
Buenos Aires, 22 de junio de 2010
1.
El sábado 4 de septiembre de 1993 iba a ser un fin de semana como cualquiera. Mis papás, mis hermanos y yo nos íbamos a una finquita que teníamos cerca, y esta vez venían también cinco amigos de mi hermano, que tenía quince años. No era usual que hubiera tanto muchachito, pero fuera de eso el plan transcurría más o menos como siempre. Como siempre era aburrido, complicado. En mi casa todo tendía a complicarse porque éramos mucha gente con poca voluntad, y, salvo la parte en que comíamos –desaforados, mayormente–, nunca estaba claro qué le tocaba hacer a cada quien. Mis fines de semana a los trece años eran, entonces, una sucesión de paseos confusos, sobresaturados de conflictos microscópicos, que el domingo a la tarde, por acumulación o por desgaste, explotaban en masa dejando una nube espesa encima de nuestras cabezas. A veces la nube no alcanzaba a disiparse en la semana y el sábado siguiente allí estábamos, arrastrando peleas más viejas que algunos de nosotros: que yo, por ejemplo, que soy la menor de cinco. Total, que ese sábado no parecía distinto, salvo por el despliegue de testosterona adolescente.
–¿Y por qué es que vienen todos esos zánganos? –preguntó mi hermana, que tenía dieciséis; mi hermano se había ido con los amigos en su camioneta: una Ford muy vieja que le habían regalado hacía unos meses para su cumpleaños número quince, y que hoy habían disfrazado de bandera. Los demás íbamos en el Polara de mi madre. Mi hermana llevaba un rato enredándome el flequillo con una peinilla: por esa época las dos usábamos el copete de Alf y cada mañana la una le enredaba el flequillo a la otra; luego se lo abultaba y se lo echaba hacia un lado y se lo iba esculpiendo. Al final lo rociaba con laca.
–Vienen por el partido de mañana –dijo mi madre, que manejaba, mientras mi papá cabeceaba en el asiento de al lado, con el diario doblado en la falda. Mis dos hermanas mayores ya iban a la universidad, por eso zafaban de estos paseos: los fines de semana siempre tenían trabajos grupales para los cuales se producían como si estuvieran estudiando teatro de revista y no derecho.
–¿Qué partido? –insistía mi hermana, pero ya no hubo respuesta. Mi mamá pocas veces seguía un diálogo más allá de dos líneas, era como que se aburría y cambiaba de tema sin previo aviso. En cambio podía mantener largas conversaciones consigo misma. Ahora, por ejemplo, hablaba del almuerzo: que no iba a alcanzar porque los muchachitos son tan tragones a esa edad, la edad de la tripa hueca, del barril sin fondo, de la solitaria, “ja–ja”: se burlaba sola.
Mi hermana terminó de peinarme, me eché hacia delante y alcé la cabeza para mirarme en el retrovisor: el copete de Alf se elevaba como un tsunami sobre mi frente. Se ve que el olor de la laca despertó a mi papá porque sacudió la cabeza y volvió en sí, agarró el diario y se lo acercó bien a sus ojos miopes, como si estuviera muy interesado en lo que decía el titular:
“Colombia enfrenta a Argentina en la última fecha de la fase clasificatoria”. Y la bajada: “Hay mucho optimismo”.
A mi papá no le gustaba el fútbol. A mi mamá tampoco. A mis hermanas tampoco. A mi hermano, vaya a saber. Era el único varón y eso lo convertía en un pendejito caprichoso. Mis padres le consentían la volubilidad hasta el punto de la esquizofrenia. Su vida consistía en abrazar nuevos gustos y desechar los viejos, que no solían durar más de un mes. En el último año había pasado del heavy metal al reaggae, de Balzac a Condorito, de una novia culonsísima a una lombriz anoréxica. En fin, que ese fin de semana a mi hermano le gustaba el fútbol, por eso nos habíamos embarcado en un paseo cuyo objetivo era mirar un partido con sus amigos granulientos. Volví a mi lugar en el asiento, tratando de no moverme mucho para no perturbar al copete, y empecé a enredarle el flequillo a mi hermana.
–Parece que es un partido importante –le dije.
–¿Ah sí?
Asentí:
–Hay mucho optimismo.
2.
En la finquita, mi hermana y yo dormíamos en una habitación de paredes de adobe que miraba a un corral de pollos. Pero esa mañana no fueron los pollos los que nos levantaron, como siempre, sino los gritos de mi hermano y sus amigos, que cantaban en pleno pasillo el “olé olé” y esas cosas del fútbol. Mi hermano solía dormir en la habitación más grande –y cómoda y silenciosa–, porque los hombres, decía mi madre, necesitaban más lugar para el esparcimiento. Todavía me pregunto si con esparcimiento quería decir “convención de putas”. Esta vez compartía palacio con sus cinco amigos y su nueva afición, y se ve que mucho no cabían. Cuando mi hermana y yo salimos del cuarto esa mañana de domingo, con nuestras toallas a cuesta, nuestro neceser gigante de productos para el baño y nuestros copetes derruidos, nos tropezamos con estos energúmenos de peluca rubia y enrulada largando a los cuatro vientos pronósticos futbolísticos y posibles formaciones, sobre las que mi hermano reflexionaba y expresaba opinión. Porque una cosa hay que decir: cuando a mi hermano se le daba por una nueva afición, se esforzaba en ser un gran aficionado. Desde que habían empezado las eliminatorias para USA 94, el tipo se había aprendido los cantitos, los nombres y las posiciones de los jugadores de Colombia y de muchos otros equipos, y se había sumado, como tantos por esa época, a la gran religión del Pibe Valderrama. Después de hacer todo eso se ve que había catequizado a sus amigos. “Es un líder”, decía mi madre, mirándolo en la vereda de casa revender las figuritas del álbum del mundial. “Es un dealer”, decía mi hermana, por suerte mi madre no tenía la costumbre de escucharla.
El partido comenzaba a la tarde, pero al medio día ya los chicos estaban cebados: me parece estarlos viendo dando esos saltitos descoordinados, tirándose agua, empatándose la cara con Maizena. El preámbulo de un partido de fútbol en mi país es lo más parecido a un carnaval de medio pelo. Todo es muy caótico porque coordinar una coreografía o, peor, largar un coro afinado equivale a tatuarse en el pecho: “soy una delicada alondra”. De todas maneras a estos pobres muchachitos la edad no les ayudaba, estaban en esa fase de la garganta galluda y la carcajada seca que dolía en la oreja ajena. Mi hermana y yo, después de bañarnos y desayunar, nos encerramos en el cuarto a oír música: pasaban una maratón de los temas de “Alcanzar una estrella II”, la telenovela mexicana que lanzó a la fama a Ricky Martín. Yo me sabía las canciones, yo, ya que se trata de confesar cosas, amaba a Ricky. “A ése se le moja la canoa”, decía mi hermana y yo lo negaba. Ella siempre fue más visionaria. Volviendo al partido, la verdad es que ese día era muy difícil abstraerse del ambiente futbolero. No eran sólo los cantitos, hasta mi mamá se había puesto una peluca del Pibe y se la veía pasar por la ventana, rumbo al comedor de afuera, con bandejas de mazorca y patacones y yuca frita y queso criollo y chicharrón y butifarra y arepas de huevo y todas esas cosas con las que nos llenaban el buche de chiquitos y por las que hoy todos –absolutamente todos– sufrimos de alguna tara relacionada con la panza insaciable. Mi papá no llevaba peluca porque decía que le apretaba la cabeza. Si algo había que cuidar en esa casa era la cabeza de mi papá. Era un erudito que vivía de pensar y resolver unos casos penales complicados que le impedían darnos mucha bola, pero a cambio nos compraba toda esa comida grasienta. En fin, que salvo mi hermana y yo, los demás se gozaban la previa del partido y se embutían de comida y de ron con coca cola, mientras estaba el almuerzo.
–¿Salimos? –le pregunté a mi hermana, vencida, cuando hasta el locutor de Radio Tiempo se había puesto a hablar del partido. Ella, que llevaba un rato luchando con un pelito enterrado en el medio de sus cejas, dejó la pinza y el espejo a un lado y asintió.
–Ok, pero antes vamos a arreglarnos –y agarro su peinilla.
3.
La trasmisión comenzó a eso de las cuatro, faltaba todavía una hora para el partido pero ese día hubo mucha previa. Meses de previa hubo. Recuerdo que Francisco Maturana, el DT de la selección Colombia, se regodeaba más que nunca en su filosofía derrotista que tan bien solía representarnos: “¿Qué va a pasar si pierden, Maturana?” Y el tipo miraba el piso, respiraba hondo, elucubraba su siguiente gran frase y largaba: “Perder es ganar, si perdemos ganaremos algo: está bien perder, porque también ganamos”. La redundancia era lo suyo. O el LCD, nunca lo sabremos. Recuerdo también que en las ruedas de prensa evitaba referirse a Maradona, mientras que todos los demás estaban muy indignados con sus últimas declaraciones. El tipo había salido en la televisión anunciando el triunfo de su equipo haciendo este gesto: con las palmas hacia abajo, como cuando se quiere indicar el tamaño de un perro, puso una mano a la altura de su pecho; la otra la puso más abajo, lo más abajo que le dio el brazo: “Históricamente, Argentina está arriba y Colombia abajo”, eso dijo. Ese domingo los amigos de mi hermano, embuchados de ron y frituras, se agarraban la entrepierna y decían “¡Argentina está acá, Diego!”. Porque el futbol, además de tantas otras cosas que no me interesan, siempre ha sido una perfecta excusa masculina para toquetearse en público.
Mi hermana y yo nos acomodamos en el sofá pegado a la ventana, al lado de mi madre. Mi madre siempre necesitaba tener una ventana cerca porque era medio claustrofóbica, pobre; había épocas en que cada dos por tres se mareaba y tenía que alzar los brazos y respirar hondo a cielo abierto. Era la alimentación: dentro del cuerpo caribeño y atractivo de mi madre, descubrirían, años después, un asentamiento de colesterol añejado.
Lo primero que apareció en la cancha de River, donde ocurrió el milagro –digo, el partido–, fue la melena oxigenada de nuestro Dios. El Dios de ustedes estaba en un palco, lustrándose los dientes que pensaba lucir ante los miles de flash que lo apuntarían esa tarde. Detrás del Pibe entró el resto del equipo colombiano al son de un coro apabullante: “Vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja de alentar”.
–¿Qué es quilombera? –preguntó mi hermana. Nadie la oyó. Realmente sobrábamos en esa sala, pero qué más íbamos a hacer. Ella bufó y empezó a levantarse, yo la jalé por el cinturón y la devolví al sofá.
–¿Qué te pasa? –me dijo, y me palmeteó el brazo. Le dije que no quería encerrarme en el cuarto mientras los demás estaban acá.
–¿Por qué?
Alcé los hombros:
–Es aburrido.
La verdad es que acababa de descubrir a un amigo de mi hermano que me gustaba hacía mil años, o tres meses, da igual. Se llamaba Camilo y recién había llegado a la finquita trepado en su moto Susuki y acompañado por su respectiva peluca.
–Estás rara –dijo mi hermana.
–Shhh –dijo mi mamá. Mi hermana volvió a su lugar y se miró las uñas. Hoy la recuerdo con ese gran copete ridículo y me da bronca. No tanto con ella, pero con mi madre por no obligarnos a peinarnos como la gente. Éramos menores, necesitábamos cierta guía.
Casi todo el primer tiempo transcurrió aburrido. Mi papá se durmió. Mi mamá y mi hermana se engancharon con una revista y me excluyeron. Mi hermano y sus amigos parecían zombis mirando la pantalla sin pestañear. Todos con sus camisetas amarillas, todos con esos pelos rubios enrulados. Muchos años después, cuando vi la película Being John Malcovich, en la que había muchos John Malcovich haciendo de John Malcovich, recordé con precisión esa imagen. A medida que avanzaba el partido iban llegando más y más Pibes Valderrama que se confundían entre sí. Hasta un bebé apareció ese día con peluquita. Debía ser de una finca vecina, no sé, nunca me enteré.
Y entonces todos gritaron gol. Al tiempo, gritaron: en la sala y en la televisión. Los chicos saltaban, se abrazaban, cantaban el olé, olé de vuelta. Mi papá se levantó de un salto y aplaudió, como si supiera qué estaba pasando, como si al menos supiera dónde estaba. Esto estaba pasando: era el minuto 41, había anotado Fredy Rincón y en la cancha parecía haber una algarabía, pero la pantalla sólo mostraba un primerísimo plano de Diego Maradona. ¿Saben dónde tenía las manos? En la cabeza.
4.
Es muy difícil contar esta parte. Se vuelve caótica y se vuelve cursi. Por eso, lo voy a hacer más técnico: a los 5 minutos del segundo tiempo Faustino Asprilla metió el segundo gol. Mi papá pegó un brinco de acróbata que puso en entredicho su parsimonia habitual. Los amigos de mi hermano saltaron en ronda y mi hermano corrió a abrazar a mi mamá –por algo lo preferían: por pollerudo. Mi hermana y yo nos miramos simulando indiferencia, pero a esta altura la cosa ya estaba jodida.
–Está bueno el Tino, ¿no? –me dijo ella, haciendo un último intento por salvar nuestra gran burbuja de frivolidad de todo esa recua de emoticones felices.
–¿Qué? –le dije yo, tenía como una taquicardia repentina. A los 28 minutos Rincón metió el tercer gol y dos minutos después, Asprilla metió el cuarto. Todos pases del Pibe. A este punto el griterío en esa sala era tal, que las paredes vibraban. O quizá no, pero todos saltábamos y parecía que el mundo temblaba con nosotros. Hasta mi hermana saltaba, aunque su copete seguía tieso. En un momento todos nos juntamos, nos tocamos, nos dimos besos en la frente y la escena se confundió. Yo busqué la manera de quedar cerca de Camilo y apenas pude le salté al cuello, lo abracé y cerré los ojos:
–¡Qué alegría! –dije.
–Sí, hermanita, qué alegría –no era Camilo, era mi hermano, debía ser la primera vez que lo abrazaba. Me solté rápidamente y seguí buscando al futuro padre de mis hijos. “¡Olé, olé!”, cantábamos: siempre lo mismo cantábamos, no sé por qué. Será que no hay más cantitos en mi país, desconozco, pero debe ser: si a duras penas hay fútbol. Ese día hubo fútbol, o mucha suerte, quién sabe. Pero sobre todo hubo alegría y orgullo y folclor todas esas sensaciones que, combinadas, dan como resultado el abominable efecto patria. Por fin descubrí a Camilo en una esquina: estaba abrazado a mi hermana, muy apretado. Y no tuve tiempo de reaccionar porque alguien volvió a gritar gol y, después de ese grito, hubo un silencio total. Nadie hablaba ni se movía, nos habíamos congelado: los amigos de mi hermano, de rodillas; mi padre, de vuelta en su sillón abullonado, ahora con ese raro bebé peludo en sus brazos; mi mamá y mi hermano, en un abrazo; Camilo y mi hermana, de la mano; y yo, mirándolos. A los 30 minutos del segundo tiempo el negro Asprilla anotaba el gol número cinco. La pantalla mostraba un estadio mudo, un Diego mudo, unos jugadores mudos. Y supongo que ese instante duró menos de dos segundos, pero yo lo recuerdo casi tan largo como sería el aplauso posterior: lo arrancó Maradona y se extendió como un gas por toda la cancha y seguramente por todas las casas que, como la mía, estaban siendo testigos de ese momento brutal en que el “gran fútbol colombiano” –como titularían los diarios al día siguiente– le cambiaba la historia al país. Eso se diría, que nos habían cambiado. Y supongo que cambiar es mucho, no sé, ahora me lo parece. Pero en ese momento se sentía así: como una ruptura, un giro argumental, un punto en el que todos torcíamos al mismo tiempo hacia algo desconocido: la gloria.
Pero, como todos los finales felices, este también se disolvió pronto. En los meses sucesivos esto fue lo que pasó: Colombia llegó como una de las favoritas al mundial USA 94, pero fue eliminada en la primera ronda. La filosofía derrotista de Maturana volvió a ganar. Al único que le siguió yendo bien por esos días fue al negro Asprilla que, convertido en un semental monstruoso –y tras haber posado desnudo en de cuanta revista– , se comió con cucharita a todas y cada una de las modelos del país. Y se compró una verdadera finca: “San Tino”. Años después fue preso, pero esa es otra historia. Los demás se han dedicado a dirigir clubes de colegios o de islas del Caribe o de divisiones menores del país. El Pibe sale todavía en propagandas de sopas y de jabones y de él mismo. Oscar Córdoba sigue jugando.
En mi casa, al menos como yo lo recuerdo, también hubo un antes y un después de ese partido. Mientras transcurría el desdichado mundial USA 94, nos pasaron algunas cosas: la guerrilla tomó la finquita y nunca la devolvió; mi hermano se aficionó al basket y mi madre empezó a llamarlo “Jordan”; mi papá se jubiló y, aunque se pasaba todo el día en la casa, igual no nos daba bola; el copete de Alf pasó de moda y Camilo se ennovió con mi hermana. Estuvieron mil años juntos, o tres meses, da igual. Y, bueno, en cuanto al “gran fútbol colombiano”, ningún otro equipo pudo volver a ganarle a Argentina en condición de visitante. Las manos de Diego y la historia, salvo por ese día, siguen inalteradas.
Fin.
Link al blog de la confesora, Cecilia Szperling.
7 comments
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Llegué aquí por casualidad. Qué buen texto. Felicitaciones.
Toda una crónica de aquella pequeña gloria con la cual muchos aun no siendo colombianos nos sentimos más que bien interpretados. Lo que son las cosas, ahora le voy a Argentina para este mundial.
Ha sido una exquisitez leerte. Te linkeo.
Saludos…
Excelente crónica, me trae bellos recuerdos pero ya será para la próxima q estemos en un mundial
Kisses
Llego a vos desde el blog de Ampuero, me ha gustado tu entrada, lo de Colombia fue toda una hazaña y una goleada memorable :)
Hola,
He llegado hasta aquí por casualidad, quiero felicitarte por tu talento, me encantó tu manera de escribir, seguiré tus escritos de ahora en adelante.
Un saludo cordial.
Nurkia Rudametkin
Hola Margarita entretenido texto, me animé a comentar por que me molesta sobremanera cuando se usa el “but” del inglés como “pero” en lugar de “sino con”. Espero no te moleste mi corrección, no soy escritor ni cosa que se le parezca, pero detesto los anglicismos.
“No tanto con ella, pero con mi madre por no obligarnos a peinarnos como la gente”
Excelente texto. Volveré.