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Texto escrito para el ciclo “Confesionario”, en el Centro Cultural Rojas. Tema: Fútbol.

jun 23

retrato "margarita escucha"

Buenos Aires, 22 de junio de 2010

1.
El sábado 4 de septiembre de 1993 iba a ser un fin de semana como cualquiera. Mis papás, mis hermanos y yo nos íbamos a una finquita que teníamos cerca, y esta vez venían también cinco amigos de mi hermano, que tenía quince años. No era usual que hubiera tanto muchachito, pero fuera de eso el plan transcurría más o menos como siempre. Como siempre era aburrido, complicado. En mi casa todo tendía a complicarse porque éramos mucha gente con poca voluntad, y, salvo la parte en que comíamos –desaforados, mayormente–, nunca estaba claro qué le tocaba hacer a cada quien. Mis fines de semana a los trece años eran, entonces, una sucesión de paseos confusos, sobresaturados de conflictos microscópicos, que el domingo a la tarde, por acumulación o por desgaste, explotaban en masa dejando una nube espesa encima de nuestras cabezas. A veces la nube no alcanzaba a disiparse en la semana y el sábado siguiente allí estábamos, arrastrando peleas más viejas que algunos de nosotros: que yo, por ejemplo, que soy la menor de cinco. Total, que ese sábado no parecía distinto, salvo por el despliegue de testosterona adolescente.
–¿Y por qué es que vienen todos esos zánganos? –preguntó mi hermana, que tenía dieciséis; mi hermano se había ido con los amigos en su camioneta: una Ford muy vieja que le habían regalado hacía unos meses para su cumpleaños número quince, y que hoy habían disfrazado de bandera. Los demás íbamos en el Polara de mi madre. Mi hermana llevaba un rato enredándome el flequillo con una peinilla: por esa época las dos usábamos el copete de Alf y cada mañana la una le enredaba el flequillo a la otra; luego se lo abultaba y se lo echaba hacia un lado y se lo iba esculpiendo. Al final lo rociaba con laca.
–Vienen por el partido de mañana –dijo mi madre, que manejaba, mientras mi papá cabeceaba en el asiento de al lado, con el diario doblado en la falda. Mis dos hermanas mayores ya iban a la universidad, por eso zafaban de estos paseos: los fines de semana siempre tenían trabajos grupales para los cuales se producían como si estuvieran estudiando teatro de revista y no derecho.
–¿Qué partido? –insistía mi hermana, pero ya no hubo respuesta. Mi mamá pocas veces seguía un diálogo más allá de dos líneas, era como que se aburría y cambiaba de tema sin previo aviso. En cambio podía mantener largas conversaciones consigo misma. Ahora, por ejemplo, hablaba del almuerzo: que no iba a alcanzar porque los muchachitos son tan tragones a esa edad, la edad de la tripa hueca, del barril sin fondo, de la solitaria, “ja–ja”: se burlaba sola.
Mi hermana terminó de peinarme, me eché hacia delante y alcé la cabeza para mirarme en el retrovisor: el copete de Alf se elevaba como un tsunami sobre mi frente. Se ve que el olor de la laca despertó a mi papá porque sacudió la cabeza y volvió en sí, agarró el diario y se lo acercó bien a sus ojos miopes, como si estuviera muy interesado en lo que decía el titular:
“Colombia enfrenta a Argentina en la última fecha de la fase clasificatoria”. Y la bajada: “Hay mucho optimismo”.
A mi papá no le gustaba el fútbol. A mi mamá tampoco. A mis hermanas tampoco. A mi hermano, vaya a saber. Era el único varón y eso lo convertía en un pendejito caprichoso. Mis padres le consentían la volubilidad hasta el punto de la esquizofrenia. Su vida consistía en abrazar nuevos gustos y desechar los viejos, que no solían durar más de un mes. En el último año había pasado del heavy metal al reaggae, de Balzac a Condorito, de una novia culonsísima a una lombriz anoréxica. En fin, que ese fin de semana a mi hermano le gustaba el fútbol, por eso nos habíamos embarcado en un paseo cuyo objetivo era mirar un partido con sus amigos granulientos. Volví a mi lugar en el asiento, tratando de no moverme mucho para no perturbar al copete, y empecé a enredarle el flequillo a mi hermana.
–Parece que es un partido importante –le dije.
–¿Ah sí?
Asentí:
–Hay mucho optimismo.

2.
En la finquita, mi hermana y yo dormíamos en una habitación de paredes de adobe que miraba a un corral de pollos. Pero esa mañana no fueron los pollos los que nos levantaron, como siempre, sino los gritos de mi hermano y sus amigos, que cantaban en pleno pasillo el “olé olé” y esas cosas del fútbol. Mi hermano solía dormir en la habitación más grande –y cómoda y silenciosa–, porque los hombres, decía mi madre, necesitaban más lugar para el esparcimiento. Todavía me pregunto si con esparcimiento quería decir “convención de putas”. Esta vez compartía palacio con sus cinco amigos y su nueva afición, y se ve que mucho no cabían. Cuando mi hermana y yo salimos del cuarto esa mañana de domingo, con nuestras toallas a cuesta, nuestro neceser gigante de productos para el baño y nuestros copetes derruidos, nos tropezamos con estos energúmenos de peluca rubia y enrulada largando a los cuatro vientos pronósticos futbolísticos y posibles formaciones, sobre las que mi hermano reflexionaba y expresaba opinión. Porque una cosa hay que decir: cuando a mi hermano se le daba por una nueva afición, se esforzaba en ser un gran aficionado. Desde que habían empezado las eliminatorias para USA 94, el tipo se había aprendido los cantitos, los nombres y las posiciones de los jugadores de Colombia y de muchos otros equipos, y se había sumado, como tantos por esa época, a la gran religión del Pibe Valderrama. Después de hacer todo eso se ve que había catequizado a sus amigos. “Es un líder”, decía mi madre, mirándolo en la vereda de casa revender las figuritas del álbum del mundial. “Es un dealer”, decía mi hermana, por suerte mi madre no tenía la costumbre de escucharla.
El partido comenzaba a la tarde, pero al medio día ya los chicos estaban cebados: me parece estarlos viendo dando esos saltitos descoordinados, tirándose agua, empatándose la cara con Maizena. El preámbulo de un partido de fútbol en mi país es lo más parecido a un carnaval de medio pelo. Todo es muy caótico porque coordinar una coreografía o, peor, largar un coro afinado equivale a tatuarse en el pecho: “soy una delicada alondra”. De todas maneras a estos pobres muchachitos la edad no les ayudaba, estaban en esa fase de la garganta galluda y la carcajada seca que dolía en la oreja ajena. Mi hermana y yo, después de bañarnos y desayunar, nos encerramos en el cuarto a oír música: pasaban una maratón de los temas de “Alcanzar una estrella II”, la telenovela mexicana que lanzó a la fama a Ricky Martín. Yo me sabía las canciones, yo, ya que se trata de confesar cosas, amaba a Ricky. “A ése se le moja la canoa”, decía mi hermana y yo lo negaba. Ella siempre fue más visionaria. Volviendo al partido, la verdad es que ese día era muy difícil abstraerse del ambiente futbolero. No eran sólo los cantitos, hasta mi mamá se había puesto una peluca del Pibe y se la veía pasar por la ventana, rumbo al comedor de afuera, con bandejas de mazorca y patacones y yuca frita y queso criollo y chicharrón y butifarra y arepas de huevo y todas esas cosas con las que nos llenaban el buche de chiquitos y por las que hoy todos –absolutamente todos– sufrimos de alguna tara relacionada con la panza insaciable. Mi papá no llevaba peluca porque decía que le apretaba la cabeza. Si algo había que cuidar en esa casa era la cabeza de mi papá. Era un erudito que vivía de pensar y resolver unos casos penales complicados que le impedían darnos mucha bola, pero a cambio nos compraba toda esa comida grasienta. En fin, que salvo mi hermana y yo, los demás se gozaban la previa del partido y se embutían de comida y de ron con coca cola, mientras estaba el almuerzo.
–¿Salimos? –le pregunté a mi hermana, vencida, cuando hasta el locutor de Radio Tiempo se había puesto a hablar del partido. Ella, que llevaba un rato luchando con un pelito enterrado en el medio de sus cejas, dejó la pinza y el espejo a un lado y asintió.
–Ok, pero antes vamos a arreglarnos –y agarro su peinilla.

3.
La trasmisión comenzó a eso de las cuatro, faltaba todavía una hora para el partido pero ese día hubo mucha previa. Meses de previa hubo. Recuerdo que Francisco Maturana, el DT de la selección Colombia, se regodeaba más que nunca en su filosofía derrotista que tan bien solía representarnos: “¿Qué va a pasar si pierden, Maturana?” Y el tipo miraba el piso, respiraba hondo, elucubraba su siguiente gran frase y largaba: “Perder es ganar, si perdemos ganaremos algo: está bien perder, porque también ganamos”. La redundancia era lo suyo. O el LCD, nunca lo sabremos. Recuerdo también que en las ruedas de prensa evitaba referirse a Maradona, mientras que todos los demás estaban muy indignados con sus últimas declaraciones. El tipo había salido en la televisión anunciando el triunfo de su equipo haciendo este gesto: con las palmas hacia abajo, como cuando se quiere indicar el tamaño de un perro, puso una mano a la altura de su pecho; la otra la puso más abajo, lo más abajo que le dio el brazo: “Históricamente, Argentina está arriba y Colombia abajo”, eso dijo. Ese domingo los amigos de mi hermano, embuchados de ron y frituras, se agarraban la entrepierna y decían “¡Argentina está acá, Diego!”. Porque el futbol, además de tantas otras cosas que no me interesan, siempre ha sido una perfecta excusa masculina para toquetearse en público.
Mi hermana y yo nos acomodamos en el sofá pegado a la ventana, al lado de mi madre. Mi madre siempre necesitaba tener una ventana cerca porque era medio claustrofóbica, pobre; había épocas en que cada dos por tres se mareaba y tenía que alzar los brazos y respirar hondo a cielo abierto. Era la alimentación: dentro del cuerpo caribeño y atractivo de mi madre, descubrirían, años después, un asentamiento de colesterol añejado.
Lo primero que apareció en la cancha de River, donde ocurrió el milagro –digo, el partido–, fue la melena oxigenada de nuestro Dios. El Dios de ustedes estaba en un palco, lustrándose los dientes que pensaba lucir ante los miles de flash que lo apuntarían esa tarde. Detrás del Pibe entró el resto del equipo colombiano al son de un coro apabullante: “Vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos, a ganar, que esta barra quilombera, no te deja de alentar”.
–¿Qué es quilombera? –preguntó mi hermana. Nadie la oyó. Realmente sobrábamos en esa sala, pero qué más íbamos a hacer. Ella bufó y empezó a levantarse, yo la jalé por el cinturón y la devolví al sofá.
–¿Qué te pasa? –me dijo, y me palmeteó el brazo. Le dije que no quería encerrarme en el cuarto mientras los demás estaban acá.
–¿Por qué?
Alcé los hombros:
–Es aburrido.
La verdad es que acababa de descubrir a un amigo de mi hermano que me gustaba hacía mil años, o tres meses, da igual. Se llamaba Camilo y recién había llegado a la finquita trepado en su moto Susuki y acompañado por su respectiva peluca.
–Estás rara –dijo mi hermana.
–Shhh –dijo mi mamá. Mi hermana volvió a su lugar y se miró las uñas. Hoy la recuerdo con ese gran copete ridículo y me da bronca. No tanto con ella, pero con mi madre por no obligarnos a peinarnos como la gente. Éramos menores, necesitábamos cierta guía.
Casi todo el primer tiempo transcurrió aburrido. Mi papá se durmió. Mi mamá y mi hermana se engancharon con una revista y me excluyeron. Mi hermano y sus amigos parecían zombis mirando la pantalla sin pestañear. Todos con sus camisetas amarillas, todos con esos pelos rubios enrulados. Muchos años después, cuando vi la película Being John Malcovich, en la que había muchos John Malcovich haciendo de John Malcovich, recordé con precisión esa imagen. A medida que avanzaba el partido iban llegando más y más Pibes Valderrama que se confundían entre sí. Hasta un bebé apareció ese día con peluquita. Debía ser de una finca vecina, no sé, nunca me enteré.
Y entonces todos gritaron gol. Al tiempo, gritaron: en la sala y en la televisión. Los chicos saltaban, se abrazaban, cantaban el olé, olé de vuelta. Mi papá se levantó de un salto y aplaudió, como si supiera qué estaba pasando, como si al menos supiera dónde estaba. Esto estaba pasando: era el minuto 41, había anotado Fredy Rincón y en la cancha parecía haber una algarabía, pero la pantalla sólo mostraba un primerísimo plano de Diego Maradona. ¿Saben dónde tenía las manos? En la cabeza.

4.
Es muy difícil contar esta parte. Se vuelve caótica y se vuelve cursi. Por eso, lo voy a hacer más técnico: a los 5 minutos del segundo tiempo Faustino Asprilla metió el segundo gol. Mi papá pegó un brinco de acróbata que puso en entredicho su parsimonia habitual. Los amigos de mi hermano saltaron en ronda y mi hermano corrió a abrazar a mi mamá –por algo lo preferían: por pollerudo. Mi hermana y yo nos miramos simulando indiferencia, pero a esta altura la cosa ya estaba jodida.
–Está bueno el Tino, ¿no? –me dijo ella, haciendo un último intento por salvar nuestra gran burbuja de frivolidad de todo esa recua de emoticones felices.
–¿Qué? –le dije yo, tenía como una taquicardia repentina. A los 28 minutos Rincón metió el tercer gol y dos minutos después, Asprilla metió el cuarto. Todos pases del Pibe. A este punto el griterío en esa sala era tal, que las paredes vibraban. O quizá no, pero todos saltábamos y parecía que el mundo temblaba con nosotros. Hasta mi hermana saltaba, aunque su copete seguía tieso. En un momento todos nos juntamos, nos tocamos, nos dimos besos en la frente y la escena se confundió. Yo busqué la manera de quedar cerca de Camilo y apenas pude le salté al cuello, lo abracé y cerré los ojos:
–¡Qué alegría! –dije.
–Sí, hermanita, qué alegría –no era Camilo, era mi hermano, debía ser la primera vez que lo abrazaba. Me solté rápidamente y seguí buscando al futuro padre de mis hijos. “¡Olé, olé!”, cantábamos: siempre lo mismo cantábamos, no sé por qué. Será que no hay más cantitos en mi país, desconozco, pero debe ser: si a duras penas hay fútbol. Ese día hubo fútbol, o mucha suerte, quién sabe. Pero sobre todo hubo alegría y orgullo y folclor todas esas sensaciones que, combinadas, dan como resultado el abominable efecto patria. Por fin descubrí a Camilo en una esquina: estaba abrazado a mi hermana, muy apretado. Y no tuve tiempo de reaccionar porque alguien volvió a gritar gol y, después de ese grito, hubo un silencio total. Nadie hablaba ni se movía, nos habíamos congelado: los amigos de mi hermano, de rodillas; mi padre, de vuelta en su sillón abullonado, ahora con ese raro bebé peludo en sus brazos; mi mamá y mi hermano, en un abrazo; Camilo y mi hermana, de la mano; y yo, mirándolos. A los 30 minutos del segundo tiempo el negro Asprilla anotaba el gol número cinco. La pantalla mostraba un estadio mudo, un Diego mudo, unos jugadores mudos. Y supongo que ese instante duró menos de dos segundos, pero yo lo recuerdo casi tan largo como sería el aplauso posterior: lo arrancó Maradona y se extendió como un gas por toda la cancha y seguramente por todas las casas que, como la mía, estaban siendo testigos de ese momento brutal en que el “gran fútbol colombiano” –como titularían los diarios al día siguiente– le cambiaba la historia al país. Eso se diría, que nos habían cambiado. Y supongo que cambiar es mucho, no sé, ahora me lo parece. Pero en ese momento se sentía así: como una ruptura, un giro argumental, un punto en el que todos torcíamos al mismo tiempo hacia algo desconocido: la gloria.
Pero, como todos los finales felices, este también se disolvió pronto. En los meses sucesivos esto fue lo que pasó: Colombia llegó como una de las favoritas al mundial USA 94, pero fue eliminada en la primera ronda. La filosofía derrotista de Maturana volvió a ganar. Al único que le siguió yendo bien por esos días fue al negro Asprilla que, convertido en un semental monstruoso –y tras haber posado desnudo en de cuanta revista– , se comió con cucharita a todas y cada una de las modelos del país. Y se compró una verdadera finca: “San Tino”. Años después fue preso, pero esa es otra historia. Los demás se han dedicado a dirigir clubes de colegios o de islas del Caribe o de divisiones menores del país. El Pibe sale todavía en propagandas de sopas y de jabones y de él mismo. Oscar Córdoba sigue jugando.
En mi casa, al menos como yo lo recuerdo, también hubo un antes y un después de ese partido. Mientras transcurría el desdichado mundial USA 94, nos pasaron algunas cosas: la guerrilla tomó la finquita y nunca la devolvió; mi hermano se aficionó al basket y mi madre empezó a llamarlo “Jordan”; mi papá se jubiló y, aunque se pasaba todo el día en la casa, igual no nos daba bola; el copete de Alf pasó de moda y Camilo se ennovió con mi hermana. Estuvieron mil años juntos, o tres meses, da igual. Y, bueno, en cuanto al “gran fútbol colombiano”, ningún otro equipo pudo volver a ganarle a Argentina en condición de visitante. Las manos de Diego y la historia, salvo por ese día, siguen inalteradas.
Fin.

Link al blog de la confesora, Cecilia Szperling.

Los álamos y el cielo de frente

jun 01

Cuento publicado en la revista Otro Cielo, junio de 2010.

El dilema de la mentira

abr 14

Link a la nota en el diario

Así como en Hollywood los escándalos suelen estar hechos de infidelidades, en el mundo periodístico están hechos de mentiras. Hace unas semanas, la biografía del polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por su colega y amigo Artur Domoslavski, instaló –otra vez– la discusión sobre la mentira en el periodismo: “Algunos de los libros de Richi no pertenecen al estante de no-ficción”, dijo el biógrafo. Días después, apareció un caso más extremo, el de Tommaso Debenedetti, un periodista italiano que parece haber inventado una buena cantidad de entrevistas a escritores famosos: Philip Roth, John Grisham, Nadine Gordimer, Le Clézio, entre otros. El debate se encarnizó. Entonces me acordé de un famoso caso en la Argentina, bastante parecido al de Debenedetti: se llamaba Nahuel Maciel y era mapuche (o eso decía él). En sus fantasías, Nahuel entrevistó –y publicó en el diario donde trabajaba, El Cronista– a Vargas Llosa, Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury, García Márquez (cuya entrevista se volvió libro) y otros. Cuando todo se supo, el mapuche fue repudiado y se autoexilió en las lejanas tierras de Entre Ríos, y ahora es un líder ambientalista. Así, deben de haber millones de historias que hacen pensar que la mentira es a los periodistas lo que las niñeras a los maridos de Hollywood: una maldita tentación.
Trabajé varios años en una fundación de periodismo que queda en Cartagena. Se llama Fundación Nuevo Periodismo, la preside García Márquez y la dirige un señor genio llamado Jaime Abello Banfi. Fui testigo de muchas discusiones respecto de este tema –una de ellas provocada por la postulación del mentado Maciel a un taller– y lo que puedo decir es que la fundación es absolutamente proverdad, que no es para nada laxa en estas cuestiones; pero, sobre todo, es un lugar donde se reflexiona sobre las cosas que afectan el oficio periodístico y sus maestros suelen tener opiniones diversas sobre asuntos fundamentales. Recuerdo a Francisco Goldman diciendo en un taller algo así como (aclaro que no es una cita exacta, ya que estamos): “Cuando en mi investigación me encuentro con un solo hueco que no puedo llenar con datos verídicos, nace un texto de ficción”; o a Jon Lee Anderson contando cómo en The New Yorker –cuyos fact-checkers son fundamentalistas de la verdad– le podían parar una nota durante meses porque no podía confirmar el nombre exacto de una flor que había en un jardín afgano. Pero también vi de los otros: de los que decían que, si hay huecos, que se llenen con situaciones creíbles; y que el nombre de una flor importa menos que nada. Es decir, no hay una carta de principios ni dogmas preestablecidos, hay deliciosas jornadas de reflexión alternadas con meriendas tropicales.
Hecha esa precisión, puedo decir que, al menos yo –mera oyente–, no llegué nunca a anclarme en una postura única sobre el límite entre la ficción y la no ficción en textos periodísticos. Me parece que es difícil pensar eso en abstracto. Adoré los libros de Kapuscinski y enterarme de que algunos detalles podían no ser reales no me hizo ni cosquillas. Lo de los plagios es distinto porque allí ni siquiera hay un esfuerzo creativo, es un vulgar robo –y no hay nada más triste que la falta de creatividad y de ingenio en alguien cuyo trabajo depende en buena medida de eso–. Un periodista que plagia es, además de un delincuente, un tonto; un periodista que inventa puede llegar a ser un inmoral, un delincuente incluso (porque su invento suele afectar a un tercero: al entrevistado ausente, por ejemplo), pero el resultado de su invento es lo que determinará, en última instancia, si es un tonto irremediable o un tipo talentoso pero mitómano, o si es alguien sin ton ni son que arriesgó su credibilidad en vano. Puede que en el periodismo haya demasiados debates éticos a priori; supongo que se necesitan para ir estableciendo códigos en el oficio. Pero supongo también que –independientemente del oficio– debería bastar con aplicar el principio simple de la transparencia: yo soy fulano y esta historia es una invención. Y si es una buena historia encontrará editores que la publiquen y lectores que la lean. Quizá ya no le llamen a eso periodismo, pero a quién le importa: la etiqueta “periodismo” no es, así solita, sinónimo de pieza magistral.
Pero los detalles son otra cosa y lo malo de estas discusiones es que todo se confunde y se salpica. Los detalles, para mí, están en función de la historia. Si a la historia le ayuda que una nena fea lleve un lindo lacito en su cabeza amorfa, no estoy en contra de ponérselo. Según el canon más clásico, eso no es periodismo; según el canon más clásico, la etiqueta de un periodista que hace eso vendría adjetivada: “periodista mentiroso”. Por eso, con perdón, desconfío de los cánones y de las etiquetas y de los estantes de libros categorizados: porque no piden contexto, al contrario, exigen reducciones. Pero parece que el mundo necesita las etiquetas para no confundir arena con harina; porque están los Debenedetti y los Maciel, mentirosos compulsivos o bromistas sofisticados, vaya a saber, que revuelven el frasco denso de los códigos y alguien, muchos, todos, tienen que salir a aclarar lo obvio: señores periodistas, mentir está mal –así dicho, quién podría oponerse–. Y con eso, al menos por un rato, consiguen salpicar las mejores historias.

La ciudad de la furia

abr 08

Acá se encuentran algunos textos de esta categoría, cuyo contenido total será publicado en un libro. Gracias.

Cometas

abr 07

Era un padre y una nena y un descampado en Vicente López, cerca del río, donde los niños volaban cometas. El sol entraba y salía de las nubes, iluminándolos histéricamente. Ya era bien otoño y hacía frío. El padre desenredaba el hilo de la cometa, la nena hacía preguntas: “¿Y por qué vuela?”/ “Porque es liviana”/ “¿Lo liviano es lindo?”/ “A veces”/ “¿Cuándo?”/ “Cuando es liviano y lindo”. Los padres miraban a los niños desde los autos, estacionados al principio del terreno: tomaban mate, hablaban de fútbol. A este padre no le gustaba el fútbol. Tampoco el mate. A él nadie lo llevó a volar cometas cuando era chico, y por eso tampoco le gustaban las cometas. No fue un niño desgraciado ni tuvo padres malvados: no lo llevaron a volar cometas porque a ellos tampoco les gustaban las cometas. “¿Por qué vuelan las cometas?”, insistía la nena/ “Porque las obligan”/ “¿Ah sí?”/ “No sé”. Había conseguido desenredar el hilo y ahora desdoblaba la cometa, un rombo colorido con el dibujo enorme de una mariposa. La había hecho la nena en la escuela y después se pasó varios días haciendo dibujos de ella y su padre volando la cometa. La maestra le sugirió al padre que la llevara, que en el dibujo estaba claro que se lo estaba pidiendo; y después de decirle eso le guiñó un ojo. El padre quiso decirle a la maestra que si la nena quisiera ir a volar la cometa se lo diría, porque cada vez que quería algo se lo decía, y que su hija sabía que hacer un dibujo no era ni remotamente la manera de pedirle nada a él, porque él odiaba los dibujos. Pero no pudo decirle nada de eso porque la maestra le guiñó el ojo y eso lo turbó. ¿Desde cuándo las maestras guiñaban el ojo? ¿Desde que querían acostarse con los padres? “¿Así?”, la nena volaba la cometa, torpe y sin gracia; corría y la cometa se elevaba muy poco, se pegaba contra el piso y empezaba a desbaratarse. “Sí, perfecto”, contestaba el padre y miraba a los otros padres que aplaudían y animaban a sus niños expertos voladores de cometas. “¿Así?”, seguía la nena, agitada de correr en círculos para que la cometa serpenteara. El padre se acercó, le agarró la mano y le enrolló bien fuerte el hilo: “No la soltés”, la alzó y se largó a correr con ella. La cometa se elevó muy alto, la nena se reía contenta, pero en algún momento se calló: la había soltado. “¿Qué pasó?”, dijo el padre, parándose en seco. La nena estaba a punto de llorar: se miró la mano marcada con el hilo, roja y entumecida. “¿Te duele?”, preguntó el padre, impaciente. Ella negó con la cabeza, enérgica. Después alzó la cara: “Mirá”, y señaló arriba, hacia el cielo de colores que flotaba sobre ellos.

Militancia Facebook

mar 26

Link a la nota en el diario
Era febrero de 2008 y hacía un calor infernal. Llegaban mails, mensajes de texto, sonaba el teléfono: había una euforia generalizada entre mis compatriotas colombianos. Mi madre llamó tres veces ese día, la primera dijo: “Supongo que vas a la marcha” Y yo: “No sé”. La segunda: “Acá vamos todos” Y yo: “Ok”. La tercera: “¿Te vas a poner un sombrero? Cuídate de sol”. Un grupo de jóvenes que insistía mucho –demasiado– en no representar nada –ni a nadie– más que el hartazgo de la sociedad civil colombiana frente a la guerrilla, había convocado una marcha a través de Facebook. Se llamaba “Un millón de voces contra las FARC” y, aunque yo no vi tantísima gente en Buenos Aires, se dijo que fue un éxito –en Buenos Aires y en el mundo–. ¿Quién dijo? Facebook dijo, todos dijeron. Yo creo que fue un éxito pero en otro sentido, en masificar esta idea que después –y antes, aunque con menos, o cero, visibilidad en CNN– se replicó tanto: que las redes sociales como FB servían para movilizar a mucha “gente del común”, sacarla de sus casas, hacerle apartar los ojos del monitor de la computadora y ponerse un sombrero para salir a marchar.

Algún colombiano patriota me diría después que ésta había sido la primera gran movilización Latinoamericana convocada por FB, y que qué visionarios los jóvenes convocantes: esos seres etéreos que seguían proclamando a los cuatro vientos no tener ninguna filiación partidaria ni ideológica ni de nada, y que de tanto repetirlo era inevitable pensar en ellos como una suerte de indefinidos teletubbies. Hace un par de semanas –y ayer– cuando los 6, 7, 8 convocaron su marcha por FB, me llamó la atención la cantidad de veces que repitieron que la convocatoria la habían hecho “personas comunes” y que era una marcha “autogestionada”, con lo que pretendían sacudirse no sólo del programa de televisión de Canal 7, sino del gobierno, y hasta de Milagro Sala, que le habló en “un discurso espontáneo” a la multitud. Todo para dejar bien claro que sus intereses –así como los de los jovencitos anti FARC– eran desinteresados.

Es como que esa idea de no representar a nadie “más que a ellos mismos” los enviste de una suerte de inocencia, honestidad, pureza virginal. Y más allá de si uno está de acuerdo o no, si les cree o no –o si sabe de la existencia de unas fotos del joven Galende, embebido de furia geek frente a su computadora, atizando al club de la buena onda (un suponer)–, es notable la insistencia exagerada en la generación espontánea de estas marchas. Y ya sé que los partidos políticos están desprestigiados; que si uno se dice de esto o de lo otro le pone un sesgo a su credibilidad; que nadie quiere decirse de nada por temor a ser defraudado, implicado, culpabilizado. Ya sé: son síntomas claros del asquito a la política tan propio de estos tiempos. El programa 6, 7, 8, sin embargo, no sufre de eso: más bien al contrario. No ahorra en signos de admiración, ni en entonaciones circenses para denunciar cosas que les parecen deleznables, injustas. Es un estilo que particularmente no soporto, pero es su estilo; y ellos –más allá de si lo hacen en un canal público, con plata ajena: otra discusión– no se hacen los tímidos para decir nada de lo que quieren decir. En cambio, los fans de Facebook, convocantes de la marcha, son la materialización misma del “tiro la piedra y escondo la mano”, del “yo no fui”, del “no sé quién fue”, del “fuimos todos”.

¿Es mejor ser fan que militante? ¿Es mejor ser silvestre que articulado? ¿Es mejor la generación espontánea que la formulación organizada de ideas? ¿Cuál es la gracia de ser “gente del común”? ¿No es como ser nadie? Yo no sé, pregunto, me llama la atención esa obstinación en lo anodino.

Y no es culpa de Facebook, pero ayuda.

Se sabe que Internet es una herramienta que potencia, entre otras cosas –como el anonimato y la impunidad–, el fervor efímero. Sentarse detrás de la pantalla de una computadora a participar en grupos y foros produce una sensación de poder potente y placentera, pero cortita. El que está detrás de la pantalla, al acecho, esperando reaccionar ante cualquier cosa, puede cambiar de opinión –y de nombre– todas las veces que quiera; puede empantanar proyectos a diestra y siniestra sin rendirle cuentas a nadie; puede después apagar el monitor y echarse a dormir. O sea, esos tienen una ventaja gigantesca frente al que sale y da la cara y firma y convoca y dice: yo pienso esto –porque convengamos en que el “nosotros” es engañoso– y a veces procedo en consecuencia y a veces me contradigo y a veces me parece que lo que pienso es una idiotez. O cualquier otra cosa. Casi siempre la respuesta al ejercicio valiente de hacerse cargo, de dar la cara, suele ser la descalificación grosera. Nadie dijo que hacerse cargo fuera una experiencia deliciosa, pero sí que es más serio, menos confundible con el fervor efímero. Si alguien real se hubiese hecho cargo de la marcha anti FARC y de la marcha 6, 7, 8, seguro que miles de internautas los habrían acribillado a punta de comentarios ponzoñosos. Pero al menos no habría quedado como una de esas iniciativas entusiastas que al cabo del tiempo mutan en sencillamente inútiles o, más probable: en una farsa. Me gusta la idea de la “militancia Facebook” y similares, me interesa el fenómeno y me parece que vale la pena explorarlo; pero me gusta más cuando alguien se hace cargo de ciertas iniciativas. Como nadie suele hacerlo –no cuando se trata de ideas que comprometen–, salvo el aliento neutro generado por una multitud pulcra de teletubbies que respiran en perfecta sincronía, supongo que se hace difícil tomárselo en serio. Yo todavía no vi a la primera persona mayor de cuatro años que se tomara en serio a un teletubbie. Pero vaya a saber.

Libre y feliz

mar 22

Era el final del verano, y para cierta chica era también el momento en que todo llegaba a su fin. Se había enganchado con un belga que vino de vacaciones a Buenos Aires y ahora ya se iba. No era la primera vez que le pasaba, pero como si sí. Ella tenía cierta fijación por estos amoríos turbios que ya venían con fecha de expiración. Al belga lo había conocido en San Telmo, porque esta chica trabajaba por ahí, en una tienda de ropa de diseño. Una noche, cuando salía de trabajar, la chica se metió en un bar sola y pidió una cerveza. Estaba cansada, pero no tenía sueño, sólo quería relajarse un poco antes de tomarse el colectivo. Entonces fue cuando apareció este muchacho rubio con los pelos de punta y un aro en la ceja. Le preguntó si se podía sentar con ella, y ella dijo que ya se iba, que había pasado por allí para tomar algo pero que… Cuando quiso terminar la frase el belga se le había instalado en la mesa y se empinaba un vaso espumoso de fernet.
Al poco rato de estar conversando dificultosamente –el belga no hablaba bien castellano– se dieron un beso. ¿Por qué? Porque ella estaba sola en ese bar y él estaba solo en Buenos Aires. Quedaron para verse allí mismo al día siguiente, después de que ella saliera de la tienda. Y eso hicieron: se vieron al día siguiente y pasaron la noche en la posada del belga. La chica llegó a trabajar con la misma ropa del día anterior y sus compañeras, lógicamente, se dieron cuenta: le hicieron la ronda, dieron saltitos y aplaudieron. Ella les dijo, impulsiva: “Este sí es”, aún sabiendo que estaba diciendo una tontería. Al día siguiente se llevó su valijita al trabajo y, a la salida, se le instaló al belga en la posada: “Puede estar divertido, ¿no?” El dijo que sí, aunque nunca sabremos si entendió.
El romance duró un mes, y en el medio ella intentó convencerse muchas veces de que esa relación no era tan “absurda”. Le parecía absurda porque era obvio que “no tenía futuro”. Si la chica hubiese sido un poco menos romántica se había tranquilizado con el hecho de que todas las relaciones comenzaban con ese mismo principio y –la inmensa mayoría– terminaban sin haberlo variado en lo más mínimo. Pero estamos hablando de una chica no sólo romántica, sino esculpida de acuerdo a los lugares comunes más eficientes del mercado.
Una mañana, cuando ella se arreglaba para ir a la tienda y el belga aún yacía en la cama le dijo:
–Ven conmigo –y ella se emocionó, pero no podía hacérsela tan fácil: se puso retozona. Que a dónde se iban a ir, le preguntó, si él mismo le había dicho que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lado. O al menos eso fue lo que ella entendió… La chica dejaba pequeños baches de silencio para que él tuviera la oportunidad de rectificarse y decir: “Te llevaré a un dos ambientes en Congreso, que compraré con los euros que me traje para conocer Suramérica”. O mejor: “Te llevaré a Barcelona, viviremos en el piso que heredé de mi abuela catalana” Él no tenía abuela catalana, ni intenciones de decir eso. Y de todas formas no sabría como decirlo. La chica seguía con que ella no era ninguna hippie sin rumbo ni proyectos: que ella sí quería establecerse, ahorrar, comprarse un sommier para el departamento de Congreso que aún no tenían. El dijo que ok. “¿Ok qué?”, la chica estaba nerviosa hasta la taquicardia, el dedo del anillo le sudaba. Pero por la cara del belga supo rápidamente que sus palabras se habían ido por el hueco negro de su ignorancia idiomática.
Después de eso nada fue lo mismo: ella trataba de convencer al belga de lo equivocado que estaba en la vida. Le lanzaba indirectas sin son ni tón. Por ejemplo, si él decía “¿comemos en ese bar?” Ella decía que “no hay como la comida casera hecha con amor y compromiso; eso es lo que le falta al mundo: compromiso”. Y él, claro, sonreía sin saber de qué le estaba hablando: “Ok”. Al cabo de un tiempo ella se desesperó, angustió, se amargó, se quedó encerrada varios días en la posada hasta que le largó: “Bueno, llévame contigo, belga” Y el belga: “Ok”. Y ella: “Vete a la mierda, belga” Y el belga “Ok”. Y así, hasta que se dormía acurrucada en posición fetal. El belga se iba por ahí, se emborrachaba hasta el desquicie y llegaba a la posada proclamando en un raro idioma de energúmeno que él era un ser un ser libre y feliz. Un día la chica masculló unas palabras en inglés: “I no like lover, i like esposo: ahora” o algo así. Y el belga peló su chapa como si le hubiera dicho “esa carita pálida me vuelve loca”. Y salió de vuelta a emborracharse. No había caso, así que una mañana, la chica, triste y abatida, armó su valija y se fue a trabajar; esa noche volvería a su casa. Las compañeras le preguntaron que qué había pasado. Ella, exageradamente sonriente, y mientras enrollaba su dedo índice en un mechón de pelo, se largó con que el tipo se estaba enamorando y ella no estaba para esas cosas: que ella no quería compromisos, que su sueño era andar por el mundo sin establecerse en ningún lugar. “¿Sí?”, dijeron las compañeras, dudosas, confundidas; y ella, sin sacarse nunca la sonrisa de la cara, les dijo: “soy un ser libre y feliz”. Ese día vendió dos remeras y un cinturón tejido y, después, no le pasó nada mucho más extraordinario.

La garrapata

mar 17

El otro día alguien me contó sobre la vida de la garrapata. Era un relato precioso que no podría reproducir, porque dependía de la gesticulación y la emoción que se percibía en la voz del narrador –y del rayo de sol que entraba por la ventana para iluminar su cara pálida, subiendo y bajando como un yoyó, con la cadencia de sus palabras. Estaba tan conmovido con la vida chata y triste de la garrapata que en un momento empezó a largar risitas nerviosas, como cuando uno se emociona mucho con lo que dice y para no quedar como vanidoso intenta ridiculizarse. Pero no lo consiguió: ridiculizarse, digo; más bien consiguió que los presentes lo miráramos de una manera distinta: como a un sabio poeta del mundo de los ácaros. Y el asunto es más o menos así: la garrapata nace en la tierra, donde su madre pone los huevos antes de morir; el momento de poner los huevos, en las garrapatas, es también el momento previo a su muerte (linda metáfora). Después, cuando tiene hambre, la garrapata trepa lentísimamente hasta la hoja de un árbol –es ciega, distingue los árboles por la textura del tronco, aunque a veces se equivoca y se trepa a un mísero arbusto– y, una vez instalada allá arriba, espera. Eso es lo que hace la mayor parte de su vida: esperar. ¿Y qué espera? Que pase un mamífero para dejarse caer sobre su lomo y chuparle la sangre. Sabrá que es un mamífero por el olor; en eso –en distinguir los olores– parece que las garrapatas son las mentoras de Jean-Baptiste Grenouille, por decir lo menos. Muchas veces, cuando una garrapata se deja caer sobre un mamífero, no atina y se desparrama en el piso. La mayoría de las veces es despachurrada de un pisotón. Pero cuando atina, se hace camino rápidamente entre los pelos del lomo, hasta que encuentra el pellejo, se adhiere y chupa. Al cabo de unos días, si sobrevive a las rascaduras del animal que la aloja, se deja caer otra vez a la tierra y pone sus huevos. Después, está dicho, muere. En toda su vida la garrapata tiene que hacer eso mismo tres veces: dos cuando es joven, una cuando es adulta y pone los huevos. Y ya está. Su vida es la puesta en escena de la torpeza y la inutilidad. Su vida es la puesta en escena de la fragilidad del ecosistema, donde hay unos que dependen tan extremadamente de otros. Su vida es, simple y llanamente, lastimera. Y eso, al narrador oral de esta historia, lo conmueve profundamente. Mientras sube y baja su cara como un yoyo, los otros lo seguimos; en un ejercicio contemplativo del éter, imaginamos millones de garrapatas cumpliendo su ciclo de vida: de la tierra a la hoja, de la hoja al lomo, del lomo a la tierra y a la hoja… y, así, por los siglos de los siglos.

Axel Owens

mar 15

La habían invitado a una fiesta de aniversario de un bar levemente rockero. Su primera respuesta fue: “Ya no estoy para esas cosas”. Pero igual fue. Estamos hablando de una mujer que hace tiempo supera los cuarenta, y todavía tiene un porte escultural. Es una especie de leyenda en el gremio de los músicos. Nunca cantó nada pero tiene groupies. Al parecer hizo algunos coros, yo nunca los oí. Y en una época se dedicó a bailar cosas de tipo alternativo. No sé qué cosas. El caso es que siempre fue una famosa chica desconocida. Esta vez, cuando llegó al bar, vestida con una blusa roja que resaltaba su piel blanca y sus rulos negros —peinados de ese modo desentendido como quien dice “por acá nunca entró un cepillo”—, nadie la abordó en masa. Igual, ella mostró sus dientes relucientes, saludó a unos y a otros y se zambulló en una mesita de esquina con un viejo amigo al que no veía desde hacía “décadas”. En verdad, no lo veía hacía meses, pero en ese mundo —como en casi todos— está bien exagerar.
Tocaba una banda ruidosa. Cada vez que su amigo le quería decir algo tenía que forzar la voz y, entonces, la vena que atravesaba su frente se le marcaba. Ella fruncía el ceño en señal de disgusto ante esa vena abultada, y prendía un cigarrillo con otro. En una de esas se le acercó un mesero —impúber, aros en las cejas— y le dijo: “Acá no se puede fumar”. Y ella se sintió tan retro. —¿Cómo no se va a poder fumar, nene? —dijo, pero el nene no entendió, o no escuchó por el ruido. Ella intentó decirlo un par de veces más y, al final, exhausta, tiró el cigarrillo y lo pisó con sus botas negras de plataforma bien Valeria Leik. En un brote vanidoso quiso explicarle al muchachito quién era ella, pero el ruido también se lo impidió. Y es que ella era alguien que, como decirlo… —lo hemos dicho, pero en su cabeza era necesario enfatizar—, alguien que podría llamarse Axel Owens. Ese sería un nombre perfecto para ella. ¿Por qué? Porque una buena parte de la gente, lo que se dice “el común de la gente”, puede no saber o no recordar de quién se trata; pero quienes lo saben, quienes la recuerdan, solo pueden adorarla.
—Ya no estoy para estas cosas —dijo Axel Owens a su viejo amigo. Y el viejo amigo se acercó mucho a su oído para decirle “yo tampoco”. Y Axel Owens alzó los hombros y sonrió poquito, como quien es testigo de una travesura muy menor: una de esas travesuras que suelen ir acompañadas de la expresión “ups”. Pero Axel Owens no dijo “ups”, le pareció muy retro. Después mucho no hablaron, se limitaron a dar golpecitos con los dedos en la mesa y a tararear esa música espantosa. Cada tanto alguien les traía un trago y miraba a Axel Owens como quien mira a una institución importante, cuya importancia no se tiene muy clara pero igual se reconoce. Algunos, incluso, se la quedaron mirando un poco más de los tres segundos tolerados por el protocolo y pensaron para sí: “¿Axel Owens?” Y suspiraban, y seguían su camino.
En algún momento de la noche ella quiso ir al baño. Se levantó de la silla apoyándose en el hombro de su viejo amigo, para no correr el riesgo de trastabillar. Se habían tomado varios tragos dulces y eso a Axel Owens no le sentaba nada bien. Caminó erguida por el pasillo atestado de personas jóvenes transpiradas. Alguna vez Axel Owens había sido una de esas personas, pero ahora era otra persona y, si llegaba a tropezarse, no sería más que un restito de persona que, definitivamente, no merecía llevar su falso nombre. Cuando estuvo frente al espejo del baño, Axel Owens se irguió en su cuerpo esbelto y delgado, enterró los dedos en sus rulos para alborotarlos aun más y prendió un cigarrillo. Imaginó que con ese pequeño gesto causaría una conmoción; que se dispararían los detectores de humo y que todos esos chicos transpirados entrarían en una histeria colectiva gritando: “¡Salven a Axel Owens por favor!” Y tirarían la puerta del baño y la alzarían como a una estrella, una verdadera estrella de rock. Luego saldrían a la calle, en una masa compacta —su cuerpito elevado sobre las cabezas de todos—, imaginando que atravesaban paredes del fuego inexistente provocado por Axel Owens. Chupó el cigarrillo hasta que sus mejillas se hundieron tanto que, en el espejo, su cara se convirtió en la calavera. Luego soltó una bocanada espesa y toda su visual se empañó.
—¡Abran! —alguien tocaba la puerta del baño: ya venían por Axel Owens, se dijo Axel Owens que, aun frente al espejo, decidió que no abriría, que esperaría un poco más. Esperaría a que sonaran las sirenas y que del techo cayera un chorro de agua que la empapara de la cabeza a los pies. Axel Owens se rió de su ocurrencia: era una imagen tan antigua; ochentona como su pelo y su delgadez y su falso nombre… si hasta casi podía oír a los Bloody Beetroots al fondo. Axel Owens apagó su cigarrillo, volvió a alborotarse el pelo con los dedos y abrió la puerta. Un par de chicas transpiradas entraron a propulsión, haciéndola a un lado bruscamente: como a una gacela enclenque, como a un bicho molesto, como a una boca que despide un aliento avinagrado. Afuera, la masa compacta seguía bailando esa música horrenda.

La pequeña y valiente Nujood

mar 12

Link a la nota del diario

Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.

Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.

Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.

Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.

Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.