Éste salió en Las promesas conservadas
Carlitos se llamaba el señor que arreglaba las cosas en mi casa. Era grandote, andaba en camisilla y tenía brazos de marinero: musculosos y marrones. Pasaba una vez al mes con un cuaderno de Tribilín y tomaba notas: falta una bombilla en la terraza, hay humedad en el cielo raso de la cocina, hay que sacarle las hojas al desagüe del techo porque se va a taponar. Todo eso escribía, mientras masticaba un mondadientes. Tenía una letra imprenta redondita y pequeña, pero bien clara, no como la de mi mamá que escribía garabatos. Y cuando Carlitos se iba a tomar el aguapanela que Luz le había servido, yo me sentaba a leer sus apuntes. Una vez vi que en una hoja del cuaderno había un corazón flechado con la letra R dentro. Carlitos llegó justo cuando yo estaba mirando su dibujo y me sacó el cuaderno: “no sea chismosa, niña”. “¿Quién es R?”, le pregunté, y él se fue refunfuñando. Al mes siguiente Carlitos volvió con su cuaderno de Tribilín y un tatuaje en el brazo: un corazón flechado con la letra R dentro. Yo lo señalé y me reí: “R es tu novia, Carlitos” Y él se alejó cejijunto, murmurando cosas. Esa tarde Carlitos se quedó más tiempo, se sentó en el muro del lavadero, mientras Luz le pegaba a la ropa con un palo. Hablaban pasito y en la radio de Luz sonaba una balada: …pregúntale a qué dedica el tiempo libre. Yo los estaba espiando por la ventana y cuando Carlitos me descubrió se puso serio. Había dejado el cuaderno en la mesa de la cocina, pero no decía nada distinto a lo de siempre: hay que vaciar la alberca y sacarle el verdín, hay que ajustar el portón del garaje, hay que limpiar el aire acondicionado… Cuando Carlitos se fue le pregunté a Luz quién era R y ella negó varias veces con la cabeza: “pobre muchacho”, dijo, y a mí me llamó la atención porque yo nunca había visto a Carlitos como un muchacho sino como un señor. “¿Por qué pobre?”, le pregunté y ella dijo que R era Rosalía, su mujer, y que hacía unos meses se había ido y Carlitos había quedado muy triste y solo. Y que Rosalía se fue porque se consiguió un novio camionero que la podía pasear más que Carlitos, que sólo tenía una moto Nissan, casi siempre sin nafta. Y que a los tres meses de que Rosalía se fuera, Rosalía volvió, pero muy enferma; se había agarrado alguna peste muy mala paseando con el camionero y Carlitos tuvo que cuidarla: Rosalía se fue encogiendo, se fue secando, quedó chiquita y verde como una arveja… Y se murió. No hacía ni dos meses de eso. “¿Qué peste era?”, le pregunté a Luz. No sabía. Pero después supimos todos, porque a Carlitos se le pegó: era una peste que lo obligaba a estar en cuarentena, a inyectarse unas medicinas y a tomar mucho líquido. Eso le dijo Luz a mi mamá, que todo lo que hizo fue taparse la boca con las manos y sacudir la cabeza. Y pasaron los meses y la alberca se pudrió, el desagüe del techo se taponó, el aire acondicionado se dañó de la pura mugre: fueron los días más calurosos de los que tengo recuerdo. Un día se metió una zorra en el cielo raso y empezó a romper todo allá arriba. Entonces apareció Jenaro, que era grandote y andaba en camisilla, pero no tenía brazos de marinero, sino un pellejo pecoso que le colgaba. Desde ese día Jenaro iba a la casa una vez al mes, pero no tomaba apuntes. A Jenaro le gustaba Luz: “qué aguapanela tan sabrosa”, le decía. Luz estiraba el hocico: “Ajá”. Y nunca más vimos a Carlitos.
Del libro Las personas normales son muy raras.
Este era un hombre muy viejo. O quizá no tan viejo, pero sí muy gastado. Se había encogido de esa manera en que se encogen las personas que han padecido mucho sufrimiento físico. Como si el cuerpo se les hubiera quedado en esa pose torcida en la que se abraza fuerte una panza adolorida. El viejo iba sentado frente a mí en un bus que nos llevaba a un pueblo lejano. No importa qué pueblo, no viene al caso. Al viejo ya no le dolía nada, quizá le ardían los ojos desteñidos con los que miraba la ventana. Pestañeaba de seguido para humedecerlos, supongo. Yo intentaba leer un libro, estaba en la frase: “…y siempre quedaba el recurso de marcharse”; y me encantaba esa frase y me encantaba todo lo que venía después –era un libro que ya había leído. Pero la mirada se me iba cada tanto hacia la cara del viejo y trataba de no cruzarme con sus ojos. No debe ser lindo para un hombre gastado que alguien más o menos nuevo lo mire, reconociendo en él la peor de las tragedias humanas: el deterioro. Sus manos soportaron durante un rato mi atención: raquíticas, enrojecidas, deshollejadas. Era como si se las hubiera sacado de la muñeca, las hubiera metido en el microondas –uno, dos minutos–, y se las hubiera vuelto a poner, sin dejarlas reposar. “¿Qué leés?”, me dijo el hombre y yo aparté rápidamente los ojos de sus manos. “Un libro…”, le dije y alcé los hombros. “Ya”, dijo él y sonrió, creo. Imaginé que el viejo había perdido la costumbre de estirar la boca hacia los lados, porque esa supuesta sonrisa no le había salido fácil. A lo mejor, a lo largo de muchos meses, la mueca más recurrente del viejo fue la de arrugar la cara y separar levemente los labios para dejar salir un quejido muy bajito, porque ya ni fuerzas tendría para quejarse en serio, o porque cada vez que lo hacía el paciente de al lado lo insultaba. “Cuando yo era joven también me gustaba leer”, me dijo el hombre. Su voz, sorprendentemente, no estaba tan gastada como el resto de él. “¿Qué le gustaba leer?”, le pregunté y él me dijo que cualquier cosa. Después, cuando yo había vuelto a simular interés en mi libro y suponía que él en su ventana, volvió a hablar: “Hace mucho que no leo –se llevó las manos a los ojos y se los frotó–, ya no veo bien”. Yo asentí, cerré el libro, me pareció de mal gusto restregarle en la cara que mis ojos, en cambio, funcionaban perfecto. “¿No me leerías algo, jovencita?”, dijo el hombre. Y no sé por qué ese pedido intempestivo me emocionó: balbucee que sí, encantada, esas cosas. Me aclaré la garganta: “Para colmo, el mal tiempo…” –volví a leer desde el principio. Y el hombre recostó la cabeza en la ventana, y mi voz duró lo que el resto del viaje.
(Cuento publicado en el número de Mayo de la Revista Big Sur)
Ahora.
Juan salía de la clínica. Adentro, las luces blancas lo habían encandilado y ahora veía parches rojos en la oscuridad de la noche. Se quedó parado en la puerta, mirando la calle, pensando en lo que acababa de pasar.
–Gorda oportunista –murmuró.
El tipo, en cambio, le había dado lástima, parecía una ballena muerta, así acostado como estaba: boca abajo, la espalda bañada en sangre y los dreads todos pegoteados. Mientras se tragaba los insultos de la gorda, Juan imaginó que le enterraba mil agujas en el cráneo, una a una, hasta convertirla en un puercoespín. Y se ve que algo en su cara lo delató –una sonrisa involuntaria, el brillo de los ojos–, porque ahí fue cuando ella le soltó lo de la demanda.
Tomó aire, estaba helado: se subió el cierre de la chompa hasta el cuello y se frotó las manos. Cruzó la calle. En la cuadra siguiente entró a un bar, se sentó en la barra, pidió una cerveza. En la televisión pasaban El Planeta de los simios.
–Qué película desagradable –dijo.
En la barra atendía una china, le pasó un plato de aceitunas. Él se comió un par y escupió las pepas al suelo. La china lo miró mal, pero no dijo nada. En la televisión un simio hombre y una simia mujer rozaban sus narices.
–…qué asqueroso –insistió Juan y miró para otro lado. Al fondo del bar había un par de tipos con peinados floggers.
–Patéticos –lo dijo en un tono lo suficientemente alto como para que ellos lo oyeran. Lo miraron, él alzó el mentón:
–¿Nunca se sacan el puto disfraz?
No contestaron.
Juan había estado toda la tarde haciendo cuentas y esta vez era seguro: iba a perder la tienda de tatuajes. Lo poco que había ganado ese año se le había ido en compensaciones a los clientes; últimamente no le salían bien los dibujos y recibía muchas quejas. De la inversión original sólo quedaba el fondo que compartía con Espósito, una especie de seguro para cualquier emergencia… pero ni con eso llegaban a lo que pedía la gorda.
–Malparida –murmuró. Terminó su cerveza. La china de la barra le dijo: ¿otra? Él asintió. Ella rellenó el vaso y volvió a mirar el televisor. Juan quiso decirle que tenía la cara más chata y fea que había visto en su vida. Le sonó el celular, era Mary.
–Hola, mi amor –contestó. Ella le dijo que lo estaba esperando, que cuándo pensaba llegar. Juan dijo que ya estaba yendo, que había tenido que atender un asunto en la tienda…
–¿Qué pasó ahora? –preguntó Mary.
Seguir leyendo en Big Sur.
Publicada en la revista SoHo, diciembre de 2010.
1.
A la casa de Don Ernesto se llega en tren. Se toma en Retiro, en el centro de Buenos Aires, y se viaja en dirección al oeste: son siete estaciones hasta Santos Lugares, así se llama donde vive. El tren, como casi todos los trenes de la ciudad, está sucio y destartalado. Por las ventanillas del vagón entra una luz brillante que hace que todo lo que hay adentro se vea más feo de lo que es, y es bastante; es así la luz de invierno, perversa como una lupa. Es de mañana. La señora a mi lado huele a desodorante que se hizo grumo en el sobaco; el niñito sobre sus piernas huele a aliento de mate y torta frita. Cuando se baja la señora la reemplaza una señorita que se peinó con laca. Cuando se baja la señorita la reemplaza un viejo que desayunó ginebra: “¿A dónde vas, piba?” –los ojos del viejo, desteñidos por los años, no consiguen plantarse en ningún lado. “A la casa de Don Ernesto Sábato”. El viejo asiente y al rato dice: “¿Vive?”.
Don Ernesto vive, pero no parece. Así como pasa con los muertos, casi todo el mundo tiene historias que contar sobre él. Historias que, en general, se cuentan en pasado. Historias que, en general, no son amables. Se dice que fue hosco, antipático, infiel, vanidoso como una casta damisela apetecida; se dice que se peleó con Dios, que se reconcilió en el año 90 para casarse por la Iglesia con –su ya esposa– Matilde Kusminsky, y que después se volvió a pelear; y que sufrió tanto de crisis existenciales como de envidia. Se dice que amaba a su perro, que odiaba a Borges, que odiaba a todos, que todos lo odiaban; que empezó a derrumbarse en el año 95, cuando se murió su hijo Jorge Federico en un accidente de carro, y terminó de derrumbarse en el año 98, cuando se murió Matilde de arterioesclerosis. Se dice tanto más de lo que se sabe, aunque también se sabe.
Se sabe que está encerrado, que casi no ve, que no lee ni escribe, que apenas habla, que apenas se para, que se dedica a pintar, que se alimenta de cosas blandas y aplastadas, que se despierta antes de ocho, que hace la siesta y se acuesta a las nueve, que lo cuidan dos enfermeras. Se sabe que las enfermeras le leen fragmentos de sus libros, en especial de “Sobre héroes y tumbas”, el preferido de Don Ernesto. Que es brillante, melancólico, pesimista, signo cáncer y que su ánimo fluctúa: eso también se sabe; y que dos veces por semana recibe a un doctor. A veces lo visita Elvira –su secretaria o su novia, no se sabe bien–, o Daniel, su asistente, o Mario, el hijo que le queda. A Don Ernesto, dice un sobrino que sabe, no le gusta que le barran el patio: “caminar sobre el colchón de las hojas secas, sentirlas crujir bajo los pies, eso le gusta”.
Para la revista La mujer de mi vida, sección “Margaritas”, diciembre de 2010.
“Me gustan muchísimo”
Las narraciones puntuales que sirven de excusa a las narraciones universales: grandes relatos breves, grandes personajes chiquititos, grandes dilemas triviales. A lo Salinger. A lo Sambra. A lo Hebe Uhart. La trascendencia de lo pequeño, cuando consigo percibirla, es mi perla en la ostra, el tesoro escondido.
“Me gusta mucho”
La tercera persona que entra y sale de la cabeza de los personajes, pero no es infalible. Que anticipa: y ahora María Luisa tomará un taxi; y después María Luisa no toma ningún taxi, se decide por el colectivo. El narrador que da la sensación de saber todo sobre todos, pero no sabe nada. O muy poquito. Que cuenta como si se planteara los interrogantes de final de capítulo de una radionovela de aventuras: ¿Se lanzará Jorge Camilo a las vías del tren? ¿Confesará su crimen al Sargento Pierluigi?, porque ninguno de los actos sucesivos dependen de él. La técnica imperfecta de las narraciones omniscientes, que da cuenta de la vida de los personajes más allá de quién cuenta, más allá de lo que elige contar, eso me gusta mucho. Me recuerda las narraciones de la infancia, cuando el único control sobre lo que iba a pasar estaba en mi cabeza adormitada, que agregaba o suprimía partes de la historia y armaba una nueva todos los días.
“Me gusta poquito”
El entramado de frases yuxtapuestas, subyugadas, interminables, a lo Proust, pero sin Proust. La entrega absoluta de una historia a la estética narrativa de ese tipo me resulta vanidosa, pretenciosa, frívola. Y todo eso estaría muy bien si la historia no se perdiera en la melaza del lenguaje; pero suele pasar que las historias expresadas en ese formato enmarañado se evaporan, dejando sólo la intención estética, la cáscara finísima que la envuelve. El placer estético en la literatura –y en casi todo lo demás– me dura poco cuando no está lleno de otra cosa.
“No me gusta nada”
Los diálogos o descripciones que meten información de contrabando en una historia, intentando ser sutiles, consiguiendo ser torpes. Las narraciones que consisten en decir más que en mostrar se me parecen a los –horripilantes– recursos de contexto en la pantalla: un anillo chato enfocado en un primerísimo plano para dar a entender que el personaje está casado. El tic de un personaje que desde la primera vez que aparece se sabe que va a ser resolutivo. Los efectos acumulativos, los motivos recurrentes demasiado obvios tienen la culpa de que, también, cada vez me gusten menos las películas: condenadas por el artificio a ser un relatito bien armado con trucos narrativos, una máquina eficaz y olvidable.
Publicado en la revista Soho, noviembre de 2010.
I
Mi hermana Catalina es blanca como la leche y cuando éramos chiquitas y nos llevaban a la playa se ponía roja y se insolaba. Cuando caminaba mucho y hacía calor, se le pelaban los muslos en la parte de adentro, por el roce. Mi mamá decía: “Parece cachaca”. Y era como si dijera: “Está mal hecha”. Pero rápidamente descartaba esa idea porque mi hermana Catalina es blanca como la leche, pero culona como una negra y todo el mundo sabe que las cachacas no tienen culo. Entonces, aparte de la ausencia de culo —cosa que ya uno nace sabiendo—, lo primero que supe de las cachacas fue: que bajo el sol se ponían rojas y que si uno les miraba la entrepierna seguro que la tenían pelada. Pero yo nunca le miré la entrepierna a una cachaca. Mi hermano sí. Y mis primos. Y los amigos de mi hermano y de mis primos. Y algún novio; o todos los novios que tuve, sobre todo en vacaciones. Mi mamá se paraba en la puerta hasta que mi hermano llegaba, tarde en la noche: “¿Dónde estabas?”. Y él: “En la playa”. Y ella: “¿Con cachacas?”. Pero sonaba así: ¿con perritas pulgosas infectadas de gonorrea? Y él se reía bajito. Y Matilde, la muchacha, metía la cucharada: “Las de clima frío tienen el jopo caliente, doña Emilse”. Lo segundo que supe de las cachacas fue eso: que tenían el jopo caliente. Que venían en vacaciones a acostarse con costeños, que —a falta de culo— se olvidaban de sus tetas casi tan rápido como de sus nombres. Pero ellas volvían.
|| Read more
Publicado en la Revista SoHo (Colombia), Octubre de 2010. “Manual de conquista”
Yo fui una niña vieja. A los seis años ya nadie me despeinaba el copete, porque yo iba por ahí diciendo palabras como “onomatopeya”, y los grandes se paraban en seco: “oh”. Odiaba a las niñas porque lloraban y a los niños porque eructaban; me gustaban los adolescentes porque todo lo que hacían era mirar el techo, mascar chicle y gruñir. Eso me parecía raro, ergo, sexy. Aunque cuando fue mi turno de hacerme adolescente supe que ésa era una condición insoportable y odié a todos los que eran como yo. Incorporé a mi vocabulario palabras como “tautología”; aprendí a mirar por encima del hombro y me ennovié con tipos grandes que cada dos por tres me preguntaban: “¿estás segura?”. Me gustaban los tipos grandes porque les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Sabía decir tautología. Sabía decir: “segurísima”. Me gustaban los tipos grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, pedían un café y seguían: “¿qué tomas?”. Era delicioso besarse, pero la vida no se detenía después de cada beso. Ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se porta como si eso mismo –besarse por primera vez– les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. El promedio de edad de mis novios creció junto conmigo, ahora vivo con uno que me lleva ventidós años y dos cabezas, y ojalá que sea para siempre porque no quiero ni pensar con qué voy a seguir. O sea que sí, me importa la edad, y tengo maneras de justificar mi tara, pero ninguna es cierta. Puedo sacarme del bolsillo la famosa (y dudosa) estadística de que las mujeres maduran más rápido que los hombres: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme novios acordes. Mentira. Yo no era madura nada, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja. A mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima. Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca –que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso– y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos novios grandes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los tipos grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné –y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer– y ganaron otras cosas: complejidad, por ejemplo. Diría eso, pero tampoco es cierto porque ya no me gustan los tipos grandes, en general, porque me asenté con uno, en particular, y me gusta ése. Que es grande. Y complejo. Y no tiene pelo. Fin.
Link a la nota en el diario
Así como en Hollywood los escándalos suelen estar hechos de infidelidades, en el mundo periodístico están hechos de mentiras. Hace unas semanas, la biografía del polaco Ryszard Kapuscinski, escrita por su colega y amigo Artur Domoslavski, instaló –otra vez– la discusión sobre la mentira en el periodismo: “Algunos de los libros de Richi no pertenecen al estante de no-ficción”, dijo el biógrafo. Días después, apareció un caso más extremo, el de Tommaso Debenedetti, un periodista italiano que parece haber inventado una buena cantidad de entrevistas a escritores famosos: Philip Roth, John Grisham, Nadine Gordimer, Le Clézio, entre otros. El debate se encarnizó. Entonces me acordé de un famoso caso en la Argentina, bastante parecido al de Debenedetti: se llamaba Nahuel Maciel y era mapuche (o eso decía él). En sus fantasías, Nahuel entrevistó –y publicó en el diario donde trabajaba, El Cronista– a Vargas Llosa, Onetti, Umberto Eco, Ray Bradbury, García Márquez (cuya entrevista se volvió libro) y otros. Cuando todo se supo, el mapuche fue repudiado y se autoexilió en las lejanas tierras de Entre Ríos, y ahora es un líder ambientalista. Así, deben de haber millones de historias que hacen pensar que la mentira es a los periodistas lo que las niñeras a los maridos de Hollywood: una maldita tentación.
Trabajé varios años en una fundación de periodismo que queda en Cartagena. Se llama Fundación Nuevo Periodismo, la preside García Márquez y la dirige un señor genio llamado Jaime Abello Banfi. Fui testigo de muchas discusiones respecto de este tema –una de ellas provocada por la postulación del mentado Maciel a un taller– y lo que puedo decir es que la fundación es absolutamente proverdad, que no es para nada laxa en estas cuestiones; pero, sobre todo, es un lugar donde se reflexiona sobre las cosas que afectan el oficio periodístico y sus maestros suelen tener opiniones diversas sobre asuntos fundamentales. Recuerdo a Francisco Goldman diciendo en un taller algo así como (aclaro que no es una cita exacta, ya que estamos): “Cuando en mi investigación me encuentro con un solo hueco que no puedo llenar con datos verídicos, nace un texto de ficción”; o a Jon Lee Anderson contando cómo en The New Yorker –cuyos fact-checkers son fundamentalistas de la verdad– le podían parar una nota durante meses porque no podía confirmar el nombre exacto de una flor que había en un jardín afgano. Pero también vi de los otros: de los que decían que, si hay huecos, que se llenen con situaciones creíbles; y que el nombre de una flor importa menos que nada. Es decir, no hay una carta de principios ni dogmas preestablecidos, hay deliciosas jornadas de reflexión alternadas con meriendas tropicales.
|| Read more
Era febrero de 2008 y hacía un calor infernal. Llegaban mails, mensajes de texto, sonaba el teléfono: había una euforia generalizada entre mis compatriotas colombianos. Mi madre llamó tres veces ese día, la primera dijo: “Supongo que vas a la marcha” Y yo: “No sé”. La segunda: “Acá vamos todos” Y yo: “Ok”. La tercera: “¿Te vas a poner un sombrero? Cuídate de sol”. Un grupo de jóvenes que insistía mucho –demasiado– en no representar nada –ni a nadie– más que el hartazgo de la sociedad civil colombiana frente a la guerrilla, había convocado una marcha a través de Facebook. Se llamaba “Un millón de voces contra las FARC” y, aunque yo no vi tantísima gente en Buenos Aires, se dijo que fue un éxito –en Buenos Aires y en el mundo–. ¿Quién dijo? Facebook dijo, todos dijeron. Yo creo que fue un éxito pero en otro sentido, en masificar esta idea que después –y antes, aunque con menos, o cero, visibilidad en CNN– se replicó tanto: que las redes sociales como FB servían para movilizar a mucha “gente del común”, sacarla de sus casas, hacerle apartar los ojos del monitor de la computadora y ponerse un sombrero para salir a marchar.
Algún colombiano patriota me diría después que ésta había sido la primera gran movilización Latinoamericana convocada por FB, y que qué visionarios los jóvenes convocantes: esos seres etéreos que seguían proclamando a los cuatro vientos no tener ninguna filiación partidaria ni ideológica ni de nada, y que de tanto repetirlo era inevitable pensar en ellos como una suerte de indefinidos teletubbies. Hace un par de semanas –y ayer– cuando los 6, 7, 8 convocaron su marcha por FB, me llamó la atención la cantidad de veces que repitieron que la convocatoria la habían hecho “personas comunes” y que era una marcha “autogestionada”, con lo que pretendían sacudirse no sólo del programa de televisión de Canal 7, sino del gobierno, y hasta de Milagro Sala, que le habló en “un discurso espontáneo” a la multitud. Todo para dejar bien claro que sus intereses –así como los de los jovencitos anti FARC– eran desinteresados.
|| Read more

Buenos Aires, 22 de junio de 2010
1.
El sábado 4 de septiembre de 1993 iba a ser un fin de semana como cualquiera. Mis papás, mis hermanos y yo nos íbamos a una finquita que teníamos cerca, y esta vez venían también cinco amigos de mi hermano, que tenía quince años. No era usual que hubiera tanto muchachito, pero fuera de eso el plan transcurría más o menos como siempre. Como siempre era aburrido, complicado. En mi casa todo tendía a complicarse porque éramos mucha gente con poca voluntad, y, salvo la parte en que comíamos –desaforados, mayormente–, nunca estaba claro qué le tocaba hacer a cada quien. Mis fines de semana a los trece años eran, entonces, una sucesión de paseos confusos, sobresaturados de conflictos microscópicos, que el domingo a la tarde, por acumulación o por desgaste, explotaban en masa dejando una nube espesa encima de nuestras cabezas. A veces la nube no alcanzaba a disiparse en la semana y el sábado siguiente allí estábamos, arrastrando peleas más viejas que algunos de nosotros: que yo, por ejemplo, que soy la menor de cinco. Total, que ese sábado no parecía distinto, salvo por el despliegue de testosterona adolescente.
–¿Y por qué es que vienen todos esos zánganos? –preguntó mi hermana, que tenía dieciséis; mi hermano se había ido con los amigos en su camioneta: una Ford muy vieja que le habían regalado hacía unos meses para su cumpleaños número quince, y que hoy habían disfrazado de bandera. Los demás íbamos en el Polara de mi madre. Mi hermana llevaba un rato enredándome el flequillo con una peinilla: por esa época las dos usábamos el copete de Alf y cada mañana la una le enredaba el flequillo a la otra; luego se lo abultaba y se lo echaba hacia un lado y se lo iba esculpiendo. Al final lo rociaba con laca.
–Vienen por el partido de mañana –dijo mi madre, que manejaba, mientras mi papá cabeceaba en el asiento de al lado, con el diario doblado en la falda. Mis dos hermanas mayores ya iban a la universidad, por eso zafaban de estos paseos: los fines de semana siempre tenían trabajos grupales para los cuales se producían como si estuvieran estudiando teatro de revista y no derecho.
–¿Qué partido? –insistía mi hermana, pero ya no hubo respuesta. Mi mamá pocas veces seguía un diálogo más allá de dos líneas, era como que se aburría y cambiaba de tema sin previo aviso. En cambio podía mantener largas conversaciones consigo misma. Ahora, por ejemplo, hablaba del almuerzo: que no iba a alcanzar porque los muchachitos son tan tragones a esa edad, la edad de la tripa hueca, del barril sin fondo, de la solitaria, “ja–ja”: se burlaba sola.
Mi hermana terminó de peinarme, me eché hacia delante y alcé la cabeza para mirarme en el retrovisor: el copete de Alf se elevaba como un tsunami sobre mi frente. Se ve que el olor de la laca despertó a mi papá porque sacudió la cabeza y volvió en sí, agarró el diario y se lo acercó bien a sus ojos miopes, como si estuviera muy interesado en lo que decía el titular:
“Colombia enfrenta a Argentina en la última fecha de la fase clasificatoria”. Y la bajada: “Hay mucho optimismo”.
A mi papá no le gustaba el fútbol. A mi mamá tampoco. A mis hermanas tampoco. A mi hermano, vaya a saber. Era el único varón y eso lo convertía en un pendejito caprichoso. Mis padres le consentían la volubilidad hasta el punto de la esquizofrenia. Su vida consistía en abrazar nuevos gustos y desechar los viejos, que no solían durar más de un mes. En el último año había pasado del heavy metal al reaggae, de Balzac a Condorito, de una novia culonsísima a una lombriz anoréxica. En fin, que ese fin de semana a mi hermano le gustaba el fútbol, por eso nos habíamos embarcado en un paseo cuyo objetivo era mirar un partido con sus amigos granulientos. Volví a mi lugar en el asiento, tratando de no moverme mucho para no perturbar al copete, y empecé a enredarle el flequillo a mi hermana.
–Parece que es un partido importante –le dije.
–¿Ah sí?
Asentí:
–Hay mucho optimismo.
|| Read more


