Pura sangre (Don Juan. Ed. 8, 2007)
oct 20

Fotos de la nota en la revista.
–¡Ignacito se cashoooo!
La señora que grita tiene una blusa beige bordada, lentes de sol rasgados a lo Victoria Ocampo –referente de las señoras ricas porteñas–, y un marido al que agarra por la manga y estremece. El marido la tranquiliza: que Ignacito siempre fue travieso, que va a estar bien. Pero la señora ya se olvidó de Ignacito y ahora dice que ¡Eduardito, ché, no se peleen así!
En la cancha se juega la final del Abierto de Palermo, el campeonato de Polo más importante del mundo. El abierto sólo lo juegan argentinos, pero –aunque suene muy argentino– en el mundo no existen mejores polistas que eshos. Los equipos enfrentados son La Dolfina, con 39 de handicap, y La Aguada con 37. El handicap de un equipo es la suma del handicap de cada jugador, que es el puntaje que se les da anualmente para calificar su desempeño, y que va del 1 al 10. Esta tarde ganará la Dolfina –que también ganó el año pasado–, pero el partido será reñido, emocionante, y la tribuna gritará tanto que por momentos muy breves algunos nos sentiremos en un partido de fútbol.
La señora que grita podría ser algo así como la tía abuela de los polistas de La Aguada: los hermanos Novillo Astrada –“Ignacito”, Eduardo, Miguel y Javier. Los chicos son polistas profesionales, pero para la “tía abuela”, es como si estuvieran jugando en el campo familiar, porque en el campo familiar deben comportarse muy parecido a como lo hacen hoy en el partido: ¡¿qué te pasa?, ¡tarado! grita un Novillo Astrada que acaba de hacerle un pase a otro, y el otro, que perdió el pase, le responde que no sea pelotudo y que se deje de joder.
Es lógico que un equipo de Polo lo conformen cuatro hermanos, de hecho es una tradición que ha caído en desuso porque ahora en el polo, como en casi todos los deportes, los jugadores se compran y se venden al mejor postor. Pero siempre fue y sigue siendo un deporte muy exclusivo, apto sólo para caballeros: o sea, gente con muchos caballos, campos y tiempo para dedicarse a montar. Y en ese sentido, está claro que los caballeros no abundan ni en la Argentina ni en ninguna otra parte. Por eso, supongo, cuando se arma un equipo de polo inevitablemente entra a jugar el factor consanguinidad: que alce la mano el que tenga caballos, campos y doble apellido… ups, pero si todos son hermanos, qué casualidad.
El campo de Palermo está en el medio de la ciudad y pertenece al Ejército, que lo cede a los polistas a cambio de la mitad de los ingresos publicitarios. En dos esquinas del campo, bajo los árboles, están los palenques: donde los equipos preparan a sus yeguas –en el polo por lo general se usan yeguas porque, dicen, son más dóciles. Un jugador puede cambiar muchas veces de yegua en un chuker (tiempo), por eso siempre hay un stock grande de animales listos para salir a jugar. Además de las yeguas, en los palenques también hay mujeres rubias y peones oscuritos que cepillan alazanes y se sacan fotos con cámaras baratas, para decir que alguna vez pasaron por Palermo; los peones también dirán que vieron de cerca a las señoras rubias que por lo general son modelos famosas. Porque últimamente, polista que se respete, tiene una esposa modelo a su lado.
La tarde de hoy es un lujo. Sobre el verde impecable de la cancha hay un cielo tan azul que parece falso: ni una nube amenaza la velada. Menos mal, porque desde el día de la inauguración del campeonato hasta ahora, han estado pegando cartelitos que dicen que la misa de último día no se suspenderá, ni siquiera por motivo de lluvia. Y las mujeres rubias, que además de modelos son católicas, seguro que no estarían cómodas escuchando el sermón bajo el agua. Pero Dios está con el polo, eso todo el mundo lo sabe.
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–Metela Adolfito, andá!
Grita un hombre de treinta y tantos desde el balcón de un bar rojo, extravagante, que un anunciante montó en el campo de Palermo. Adolfito hace el gol y el bar rojo tiembla. Una chica rubia con rizos de Barbie, le dice al novio que le cuente otra vez la historia de Adolfito. El novio le dice: pará, linda, ahora no, y le pasa una copa de champagne. La chica se la toma de un sorbo y aplaude discreta.
Adolfito Cambiaso, 10 de handicap, es la estrella actual del polo argentino. Juega en La Dolfina, equipo fundado por su padre Adolfo, y esta tarde hará 11 de los 14 goles que le darán el bicampeonato a su equipo. Está casado con María Vázquez, una de las modelos más cotizadas del país, y en los últimos años Cambiaso se ha convertido en un ídolo bastante popular. Algunos comparan su juego con el de Maradona, porque es de los que atraviesan la cancha sin perder la bocha (pelotita), avanza haciendo malabares, reflexiona, se detiene, busca una mejor posición y después, cuando se siente cómodo, mete el gol. Tipo Higuita en Colombia: arriesgado, temerario, ¿chicanero? Lo cierto es que Adolfito es especial, incluso los que no saben de polo lo quieren y los niños que aplauden desde las tribunas sueñan con ser como él.
Además del bar rojo, en el campo de Polo hay otros stands de anunciantes muy caros tipo Chandon, Rolex y Peugot. La mayoría armó bajo sus carpas una salita de hacienda argentina: muebles de madera, fundas beige, el mate en el medio. La gente se sienta a hacer visita en los intermedios, y algunas mujeres también durante el partido. Se la pasan bárrbaro. Promotoras van y vienen ofreciéndote una copita, un quesito, que si un helado de dulce de leche; y todo el ambiente: los anunciantes, las salitas, las modelos impecables, me recuerda al Concurso Nacional de Belleza en Colombia, salvo porque acá no hay muchas señoritas “tal” y en cambio abundan las señoras “de”.
Las mujeres del polo suelen casarse jóvenes, supongo que para poder tener hijos rápido y volver a verse impecables cuando vale la pena verse impecable. Ellas van llegando en manada con sus nenes rubios de propaganda, ellas: que son rubias de propaganda, y sonríen radiantes contándose en dónde pasarán el verano. A la entrada del campo la marca infantil, Mimo, puso un “guarda bebés”. Algo así como los guarda paquetes de los supermercados: tome su ficha y reclámelo a la salida. Los niños se quedan en un jardincito rodeado de malla, con columpios, rodaderos y niñeras que no les pierden ni pie ni pisada. Los niños se agarran a la malla, como presos en el país de Nunca Jamás, y gritan: ¡adios mami, que gane papi!; o ¡adios mami, traeme un helado!; o ¡nooo mami, no te vashas! Pero las mamis se van, tienen que ir a sentarse en sus salitas.
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–¡Grande Adolfitoo!
Adolfito mete otro gol, la gente se pone de pie, aplaude, casi quiere saltar. Una rubia cuyo tinte no parece tan fino como el de las demás, le dice al novio que desde allí, desde la tercera fila, no alcanza a ver bien la pelota, y que para entender bien cómo funciona todo necesita estar más borracha. El novio le dice que se espere, que ya trae más champagne.
La rubia tiene razón. El polo es un juego que, al menos a los primerizos, nos cuesta seguir, y el mejor lugar para verlo es, definitivamente, en la primera fila. El campo mide 250 metros de largo por 150 de ancho, el arco unos 7,30 a cada lado. Un partido dura siete u ocho chukers de 7 minutos, y los jugadores tienen que llevar la bocha –diminuta–, con unos tacos –delgadísimos– hasta el arco rival. El juego es veloz, casi violento, y desde la tribuna todo lo que hacen los jugadores parece tan difícil, que la idea de que además tengan que hacer goles parece un chiste cruel.
Dos señoras del tipo Victoria Ocampo comentan entre ellas que últimamente al polo viene mucho advenedizo, y miran a la rubia que necesita estar borracha para entender. La otra le dice que es culpa de Adolfito, que con sus shows ha convertido el polo, un deporte tan serio, en un espectáculo casi vulgar. Dice vulgar acercándose a su amiga, en tono confidente. La otra se toca las sienes con los dedos y dice que mejor vayan por una copa al stand de Chandon.
Y es que hace unos años a Adolfito se le dio por vestir a La Dolfina con los colores del club de fútbol Nueva Chicago, y la hinchada, emocionada por el homenaje, fue a verlo a Palermo para una final con todo y barra brava. Había buses parqueados en la elegante avenida Libertador, y las tribunas temblaban como nunca antes en la historia de Palermo. La rubia mal teñida, según las señoras Ocampo, debe ser un rezago de aquella vez.
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–¡Pero que orrrto que tenés, boludo!
Un joven bronceado, ventitantos, bermudas caqui, ojos verdes y pinta de heredero, grita cosas inapropiadas a los jugadores. Dos chicas lindas lo miran con binoculares desde la tribuna de al lado y se codean. El heredero está con tres amigos que toman cerveza y hablan por celular:
–De acá, nos vamos a la casa de tía Muñeca para el asado, y después, supongo que a bailar. ¿Vos?
Un señor camisa polo, zapatos polo y pantalón caqui, viene entrando a la tribuna y saluda a los chicos. Les dice señores, y les da la mano. El heredero le dice tío y le pregunta por su prima Lola. Le brishan los ojos. El tío dice que se quedó porque tenía que estudiar para la facu, le pica el ojo y se va.
–¡La concha de la lora!
Grita uno de los amigos del heredero, porque La Aguada acaba de botar un gol. Una señora lo mira como amenazándolo: “un par de nalgadas te voy a dar, jovencito”, le dice con los ojos. El chico recupera la compostura y vuelve al celular.
–No, que el boludo de Migue se acaba de comer un gol –explica por el teléfono.
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El sponsor de La Dolfina, en esta temporada, es Showmatch: un programa de televisión bastante exitoso y clasemediero que no tiene nada que ver con el Polo. La popularización continúa, y a los patrones no les gusta mucho. Pero así están las cosas. Antes, en los años 60, tycoons americanos y nobles europeos invitaban a los polistas argentinos para que prestigiaran sus torneos. Les pagaban los gastos, los trataban como príncipes y, a veces, les compraban caballos. Pero con la euforia yuppie de los 80 el dinero ocupó su verdadero lugar. Los mismos ricos y famosos se transformaron en “patrones” y ahora compran a los argentinos de 9 y 10 de handicap por muchos miles de dólares; además juegan ellos y uno que otro amateur que quiere pasarla bien.
Con semejante mezcla, los patrones fundamentalistas dicen que los partidos no son muy lindos para mirar, pero los patrones advenedizos se divierten y se sienten en la cima. Así se arma la temporada internacional: Inglaterra, Palm Beach, Sudeste Asiático, todo muy charming, por supuesto. Y así se arma una legión de mercenarios argentinos que recorre el mundo jugando para patrones ligeramente ineptos, pero que les pagan muy bien.
Esta tarde, al octavo chuker los equipos seguían empatados. Las críticas de La Nación dirían luego que nunca hubo un partido más parejo, que la defensa de uno: impecable; que el ataque del otro: violento; que los caballos: de primera; que la poca diferencia de handicap entre los equipos había hecho que la final del 2006 fuera un verdadero espectáculo: como los que hacía mucho no se veían. En el polo, cuando se acaban los chukers y todavía no hay ganador, se pasa a un tiempo suplementario que se llama el gol de oro, y que consiste en que gana el que primero meta el gol.
El chuker suplementario duró un poco más de cinco minutos, y entre que iban de un lado y el otro sin anotar, pasaron algunas otras cosas: una yegua se fracturó y relinchaba de dolor, su dueño la abrazaba y se le salían las lágrimas; dos hermanos Novillo se pelearon y casi se van a los golpes, si no es porque un viejo elegante que parecía su padre les gritó: ¡maricones, están en una final!; la rubia malteñida se terminó de emborrachar y vomitó en plena tribuna, y eso fue tan poco glamoroso; el heredero ojiverde llamó a su prima Lola: “te dedico el gol de oro”, le dijo, y que si estaría en el asado de tía Muñeca.
Y como siempre: al final del partido el campo se alfombró de la espuma más cara de la Argentina. Adolfito recibió la copa y les dedicó el triunfo a su equipo y a su mujer, que lo saludaba desde el palenque, hermosa como una princesa. A la salida las familias se abrazaron y volvieron a sus casas, en donde un asado los esperaba para seguir celebrando.
–¿Para celebrar qué?, linda, si perdimos.
Le dice un joven esposo a su joven esposa que lleva en brazos a su nene de propaganda, que acaba de reclamar en el guarda bebés. Ella le responde que qué importa, le da un beso a su hijo y sonríe:
–Para celebrar la vida, mi amor.
Claro, ¿por qué no? si todos ellos tienen vidas tan felices.