantalón del almacén “short sport”. Entrando la noche, también en La Gloria, una niña de 14 años era violada por un señor de 67.
Pero no todo fueron malas noticias en San Cristóbal, cerca de las 4 y 15, en el barrio Juan Rey, a una mujer de nombre Jennifer le devolvían un parlante marca sony que le habían robado en días pasados. Además, en contra de los presagios, ese día tampoco llovió.
Seguir escapando
John y July dejaron el barrio y no quieren volver. Se mudaron temporalmente con un hermano paterno de John, pero no pueden quedarse por esa zona porque allá todo es más caro: una pieza cuesta 100 mil pesos al mes (cerca de 45 dólares), mientras que en La Gloria les costaba la mitad.
Me recibieron a las seis de la tarde de un viernes en un comedor pequeño y oscuro: mesa redonda, cuatro sillas y nevera de fondo. Al lado del comedor, el hueco de una puerta sin puerta dejaba ver la colchoneta en la que estaban durmiendo por esos días, y varios juguetes regados en el piso.
John me indicó donde sentarme, caballeroso, sonríente: hay un hueco enorme entre sus dientes. July salía del baño recién peinada y oliendo a jabón. Michael estaba en el piso rodeado por tres niñas que debían ser sus primas. Debajo de la mesa todavía descansaba el balón.
El barrio del hermano de John se llama Santa Librada. Está mucho más al sur que La Gloria, pero tiene mejor cara. Las calles son anchas, muchas están pavimentadas y hasta hay minimarkets. Algo que favorece el sector es que por ahí pasan los buses alimentadores del transmilenio: el sistema de transporte más moderno que tiene Bogotá, y que la recorre casi de punta a punta.
Pero vivir en Santa Librada es un lujo que John y July no se pueden dar, y menos con tres hijos. Aunque ahora sólo tienen a Michael, pronto piensan ir por los otros dos: Juranis (6), que vive con los abuelos maternos y Harold (4), que está hace tres meses en el campo con la abuelita de July. El niño se quedó allá en diciembre, cuando los abuelos se lo llevaron a unas vacaciones familiares a las que July no pudo llegar porque no tenía plata para el bus.
John no quiere más niños. July, en cambio, sueña con un bebé idéntico a Brandon Santiago:
–Era mi único hijito blanquito, los demás son morenitos. Me gustaría tener uno igualito, igualito a él. Era el más bonito de todos –dice.
Los ojos de July siempre se mueven, es lo más parecido que vi a un reloj cucú. Cuando describe a Brandon da la impresión de estar hablando sólo para ella; pronuncia con énfasis los diminutivos y se agarra las manos como para darse fuerza. Mira para allá y para acá, ansiosa. Hasta cuando está callada parece que continuara viendo la misma película. July me dice que la Iglesia los ha ayudado mucho a sobrellevar todo este episodio. Y que si no fuera por “Diosito”… La teoría de la resignación cristiana vuelve a ser eficaz para dopar emotivamente a las personas. July se ve dueña de una templanza postiza que en cualuqier a punto amenaza con explotar, desgarrase.
El domingo siguiente de la muerte del bebé, John y July se vieron con sus amigos Jenny y Frey, en la Iglesia. Ellos fueron quienes los iniciaron en el cristianismo y ese día mencionaron la posibilidad de irse a vivir juntos los cuatro en una especie de comunidad cristiana en el barrio Canadá, donde July creció. Ahora piensan que, quizá, éste es el mejor momento para hacerlo.
–Vivir con gente de la Iglesia sería como cambiar totalmente de vida, empezar de nuevo –dice July.
Eso significa, para ella, poder terminar el colegio, conseguir un trabajo, tener plata para vivir mejor. John dice que lo de la plata “siempre se resuelve” y no se muestra especialmente interesado en terminar el colegio. Además, está claro que ese no es un tema prioritario en estos momentos. Primero lo primero: por ahora sigue esperando noticias del paradero del llanero, tiene contactos en la policía que lo mantienen informado:
–Mis amigos me dicen que me lo van a traer para que lo mate. Ojala lo encuentre la policía primero, porque si yo lo encuentro no sé cuál va a ser mi reacción.
July sí lo sabe, pero calla. Tiene la mirada dura, el rostro de una niña temerosa:
–Yo lo odio –dice en voz muy baja–. Ese hombre no tiene perdón.
John la mira, luego respira hondo y la habitación se llena de un silencio pesado. Hace calor, Michael se pasa las manitos por la frente y hace como si fuera a llorar, pero no llora. Después mira a su mamá y alza los brazos para que lo cargue, pero ella sigue ausente y no lo ve. Entonces llora. Sus primitas se acercan y lo abrazan, pero él sigue llorando.
–Cuando esto pase quiero cambiar de vida: para no tener que seguir escapando –dice John a modo de sentencia.
July se pone de pie y entra en la alcoba. Me parece que ya escuchó esto mismo muchas veces. Vuelve el silencio incómodo, el llanto de Michael le hace coro. John se me acerca misterioso, se acomoda el gorrito, y ladea la cabeza. Después me mira a los ojos y dice:
–¿Entonces qué, usted también es hincha del América?.
nov 03 | 14:00
Hey, how are you, Margarita. Love this piece! I’m a photojournalist and I’m working with some people in Bogotá, near this neigthborhood, in los cerros, very poor people, indeed. I’ll like to get in touch with you if that’s possible. Cheers, Joe