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La garrapata

Mar 17

El otro día alguien me contó sobre la vida de la garrapata. Era un relato precioso que no podría reproducir, porque dependía de la gesticulación y la emoción que se percibía en la voz del narrador –y del rayo de sol que entraba por la ventana para iluminar su cara pálida, subiendo y bajando como un yoyó, con la cadencia de sus palabras. Estaba tan conmovido con la vida chata y triste de la garrapata que en un momento empezó a largar risitas nerviosas, como cuando uno se emociona mucho con lo que dice y para no quedar como vanidoso intenta ridiculizarse. Pero no lo consiguió: ridiculizarse, digo; más bien consiguió que los presentes lo miráramos de una manera distinta: como a un sabio poeta del mundo de los ácaros. Y el asunto es más o menos así: la garrapata nace en la tierra, donde su madre pone los huevos antes de morir; el momento de poner los huevos, en las garrapatas, es también el momento previo a su muerte (linda metáfora). Después, cuando tiene hambre, la garrapata trepa lentísimamente hasta la hoja de un árbol –es ciega, distingue los árboles por la textura del tronco, aunque a veces se equivoca y se trepa a un mísero arbusto– y, una vez instalada allá arriba, espera. Eso es lo que hace la mayor parte de su vida: esperar. ¿Y qué espera? Que pase un mamífero para dejarse caer sobre su lomo y chuparle la sangre. Sabrá que es un mamífero por el olor; en eso –en distinguir los olores– parece que las garrapatas son las mentoras de Jean-Baptiste Grenouille, por decir lo menos. Muchas veces, cuando una garrapata se deja caer sobre un mamífero, no atina y se desparrama en el piso. La mayoría de las veces es despachurrada de un pisotón. Pero cuando atina, se hace camino rápidamente entre los pelos del lomo, hasta que encuentra el pellejo, se adhiere y chupa. Al cabo de unos días, si sobrevive a las rascaduras del animal que la aloja, se deja caer otra vez a la tierra y pone sus huevos. Después, está dicho, muere. En toda su vida la garrapata tiene que hacer eso mismo tres veces: dos cuando es joven, una cuando es adulta y pone los huevos. Y ya está. Su vida es la puesta en escena de la torpeza y la inutilidad. Su vida es la puesta en escena de la fragilidad del ecosistema, donde hay unos que dependen tan extremadamente de otros. Su vida es, simple y llanamente, lastimera. Y eso, al narrador oral de esta historia, lo conmueve profundamente. Mientras sube y baja su cara como un yoyo, los otros lo seguimos: en un ejercicio contemplativo del éter, imaginamos millones de garrapatas cumpliendo su ciclo de vida: de la tierra a la hoja, de la hoja al lomo, del lomo a la tierra y a la hoja… y, así, por los siglos de los siglos.

Adrenalina

Mar 15

Las manos al frente, estiradas, palmas mirando al piso, tiemblan: “Uh, qué miedo”. Esta escena se detiene acá y vamos hacia atrás, cuando empieza todo: una chica y un chico, compañeros de oficina, entran a un bar del centro. El mesero, uno de esos muchachitos lánguidos e inexpresivos, desfila por el patio y los mira de soslayo: “¿Sí?” ¿Si qué?, piensa T, el chico, y empuña la mano, la estira, la empuña, la estira. “Mesa para dos, ¿puede ser?”, dice N, la chica. El mesero camina hacia una mesa vacía, pero parece deambular por el probador de vestuario, en el instante previo a su salida a un desfile de Alexander McQueen (qepd). Ubica a los chicos en una mesa y piden tragos: dos cuba libre. N habla de otro compañero: se concentra en los aspectos negativos de su carácter y de su cara. T, disperso: está en uno de esos días en que necesita un poco más de adrenalina. En su trabajo nunca lo consigue, hay compañeros que no saben ni pronunciar esa palabra. El mesero se acerca y dice que van a cerrar el patio, que pueden terminar su trago en el primer piso. “Pero si acabamos de llegar”, dice T, con los dientes apretados. N –que nunca había salido sola con T– piensa que es uno de esos chicos que, ante la menor provocación, reaccionan de manera agresiva: pero es una pose, seguro que después no es capaz de mantener ese puñito apretado y su mano se vuelve blanda y fría como un soufflé. El mesero pestañea, y en ese gesto se demora un instante demasiado largo, que genera más tensión en el ambiente. “Cerramos en cinco”, insiste y gira la cabeza simulando arrastrar una pesada melena invisible. Mientras se aleja, T se levanta de la mesa y dice con voz grave: “¿Cinco qué?”. Y el mesero, sin mirarlo siquiera, contesta: “Segundos”. N tiene que detener a T para que no se lance sobre él. T insiste en que podría derribarlo: “Es más flaco que Kate Moss”. Y era cierto. Pero N le dice que no vale la pena hacer un escándalo por un tipito que confunde su trabajo con una pasarela. T asiente, se encaminan al primer piso; pero entonces el meserito les pasa por al lado y T se le atraviesa en el camino, parándolo en seco. Primero se miran sin decirse nada. Después T levanta su vaso y, como en una escena de cantina de un programa de tele muy antiguo –tipo Cold Cyber–, lo deja caer: “Ups”. Y el mesero “Te voy a cagar a patadas” Y T: “Uh, qué miedo”. La escena siguiente transcurre en una vereda helada: par de linyeras duermen tapados con cartones y T, adolorido en las costillas, está sentado en el pretil de un edificio. N lo ha abandonado. Un portero se le acerca sospechoso, debe suponer que es un vagabundo. T se aleja buscando una avenida. Renguea, sonríe. La calle está oscura, el frío se le mete en los huesos y le hace doler.

Axel Owens

Mar 15

La habían invitado a una fiesta de aniversario de un bar levemente rockero. Su primera respuesta fue: “Ya no estoy para esas cosas”. Pero igual fue. Estamos hablando de una mujer que hace tiempo supera los cuarenta, y todavía tiene un porte escultural. Es una especie de leyenda en el gremio de los músicos. Nunca cantó nada pero tiene groupies. Al parecer hizo algunos coros, yo nunca los oí. Y en una época se dedicó a bailar cosas de tipo alternativo. No sé qué cosas. El caso es que siempre fue una famosa chica desconocida. Esta vez, cuando llegó al bar, vestida con una blusa roja que resaltaba su piel blanca y sus rulos negros —peinados de ese modo desentendido como quien dice “por acá nunca entró un cepillo”—, nadie la abordó en masa. Igual, ella mostró sus dientes relucientes, saludó a unos y a otros y se zambulló en una mesita de esquina con un viejo amigo al que no veía desde hacía “décadas”. En verdad, no lo veía hacía meses, pero en ese mundo —como en casi todos— está bien exagerar.
Tocaba una banda ruidosa. Cada vez que su amigo le quería decir algo tenía que forzar la voz y, entonces, la vena que atravesaba su frente se le marcaba. Ella fruncía el ceño en señal de disgusto ante esa vena abultada, y prendía un cigarrillo con otro. En una de esas se le acercó un mesero —impúber, aros en las cejas— y le dijo: “Acá no se puede fumar”. Y ella se sintió tan retro. —¿Cómo no se va a poder fumar, nene? —dijo, pero el nene no entendió, o no escuchó por el ruido. Ella intentó decirlo un par de veces más y, al final, exhausta, tiró el cigarrillo y lo pisó con sus botas negras de plataforma bien Valeria Leik. En un brote vanidoso quiso explicarle al muchachito quién era ella, pero el ruido también se lo impidió. Y es que ella era alguien que, como decirlo… —lo hemos dicho, pero en su cabeza era necesario enfatizar—, alguien que podría llamarse Axel Owens. Ese sería un nombre perfecto para ella. ¿Por qué? Porque una buena parte de la gente, lo que se dice “el común de la gente”, puede no saber o no recordar de quién se trata; pero quienes lo saben, quienes la recuerdan, solo pueden adorarla.
—Ya no estoy para estas cosas —dijo Axel Owens a su viejo amigo. Y el viejo amigo se acercó mucho a su oído para decirle “yo tampoco”. Y Axel Owens alzó los hombros y sonrió poquito, como quien es testigo de una travesura muy menor: una de esas travesuras que suelen ir acompañadas de la expresión “ups”. Pero Axel Owens no dijo “ups”, le pareció muy retro. Después mucho no hablaron, se limitaron a dar golpecitos con los dedos en la mesa y a tararear esa música espantosa. Cada tanto alguien les traía un trago y miraba a Axel Owens como quien mira a una institución importante, cuya importancia no se tiene muy clara pero igual se reconoce. Algunos, incluso, se la quedaron mirando un poco más de los tres segundos tolerados por el protocolo y pensaron para sí: “¿Axel Owens?” Y suspiraban, y seguían su camino.
En algún momento de la noche ella quiso ir al baño. Se levantó de la silla apoyándose en el hombro de su viejo amigo, para no correr el riesgo de trastabillar. Se habían tomado varios tragos dulces y eso a Axel Owens no le sentaba nada bien. Caminó erguida por el pasillo atestado de personas jóvenes transpiradas. Alguna vez Axel Owens había sido una de esas personas, pero ahora era otra persona y, si llegaba a tropezarse, no sería más que un restito de persona que, definitivamente, no merecía llevar su falso nombre. Cuando estuvo frente al espejo del baño, Axel Owens se irguió en su cuerpo esbelto y delgado, enterró los dedos en sus rulos para alborotarlos aun más y prendió un cigarrillo. Imaginó que con ese pequeño gesto causaría una conmoción; que se dispararían los detectores de humo y que todos esos chicos transpirados entrarían en una histeria colectiva gritando: “¡Salven a Axel Owens por favor!” Y tirarían la puerta del baño y la alzarían como a una estrella, una verdadera estrella de rock. Luego saldrían a la calle, en una masa compacta —su cuerpito elevado sobre las cabezas de todos—, imaginando que atravesaban paredes del fuego inexistente provocado por Axel Owens. Chupó el cigarrillo hasta que sus mejillas se hundieron tanto que, en el espejo, su cara se convirtió en la calavera. Luego soltó una bocanada espesa y toda su visual se empañó.
—¡Abran! —alguien tocaba la puerta del baño: ya venían por Axel Owens, se dijo Axel Owens que, aun frente al espejo, decidió que no abriría, que esperaría un poco más. Esperaría a que sonaran las sirenas y que del techo cayera un chorro de agua que la empapara de la cabeza a los pies. Axel Owens se rió de su ocurrencia: era una imagen tan antigua; ochentona como su pelo y su delgadez y su falso nombre… si hasta casi podía oír a los Bloody Beetroots al fondo. Axel Owens apagó su cigarrillo, volvió a alborotarse el pelo con los dedos y abrió la puerta. Un par de chicas transpiradas entraron a propulsión, haciéndola a un lado bruscamente: como a una gacela enclenque, como a un bicho molesto, como a una boca que despide un aliento avinagrado. Afuera, la masa compacta seguía bailando esa música horrenda.

La pequeña y valiente Nujood

Mar 12

Link a la nota del diario

Por estos días Nujood es una nena muy famosa. Es la autora del libro I am Nujood, Age 10 and Divorced (Soy Nujood, tengo 10 años y soy divorciada), que se publicó la semana pasada en Estados Unidos y antes en Francia, donde encabezó la lista de best sellers por cinco semanas. Nujood nació en Yemen hace doce años y, como a tantas otras niñas de su país, la casaron a los diez con un señor mayor. El día de la boda, Nujood entró en pánico: se la pasó llorando, abrazada a su mamá que le decía que “shhh” y que el deber de una mujer era obedecer a su marido. No era que Nujood no supiera eso: se lo habían dicho toda la vida; pero quizá era su mamá quien necesitaba repetírselo, recordárselo en voz alta como un mantra, mientras dejaba ir a su nenita con un hombre que a la legua se veía que la iba a maltratar. No porque tuviera algún rasgo de sadismo muy distinguible en el mentón, no porque hubiese lanzado amenazas furibundas a los cuatro vientos, sino porque era un hombre.

Pero ¿qué podía hacer la señora? Seguramente ella había pasado por lo mismo, y que ahora le tocara a su hija era de lo más natural. Dice Unicef que un tercio de las mujeres del mundo de entre 20 y 24 años fueron casadas antes de cumplir los 18. Y 18 es un límite optimista si se considera otra estadística que dice que 14 millones de adolescentes entre los 15 y los 19 paren cada año. En la Argentina, sin ir más lejos, el 6% de las adolescentes paren, y hay 900 mil madres niñas –de entre 10 y 14 años–: casi todas pobres. Estas adolescentes y niñas preñadas, a su vez, ayudan a engrosar el número de otro grupo de chicas: el de las que se mueren. ¿Por qué? Porque las adolescentes y niñas, sobre todo si son pobres, tienen un cuerpito debilucho que no suele estar preparado para esos menesteres: está comprobado que se mueren dos veces más durante el embarazo o durante el parto que las chicas de 20 y más.

Pero el día de la boda de Nujood nadie pronosticaba muertes, claro que no. Supongamos que pasaron esas cosas que pasan en las bodas: que el suegro orgulloso abrazó a su yerno de su edad y le dio un par de palmadas fraternales en la espalda; y después, según cuenta Nujood en el libro, le pidió que por favor no tocara a la nena hasta un año después de que hubiese tenido la primera menstruación. Y el tipo dijo que sí claro. No sé qué cara puso cuando le dijo que sí claro, pero supongamos que, no bien su suegro se dio vuelta, esbozó una sonrisa; porque apenas Nujood puso un pie en su nueva casa, su marido la hizo cumplir con los deberes conyugales que, aparte del sexo, incluían dejarse moler a golpes cada vez que él lo considerara. Y lo consideraba muy a menudo.

Así pasaban los días: muy mal. Nujood había tenido que dejar la escuela y no veía más a su familia ni a sus amigos. Pero nada de eso era una rareza: en su cultura eso es lo que les pasa las mujeres cuando se casan; y aunque no es un secreto para nadie, los papás insisten en hacerlo porque les soluciona la vida a las niñas en otros sentidos: los maridos las mantienen, las cuidan, las protegen de violadores y de cualquier otro hombre distinto a ellos que pretenda llenarlas de hijos, para lo cual el método más efectivo es el de encerrarlas. Cada una de esas razones es susceptible de convertirse en un gran equívoco, un chiste cruel que encuentra su gracia en la realidad de estas chicas. Pero quizá lo más sorprendente es esta idea de que casando a sus niñitas los papás creen estar protegiéndolas del sida, y que a los maridos, a la vez, les conviene buscarse esposas jovencitas que no estén contaminadas ni de alma ni de cuerpo. Así dicho parecería la gran alianza del bien contra el inmundo virus, pero la evidencia no se corresponde con esta hipótesis. Un estudio del gobierno en India dice que el 75% de los enfermos de sida son casados. Y uno no tendría por qué sorprenderse: para empezar, estas mujeres se casan porque están hechas para parir; no pueden negarse a tener sexo con los maridos, mucho menos pedirles que de vez en cuando se pongan un forro. Para terminar, los maridos raramente son fieles. O sea, estas mujeres son un caldo de cultivo para las enfermedades venéreas y, claro, para la preñez múltiple e indeseada y para las vidas y las muertes más miserables que uno pueda imaginarse.

Por suerte ése no fue el caso de la pequeña y valiente Nujood. Su historia termina así: un día se hartó, se escapó de la casa, se subió a un taxi y pidió que la llevaran al lugar donde estaban los jueces. Y cuando estuvo en la corte preguntó por uno. “¿Por cuál?”, le dijeron. Ella dijo que cualquiera que pudiera divorciarla. Nujood se hizo rápidamente conocida en Yemen y los alrededores, inspiró otros casos de divorcios y Occidente se rindió a sus pies: fue elegida “The Woman of the Year” por la revista Glamour; Hillary Clinton la calificó como “una de las mujeres más impresionantes que había conocido”; la semana pasada posó en su escuela yemení para el New York Times del brazo de Michel Lafon, su editor francés. Su libro se vende como pan caliente y se publicará en 18 idiomas, incluido el árabe; con las regalías se paga la escuela y mantiene a toda su familia. Al principio sus hermanos la despreciaban por haberlos avergonzado, pero no bien se hizo rica se les pasó. Y esto último viene siendo casi una moraleja milenaria: el lugar de respeto (y poder) en una sociedad, en una familia, se gana como todos los demás lugares en el mundo, con dinero. Si la historia de Nujood hubiese terminado en su divorcio, ahora serían sus hermanos los que la molerían a palos; como, en cambio, se convirtió en una célebre y rica niña divorciada, la tratan como a una reina. Pero eso, queda dicho, es tema para otro día.

Ambición

Mar 10

Se llama Luisa como su madre pero se parece a su papá. Eso se lo han dicho siempre, toda la vida, y no en el buen sentido: su madre fue de joven algo así como una aparición divina. Una mujer bella, bellísima, que se casó con un hombre bueno y honesto, pero más feo que un perro tuerto. Y Luisa salió a él. Pero eso mucho no viene al caso, más que para decir que por estos días Luisa va a trabajar por primera vez en una empresa y está muy preocupada por su apariencia. En su nuevo trabajo, la apariencia es importantísima, eso le han dicho. Luisa, que recién cumplió veintidós, no califica todavía para ser una de esas ejecutivas de alto rango, pero tampoco va a estar escondida detrás de una ventanilla dando información de mala gana y prestando biromes mordidas. No: Luisa va a ser una empleada intermedia, tipo asistente de recursos humanos. Y, sobre todo, Luisa piensa ascender rápidamente. Por eso se preocupa tanto por su aspecto y compostura; de ahora en adelante, Luisa deberá tragarse con el desayuno su píldora diaria de buena presencia. Sus padres, por supuesto, están contentos: su hija es una joven emprendedora que quiere trabajar. Pero les preocupa un poco la cantidad de ideas y hábitos que vienen con el trabajo y los jefes y el sueldo y las compras a plazos de objetos suntuosos. Ellos no son personas muy apegadas al dinero, al contrario, siempre han procurado tener lo indispensable para vivir decentemente y ya está. Pero Luisa parece poseída por el espíritu mismo de Adam Smith. Sus preocupaciones actuales tienen que ver con el ahorro, la inversión y el sistema crediticio que más le conviene para comprarse “sus cosas”. “¿Qué son ‘tus cosas’?”, pregunta su bella madre, preocupada, cuando la escucha hablar con ese dejo de avaricia. Y Luisa enumera objetos que su madre nunca escuchó: iPod, iPhone, iPad… “Al menos se la ve comprometida”, la disculpa su papá. Sí: con el señor Apple, con la tecnología de punta, con la mano invisible. Durante la cena, Luisa hace cuentas en voz alta, habla de porcentajes, préstamos e intereses: proyecta su perfil financiero de acá a diez años. Luisa cree que el mundo entero se paga en diez cuotas sin interés. Luisa es esa niña con el cántaro de leche en la cabeza, camino al mercado, que planea cambiar la leche por huevos y los huevos por pollos y los pollos por lechón y después vaca y después ternero y después dinero y más dinero. A Luisa, niñita poco agraciada, le gusta el dinero: mucho le gusta. Su papá –dudoso, asustado– dice que “eso no es necesariamente algo malo”. No, es sólo ambición: para unos la ambición es un impulso, para otros una carga; para unos y otros, casi siempre, termina con un cántaro de leche destrozado.

Estos tiempos

Mar 08

Hubo un tiempo en que todas las personas hablaban de enfermedades. No necesariamente de enfermedades graves, podían referirse a un uñero, o a una infección gastrointestinal, o al estrés –el estrés tuvo su gran momento. Antes de las enfermedades, hubo un tiempo en que todas las personas hablaban del amor. O del desamor. Todos tenían una opinión: “Hay que escapar de las personas inestables, incluso si parecen buenas”; “Hay que elegir a alguien, mudarse juntos y alquilar películas: en eso consiste la vida…”. Eran opiniones categóricas que solían expresarse a la hora del almuerzo, en bares y cafés. Pero ése era el tiempo del amor, y después, decía, vino el de las enfermedades; los días consistían en recibir llamadas y enterarse de la salud ajena: y no de la buena; o en escuchar en medio de la cena la palabra ibuprofeno, la palabra prozac, la palabra linfoma. En las películas, a veces, los dos temas se mezclaban: Todo por amor, Philadelphia, El paciente inglés… Eran los noventa, amor y enfermedades iban bien en la pantalla. Y no había nada que hacer, salvo sentarse a esperar a que vinieran otros tiempos. Ahora todo consiste en ser sano, en no contaminarse; la gente está embarcada en un proceso constante de desintoxicación: “Soy macrobiótico, no tengo tele”. Los que no tienen tele son internéfilos: bajan películas y las miran en la computadora; y eso es como una bandera, un grupo de pertenencia que tiende a crecer. Ya nadie zappea, ahora “bajan”, cada tiempo viene con su jerga. Si uno googlea la frase “no tengo tele” –así, con comillas, para restringir la búsqueda– salen unos 500 mil resultados en 40 segundos. Hay blogs que se llaman así: “Notengotele”; hay miles de post y notas y artículos y declaraciones explosivas de artistas, productores, músicos, jueces que dicen “no tengo tele ¿y qué?”; hay millones de comentarios que les contestan “yo tampoco”, o “¿qué de qué?”; hay un grupo en Facebook que se llama “No tengo tele en casa y soy feliz”. Quizás, alguna vez no tener tele fue considerado algo excéntrico y esnob –hay gente a la que le gustan las palabras excéntrico y esnob: es gente retro–, pero ya no más. Ahora es un movimiento masivo, una moda, una cosa bien vulgar. Yo no tengo tele y no me siento especialmente temeraria por eso. Bueno, les juro que hay personas que sí: lo dicen en voz alta, lo escriben en su Twitter, lo estampan en remeras. Son los protagonistas de su tiempo, estos tiempos banales que transcurren. Pero vendrán otros, ya verán que sí, es lo que suele pasar.

Rutina

Mar 05

El boliche estaba oscuro, los tragos adornados con pajitas fosforescentes. La pareja aburrida había decidido ir para darle un giro a su rutina. A veces hacían esas cosas: y su rutina giraba pero ellos no. Estar en el boliche oscuro era una irrupción indiscutible en lo que la pareja aburrida solía hacer en su día a día: oficina, supermercado, cena poco condimentada y televisión. Pero no por estar en el boliche ellos variaban su comportamiento; la única diferencia era que no se veían bien la cara y tampoco se escuchaban, por lo que tenían que gritar. “¡Que decís!” / “¡Qué está bueno el daikiri!”. Y asentían, sonreían sin convicción, miraban impacientes el reloj cuando el otro no se daba cuenta. Tampoco es que su rutina habitual incluyera mucho diálogo, esa es la verdad; pero al menos tenían la excusa del cansancio, o de la película que estaban mirando, o de que había que dormirse para levantare temprano, esas cosas.
Lo de salir un día a la semana a tomar unas copas se los había recomendado una pareja amiga con quien estaban a punto de encontrarse. Era una pareja muy animada y festiva, tan distinta a ellos. Siempre tenían historias que contar, historias desopilantes de cuya veracidad la pareja aburrida sospechaba. Pero aunque fueran historias falsas eran divertidas, y eso era mejor que nada. “¡Hey!”, ahí venía llegando la pareja amiga y festiva, traían pajitas en la mano y las agitaban para que la pareja aburrida pudiera verlos. Cuando estuvieron cerca se echaron en los sillones y uno de los miembros de la pareja amiga y festiva –digamos que él– cayó encima de uno de los miembros de la pareja aburrida –digamos que ella. Quizá a esta altura conviene darle nombres a todos. La pareja aburrida está conformada por Tomás y María. La pareja festiva por Gabriel y Lola.
Entonces: Gabriel se echa en el sillón y cae casi encima de María, que intenta rodarse hacia el lado de Tomás, pero Lola se ha sentado en el medio y parece estar diciéndole algo al oído a Tomás, aunque en esa oscuridad no se sabe bien qué es lo que está pasando. María tantea la mesa, busca su cartera.
–Quiero ir al baño –dice.
–Te acompaño –dice Gabriel.
–No, yo…
–Te podés perder –Gabriel se levanta, la jala por el brazo. Cuando llegan a la puerta del baño María entra y él pretende seguirla.
–¿Qué hacés? –ella lo para, pone la palma de su mano en el pecho de Gabriel. Él le agarra la muñeca.
–Nada, te acompaño.
–Puedo entrar sola.
Gabriel alza los hombros. El baño es casi tan oscuro como afuera, María se mira al espejo y sólo puede ver su dentadura. Espera unos minutos sin hacer nada, porque en realidad no quería hacer nada más que levantarse de la mesa.
–¿Ya estás? –Gabriel toca la puerta. María se acomoda la cartera y sale.
–Ups –se tropieza con él, que le rodea la cintura con los brazos y, de pronto, así como si estuviera previsto desde el principio de los tiempos: le lame la cara.
–¡Chee! –dice María y trata de zafarse pero Gabriel la aprieta, le lame cara y cuello como un cachorro sediento. La música suena muy fuerte, Gabriel le dice algo pero ella no escucha: tampoco es que quisiera escucharlo, sólo quiere que la deje en paz. María consigue zafarse y camina rápidamente hacia la mesa, pero no encuentra el camino, está todo muy oscuro. Va tropezando con la gente, esquivando las pajitas fosforescentes que flotan en el fondo negro del boliche.
–¡Vení! –Gabriel la vuelve a agarrar por la cintura, la aprieta fuerte contra él: lame y lame como un desquiciado.
–¡Pará! –María vuelve y se zafa, sigue andando, no ve la mesa, no ve a Tomás ni a Lola, no ve a nada de nada. Abraza su cartera. Va empujando a la gente, desesperada. La gente la putea, o eso cree ella, la música le sigue ganando a las voces. Al final de todo se choca con algo duro: una puerta que se abre y la luz de un farol la encandila. Ha llegado a la vereda.
–¿Dónde estabas? –Tomás la toma por los hombros, suena impaciente.
–¿Qué? Adentro, ¿dónde más voy a estar? –María se saca el pelo de la cara, se limpia la baba seca de Gabriel y respira agitada… Qué mierda acababa de pasar, no entendía nada. Tomás para un taxi:
–¿Vamos? –abre la puerta, parece nervioso. María entra, él también. Le piden al chofer que los lleve a la casa.
–¿Qué paso? –dice María todavía perpleja. Tomás va mirando por la ventana, se truena los dedos de las manos.
–¿Qué pasó de qué? –le dice, sin mirarla. María recapitula todo de vuelta: no entiende nada. Respira hondo, le falta un poco de aire, se siente ahogada y pegajosa y maloliente. Quiere llegar a bañarse.
–¿Está todo bien? –pregunta Tomás, con cierta levedad. Esta vez la mira muy de refilón y vuelve los ojos a la ventana.
–No sé –dice María, tras unos largos segundos de silencio–: debo estar muy cansada.
–Sí –dice Tomás– yo también.

Primer día de clases

Mar 01

Era el primer día de clases del año 87 y mi papá nos levantaba a mis hermanos y a mí con un clásico mecanismo de tortura: abría la persiana y el sol nos pegaba cachetazos en la cara. Mi papá no: mi papá nos daba besos y predecía cosas increíbles que nos pasarían en el día. De todas formas, a mí esa mañana no había que imprimirme más entusiasmo del que ya tenía: ese año pasaba del preescolar a la primaria y era todo un acontecimiento. No pude ni desayunar porque me ardía la panza del nervio, y mi madre, temiendo que muriera de inanición, me preparó una copiosa merienda: un par de sánguches de mortadela, jugo de mango en termito y budín de pan para el postre. Antes de llegar al colegio, me planché muchas veces con las manos la falda de mi uniforme nuevo… Nuevo es un decir: antes había sido de mi hermana y antes de mi otra hermana y antes de la otra –soy la menor de cinco, para mí estrenar significaba heredar cosas remendadas. En el colegio había decenas de niñitas vestidas como yo: jumper a cuadros, zapatos rojos bien lustrados y cola de caballo tan estirada que nos achinaba los ojos. La directora nos recibió con un discurso emotivo que consistía en convencernos de que nunca jamás ocurriría en nuestras vidas algo más importante que empezar el colegio. Ese día, con seis años de existencia y un dolor punzante en las sienes por el bendito peinado, me fue comunicado que mi vida cambiaría: y que eso significaba ir al colegio. Recuerdo bien a quiénes tenía al lado: a K, que sería mi mejor amiga ese año; a F, que sería mi mejor amiga por muchos años; a L, que sería mi amiga entre los 13 y los 16, cuando nos pelearíamos por un chico. Esa mañana ocupé mi pupitre, abrí mi cuaderno y escribí la fecha en la esquina superior derecha; lo mismo haría cada mañana de clase durante los años siguientes, muchos años. Vendrían días más y menos insulsos, más y menos trascendentes: era el principio de algo que, como tantas cosas, sólo se entiende por acumulación. Entonces, ya casi llegando al final, se produciría la revelación: nunca jamás me pasaría algo más importante que empezar el colegio. Desde entonces, cada vez que, como hoy, otros tienen su primer día de clases, me pasan tres cosas: 1) Siento envidia por los que aún no descubrieron que empezar algo es empezar a terminarlo; 2) Siento pena porque, mientras lo descubren, pasarán años sin saber que lo que les está pasando es lo mejor que les pasará; 3) Siento alivio porque, cuando lo descubran, serán iluminados por una epifanía, que los hará sentir pena y envidia por los que todavía viven en esa bruma placentera. Feliz año escolar, inocentes blancas palomitas.

Tonta

Mar 01

Eloy sabía que Karina era muy tonta. Lo supo desde el primer día que la vio en Cariló, paseándose en un bikini diminuto por una playa llena de hombres que se babeaban mirándole el culo. Karina se hacía la inocente, porque eso, según Eloy, es lo que hacen las chicas tontas. Él hacía el esfuerzo de no mirarla, pero cada tanto se le iba el ojo y era justo cuando ella lo descubría. Sus miradas se cruzaban porque ella también lo estaba mirando: Eloy pensó que Karina lo miraba, sólo porque él no la miraba… Al menos no la miraba tanto como el resto de cretinos que estaban en la playa.
Un día Karina se acercó a pedirle fuego. Era tan tonta que no se le había ocurrido nada mejor que eso, se dijo Eloy, y le dijo a ella que no tenía fuego. En la cara de Karina apareció un frunce de tristeza, como si estuviera a punto de echarse al piso a llorar y patalear porque no le habían dado el caramelo que quería. Eloy pensó que no quería presenciar esa escena y le dijo: “esperame acá y te consigo” Se alejó unos pasos y se sacó su propio zippo de la pantaloneta.
–Tomá, conseguí –le dijo cuando estuvo de vuelta. Karina sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, estirándolos un poco hacia afuera como hacen las putas de las películas muy malas sobre putas tristes y buenas, víctimas de sus padrastros.
–Sos bien tonta, ¿no? –le dijo Eloy y ella lo miró como quien no entiende, como quien no puede procesar, como quien necesita un golpe fuerte en la cabeza o un dedo en el botón de reinicio.
–¿Qué decís? –dijo Karina, sus ojos se abrieron tanto que parecían dos grandes piedras azules incrustadas en su cara fina y bronceada.
–Que sos muy tonta y sos muy linda. Supongo que nadie te dice lo primero y muchos te dicen lo segundo ¿no?
–¿Qué?
–Que eres de esas chicas bien lindas y bien tontas: eso es lo que digo.
Karina bajó la cara. Su pelo castaño, que probablemente había untado con una de esas cremas protectoras del sol, brillaba como el de una muñeca nueva.
–No soy tan linda –dijo y se sentó en la arena– tengo una cicatriz –y le mostró el tobillo a Eloy, doblándose de una forma que parecía una sirena a la que recién le salían patas: patas nuevas, bellas, satinadas. La cicatriz era, por supuesto, un lunar.
–Es una cicatriz horrible –dijo Eloy y se agachó para agarrarle el pie. Le besó el tobillo, después le besó la pantorrilla y los muslos y habría seguido si no estuvieran en un lugar público. Karina no parecía darse cuenta de ciertas cosas: como que revolcarse en la arena con un desconocido podía considerarse un gesto digno de una prostituta. Igual, esa misma tarde se acostaron. Fue en la casa donde Karina estaba parando con unas amigas. Eloy estaba parando con unos tíos, y también estaban su hermana y sus sobrinos; no estaba bien que llevara chicas a dormir.
–Eres realmente tonta –insistía Eloy cada vez que podía, cada vez que Karina abría la boca para decir una idiotez como: “quizá debamos hacer una fiesta para anunciar nuestra relación”. Ese comentario en boca de otra chica Eloy lo habría considerado una broma y se habría reído; luego le habría dado un beso y la habría tumbado en la cama; habría simulado aplastarle la cabeza con una almohada mientras ella pataleaba y se reía y le decía: “está bien, está bien, te daré el divorcio”. Pero Karina era una de esas personas que hablaba literalmente. Nada odiaba más Eloy que ese tipo de personas.
–…tonta y linda, qué tipicidad, ja –pero Karina parecía no oírlo, se quedaba muda y seguía peinándose, poniéndose bronceadores y cremas en el pelo, o tomándose su té frío. A Eloy esa impavidez lo irritaba un poco pero confiaba en que un día ella se enojaría y lo echaría de su casa y entonces no tendría que verla más. Si eso no pasaba, igual él se iba a aburrir y todo lo que haría sería levantarse de la cama, ponerse su pantaloneta y antes de atravesar el umbral de la puerta para volver a lo de sus tíos, le diría: “Hasta nunca, tontita”. O algo así. Pero Eloy se fue quedando, y a veces se quedaba incluso sin Karina, que se iba a la playa con sus amigas. Una vez Eloy bajó a servirse un vaso de cerveza y encontró a Karina en el living, mostrándole el lunar de su tobillo a un tipo. En ese momento Karina le pareció la mujer más tierna del universo, quiso sacársela a ese idiota de los brazos y llevarla al cuarto, encerrarse con ella y no salir más. Eloy se apoyó en la pared y los miró darse besos y toquetearse en el sillón, mientras se tomaba su cerveza. Hasta que el tipo se dio cuenta y le mandó una mirada entre condescendiente y burlona:
–Flaco, acá estamos ocupados. Anda a tomarte la merienda a otro lado –y siguió besando a Karina que no parecía registrar más que el bulto que tenía encima.
–Es la chica más tonta del universo –dijo Eloy y se apoyó en la pared; no pretendía moverse de ahí hasta que el tipo se fuera. El tipo volvió a levantar la cabeza que se había zambullido en el pecho de Karina y esta vez lo miró con auténtica perplejidad:
–¿Y a quién le importa?
Karina también levantó su cabecita rubia despeinada, se sacó de la frente un par de mechones revueltos:
–Sí, ¿a quién le importa? –repitió. Y por primera vez Eloy no supo qué decir. Dejó la cerveza en la mesada, salió de la casa y caminó rumbo a lo de sus tíos, confundido. ¿A quién le importa?, repetía en su cabeza: el sol siguiéndolo de cerca, las chicas lindas paseándose en la playa… No había una sola que pudiera compararse con Karina.

El derecho de nacer mujer

Feb 28

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Hace unos días leía un documento del Fondo de Población de Naciones Unidas que hablaba de una cosa que se llama discriminación sexual prenatal. Eso significa que hay una cantidad increíble de señoras que, cuando se enteran de que su futuro hijo será hija, lo abortan. La consecuencia inmediata es apenas perceptible, pero a mediano plazo (se diría que estamos más o menos en esa fase) el índice de nacimientos de nenes y nenas se desequilibra –en Asia, por ejemplo, solían nacer 105 nenes por cada 100 nenas y, últimamente, aumentó a 115 nenes por 100 nenas, es decir que hay cientos de millones de niñitas perdidas en el limbo–. Eso genera una serie de efectos variados, pero que tienen que ver con la consolidación de sociedades cada vez más desdeñosas de las mujeres. Este tipo de cosas siguen ocurriendo, sobre todo, en lugares donde, ya sea por una cuestión económica o cultural, las mujeres son una carga pesada para la familia.

En China, por ejemplo, los campesinos pueden quedarse en su tierra sólo si tienen un hijo que la herede y la trabaje; y si a eso se le suma la restricción de un hijo por familia a la que está sometida una buena parte de la población, es obvio que los futuros papás no van a desperdiciar su única chance pariendo niñitas enclenques. En la India se sigue pagando dote por las hijas al momento de casarlas, o sea que a las nenas no sólo se las llevan sino que, además, hay que pagar para que alguien lo haga. Los hijos, en cambio, salvaguardan el nombre y se quedan para cuidar a los papás ya gastados, incorporando a la familia a sus esposas y sus hijos (y ojalá no hijas, claro) –sobra aclarar que en otros lados la discriminación cobra estilos más sofisticados pero también se produce–. El bendito apellido de casada es un ejemplo tan grasa que se confunde con tonto, pero no es tonto: incluso para aquellas familias adineradas y conservadoras, donde la tradición y el abolengo importan (y que, para efectos de este tema y tal vez de cualquier otro, me importan muy poco), la hija es siempre una pérdida: a las señoritas se la llevan y para colmo las rebautizan.

Total que parece ser que las mujeres no quieren parir mujeres; quizá antes tampoco querían pero se guardaban el potencial disgusto hasta que nacían las nenas –y algunas, entonces, las mataban o las dejaban morir en un rincón: sin teta ni mamadera ni alpiste, siquiera–. Pero ahora, que se ha masificado el acceso a ultrasonidos y otras tecnologías que permiten saber el sexo del feto, no hace falta esperar nueve meses para deshacerse de ella. Este informe decía que hay lugares donde un ultrasonido cuesta quince dólares y lo hace gente que ni siquiera es médica; además hay toda una oferta de técnicas alternativas en internet que, por treinta o cuarenta dólares, pueden aplicarse las mismas mujeres en sus casas a la décima semana de preñez (para procedimientos más estandarizados y legales toca esperar a la semana dieciséis).

Pero lo que más me llama la atención de este contexto macabro es que las posibles soluciones al problema, que suelen venir de estos organismos pro derechos humanos o antiviolencia de género y demases, no parecen encajar, de manera coherente, en ninguno de los “marcos” de esos organismos. Es decir, que toca inventarse algo que justifique el rechazo lógico a estas prácticas, pero que no vaya en detrimento de otras conquistas. Se supone que un recurso posible para empezar a combatir el problema podría ser el de modificar el vocabulario: no llamar “aborto” al “aborto de niñas por discriminación de género”, sino ponerle el mismo rótulo de violencia de género, como se le llama a todo lo que implique un daño físico o psicológico a una mujer. El problema es que eso elevaría al feto a categoría de persona, lo que pondría en peligro el acceso al aborto en países donde es legal; porque si el feto es persona, eso ya lo sabemos, el aborto no es aborto sino un vulgar asesinato. En fin, que la estrategia eufemística, en este caso, también es inútil. Tampoco es solución limitar el acceso de las mujeres a las tecnologías que revelan el sexo del feto –tecnologías legales y controladas por médicos de verdad, no por gurús de feria o por “mira quien habla punto com”–; eso sería tremendo, porque la madre tiene derecho a saber lo que le dé la gana de su feto y a proceder en consecuencia: si es portador de alguna enfermedad congénita, si viene con alguna malformación, y si, por alguna de esas razones, decide abortarlo. Mucho menos se puede estar indagando en las razones de cada mujer para abortar: no se puede, porque quien lo haga seguramente incurriría en alguna falta o afrenta o exabrupto que ya debe estar tipificado en algún marco de algún organismo. Y está muy bien que así sea. Pero eso agrega otra complicación: la de ser uno de esos fenómenos que se escapan fácilmente de las estadísticas.

La gran paradoja es que, si en sociedades como éstas las mujeres tienen derecho al aborto, tienen también la herramienta para evitar parir niñitas. Pero, al mismo tiempo, tanto el derecho al aborto como a las distintas formas de anticoncepción son necesarios para que cualquier mujer –china, india, yugoslava, argentina– juegue un rol valioso en la sociedad, que no se limite a cuidar a su cría o a depender de ella. Para que eso ocurra hay que repensar culturas enteras, modificar legislaciones engorrosas, medievales, inmundas, pero vigentes; hay que convencer –aunque ya convencer es una palabra indignante– a cada mujer de que cada mujer es importante para la sociedad en que vive, para que no se les ocurra abortar a sus hijas, para que no les dé miedo o tristeza traerlas al mundo: porque el mundo va a estar preparado para recibirlas.